La odisea de los venezolanos que decidieron devolverse  

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Migración - COLOMBIA
Foto cortesía de AFP

En febrero de este año, Alejandra Pinto Acacio llegó a Bogotá. Dejó en Valencia (Venezuela) a quienes más ama: Arianna Álvarez, su hija de 8 años, y Leonardo Álvarez, su hijo de 6.

Con su esposo tenían la ilusión de trabajar y enviarles dinero, y así lo hicieron por un tiempo. Consiguieron una carreta y salieron a las calles a vender accesorios para celulares.

Pero en un mes todo se desmoronó. La pandemia del covid-19 llegó al país, se decretó el aislamiento preventivo obligatorio en la capital y, con este, el fin de sus ilusiones.

Desde el primer día de cuarentena no pudieron recoger los 18.000 pesos diarios que debían pagar por la habitación, ubicada en el barrio Santa Fe, centro de la ciudad. Al estar en esta situación empezaron a buscar la forma de regresar a su país, donde está su familia.

Se fueron a vivir a la casa de un primo, duermen en el suelo y no pocas veces pasan hambre. Ya no pueden salir a trabajar ni pensar en ayudar a su familia en el país vecino.

Alejandra es una de los miles de personas que quieren hacer el camino de vuelta. “Venezuela está peor, pero aquí se pagan arriendo y servicios, y, a pesar de la situación que hay allá, no tendremos que pagar nada de eso y podemos estar con nuestros hijos y familia”, dice.

La pandemia ha sido un factor esencial en el cambio del flujo de la migración, si bien muchos advierten que puede tratarse de un fenómeno temporal. “Hay un grupo importante de venezolanos que está en un alto grado de vulnerabilidad, en trabajos informales, lo cual les impide cumplir con la cuarentena. Ante esa situación se están devolviendo”, señala María Clara Robayo, investigadora del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.

Los pasos para retornar parecen sencillos: les basta con buscar un policía y decirle que quieren volver a su país. Ese policía debe comunicarse con Migración Colombia, que se contactará con los migrantes para programar el viaje en bus hasta la frontera.

Pero la realidad, como lo demuestran los centenares de venezolanos varados en varios puntos del país que siguen esperando ese transporte, es mucho más compleja.

De acuerdo con Migración, desde Bogotá salen siete buses diarios: cuatro hacia Norte de Santander y tres hacia Arauca. Alejandra asegura que ella aún no sabe cuándo volverá: “Lo único que nos dicen es que por ahora no hay viajes porque la frontera está cerrada”.

Algunos se han aprovechado del desespero de los venezolanos que quieren volver. Alejandra y más de 100 personas fueron estafadas. A través de Facebook se contactaron con unas personas que les prometieron llevarlos a la frontera. “Según ellos ya habían hecho dos viajes anteriores, dijeron que trabajaban con Migración”, cuenta.

Les pusieron cita en la zona industrial de Bogotá y les dijeron que el bus llegaría sobre las 11 a. m. “Estábamos como 200 personas, nos anotaron en un listado, había cinco asesores y como 50 niños”, dice esta migrante.

Cuando apareció la policía y varios de los ‘asesores’ empezaron a apartarse, a varios les empezó a dar mala espina. Pero cuando vieron llegar otros buses, ya al final de la tarde, les volvió la esperanza: “Estaba lloviendo mucho. Los policías nos pidieron dinero para cambiarnos de lugar (…). Nos emocionamos porque pensamos que nos íbamos a Cúcuta y a Arauca, pero como a las 8 de la noche nos dijeron que no íbamos a poder viajar. Luego supe que Migración nunca había dado permiso”. Por supuesto, los asesores no volvieron a aparecer y no les devolvieron la plata.

Ante ello, Espinosa llama a los venezolanos a cuidarse de los viajes irregulares y advierte que ese proceso implica una operación mancomunada entre Migración, las alcaldías, la Policía Nacional, la dirección de Tránsito y el Ministerio de Transporte.

Yancy Guacarán y su familia están en el grupo de los que han podido regresar a Venezuela. Ella llegó a Colombia el 22 de noviembre del año pasado con su hija de 13 años.

Venía en búsqueda de la visa americana para seguir hacia a Estados Unidos, pero se la negaron. Su hijo de 22 años había llegado a Bogotá hacía 10 meses. Debido a la pandemia perdió su trabajo como recepcionista en un hotel.

Y aunque Yancy logró sacar el PEP, no pudo encontrar trabajo. Sin empleo y pensando día a día en cómo pagar el arriendo de la habitación en el barrio Santa Fe (que sumaba 500.000 pesos mensuales) y cómo alimentarse, decidieron regresar a Venezuela.

Un conocido la puso en contacto con una empresa llamada Transporte Élite, y tras sumar todos sus ahorros pagaron los 120.000 pesos por persona. Armaron seis maletas, cuatro bolsos y dos bolsas, y se fueron al lugar de salida de los buses.

“En la noche la policía nos quitó de esa plaza y nos llevó a otro sitio que era como un parque. Dormimos esa noche ahí y al día siguiente nos mandaron a desalojar ese lugar. En el bus nos llevaron a Torca, Cundinamarca, y allá estuvimos dos noches.

