Ramón Figuera / La culpa es de la silla

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En aquel pueblo, había un alcalde muy malo, pero tan malo que no lo conocían. Lo llamaban el fantasma, porque decían que existía pero no lo veían. Las calles estaban deterioradas, los postes de la calle no tenían luz, el aseo urbano no recogía la basura. En fin, el poblado se estaba cayendo a pedazos.

Los habitantes de aquel pueblo estaban molestos con el “invisible” que en la campaña electoral les había prometidos villas y castillas, pero que se la pasaba en el galpón donde se distribuían los alimentos y se había olvidado de sus otras ocupaciones como autoridad municipal.

Como escoba nueva barre bien, los primeros días cuando ganó la alcaldía siguió en campaña y se la pasaba en las avenidas principales y plazas de la ciudad, saludando a la gente, para demostrarles que el cargo no lo había cambiado, pero los años fueron pasando y ahora nadie lo veía, ni siquiera los trabajadores de la municipalidad.

Ese alcalde en un tiempo, había sido un buen ser humano común y corriente, pero cuánto lo había cambiado el cargo, ahora era un ser extraterrestre, lleno de complejos y de mucha plata, a pesar de que llegó allí con una mano alante y otra atrás.

Los habitantes del pueblo se preguntaban el porqué de ese repentino cambio y comenzaron a manejar diversas teorías humanísticas, científicas, psicológicas, políticas y filosóficas para llegar al asunto de todo eso. Cada quien exponía su punto de vista en largas peroratas discursivas, pero seguía imperando el misterio.

Mientras todo esto ocurría el alcalde continuaba en lo suyo, sumergido en sus propios compromisos más que todo como jefe de un consejo comunal y el pueblo seguía funcionando, sin nadie que controlara la inseguridad y otros aspectos inherentes al cargo para el cual fue electo.

Se conformó una asamblea para discutir el porqué del cambio de este ser humano que se había vuelto insensible a cuanto planteamiento viniera de las distintas comunidades. Nadie se explicaba que le había sucedido a este buen hombre y mal alcalde.

Una tarde hubo que convocar a un consejo de ancianos para determinar a través de la sabiduría popular lo que estaba ocurriendo. Acudieron los más avezados en materia social, expertos en la conducta humana, por medio de los conocimientos empíricos, esos que se aprenden en la universidad de la vida.

La reunión se dio en la oficina abandonada del alcalde, esa que más nunca había percibido la presencia de la primera autoridad municipal. Llegaron, se acomodaron, se sentaron para empezar la discusión. El más anciano, el más sabio, se quedó parado. Alguien de los presentes, le dijo: – Siéntese en la silla del alcalde, es la única que hay desocupada-. Inmediatamente, respondió: – Yo no me voy a sentar allí, ni voy a discutir en profundidad sobre este asunto. Ya yo sé lo que está ocurriendo en este pueblo. La culpa es de esa silla. Todo el que allí se sienta se cree poderoso y olvida que también es un ser humano. Repito, la culpa es de esa silla.- Terminó la reunión y todo el mundo se fue a su casa.

Ramón Figuera

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