Era un sitio solitario, todo era monte, no teníamos dónde bañarnos ni dónde hacer las necesidades. Un señor que estaba en una finca cerca nos regalaba agua para bañarnos y para tomar”, cuenta la mujer. Eran tres buses, cada uno con más de 40 personas.

Dormíamos sentados en el bus, cada quien en su puesto. Para las necesidades teníamos que ir al monte porque no había baños, y nos tocaba bañarnos también en el monte”.

Vivieron literalmente en la silla de un bus y desde el primer momento los dolores comenzaron a llegar: “Los pies los teníamos muy hinchados, estábamos agotados de dormir sentados, teníamos dolor en la espalda, dolor en la cervical y agotamiento mental por la situación”. Para pasar el rato caminaban, jugaban cartas y se compartían cuentos o chistes.

Afortunadamente, como siempre, aparecieron las manos solidarias. De varias fundaciones les llevaron desayuno, almuerzo y cena, así como implementos de aseo. “Yo agradezco mucho porque Colombia se portó muy bien”, dice Yancy.

Durante los tres días que permanecieron en el bus siempre estuvieron acompañados de la policía. Finalmente los llevaron al terminal de Bogotá y ahí estuvieron más seguros y pudieron volver a saber lo que era una ducha.

Como había 10 buses más, que habían llegado tres días antes, Migración decidió hacer un sorteo para definir por dónde iban a entrar a Venezuela. “Nosotros queríamos que fuera por Cúcuta porque se nos hacía más cerca y ya conocía, pero nos tocó por Arauca. Salimos el domingo 3 de mayo del terminal a las 8 de la noche, y llegamos a las 6 de la mañana del lunes a la frontera en Arauca”, cuenta.

Durante el viaje, a pesar de la incomodidad, pudieron descansar. La policía los paró más de 20 veces para pedirle papeles al conductor y ver el permiso que le dio Migración.

Al llegar a Arauca los llevaron a un estadio donde había más buses. En ese momento no había represamientos en ese lugar fronterizo, a diferencia de Norte de Santander, donde la situación era muy diferente: ante el cierre del paso por las autoridades venezolanas, allá hay más de 500 ciudadanos esperando que su país los reciba.

Migración Colombia les entregó un kit de ayuda: eran cuatro latas de salchichas, cuatro latas de atún, cuatro de sardinas, seis paquetes de galletas de soda, seis galletas de paquete dulces, cuatro botellas de agua mineral y un tapabocas.

Desinfectaron el equipaje, les hicieron una revisión médica y cruzaron el puente internacional José Antonio Páez caminando. Al llegar a Venezuela se encontraron con la policía venezolana y los agentes de migración. Les dijeron que se subieran a unos buses para llevarlos a un refugio en Guasdualito, en el estado de Apure.

Cuando pensaban que sus condiciones iban a mejorar por haber llegado a casa, se llevaron una sorpresa. “Al llegar nos separaron mujeres y hombres. Me metieron en un salón con 35 mujeres, y en total éramos 265 personas.

Teníamos que dormir en el piso, no había ni colchonetas. Nos tapábamos solo con la sábana que cada uno tenía. Ese colegio era horrible: los baños no servían, estaban tapados, el pasto está altísimo.

A las seis de la mañana teníamos que estar despiertas las mujeres y limpiar los baños y los salones, y los hombres, a cortar el pasto y recoger la basura”. Y agrega:

“Nos daban el desayuno, que era una arepa muy chiquitica y delgadita y con un poquitico de sardina. El almuerzo era horrible, era baba sancochada con sal y agua, arroz blanco y un pedacito de yuca sancochada. Allá estuvimos ocho días”.

Ella piensa que los estaban castigando. “Por la manera como nos trataban, lo que nos pusieron a hacer, la comida, era como una humillación (…). Pensamos que si nos trataban tan mal era por castigo por habernos ido del país (…). Me arrepentí de haberme regresado en ese momento”, cuenta.

Después los llevaron en buses al estado en el que vivían, en el de ella eran 38. “Salimos el 10 de mayo, a las 11 de la mañana, para San Juan de los Morros a terminar de cumplir la cuarentena.

Llegamos a las 10:30 de la noche”. Estuvieron ocho días en una Villa Olímpica, en pequeños apartamentos donde dormían 10 personas: cuatro personas en cada una de las dos habitaciones y dos dormían en la sala. Eso sí, tenían sus tres comidas aseguradas.

La odisea por fin iba concluyendo. Después de los ocho días, los mandaron en buses, nuevamente gratuitos, hacia sus casas.

“Cuando llegué a mi casa sentí mucha alegría: nos estaban esperando y nos tenían una sorpresa de bienvenida. Por fin tuve tranquilidad y paz, porque estamos bien y en casa después de esta odisea”.

Yancy entró a trabajar en un colegio. Va dos días a la semana y el resto de días trabaja en su casa. Sin embargo, dice que cuando esta emergencia sanitaria termine volverá a Colombia.

 El Tiempo  / LUISA MERCADO

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