Francisco Rodriguez / Susurro en la piel

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Guárico.-  El concierto de las chicharras se pliega por todo el espacio que me rodea. Es una música celestial que te confirma que pronto el verano va a fenecer. Me siento con mis dolores frente a mi pequeña casa, para buscar la brisa que se ha rehusado visitarme.

Un dilatado y abrasador verano que sofoca toda la tierra ha escarbado todo vestigio de humedad, para convertirse en ceniza negra y gris. No se mueve una hoja, los perros jadean su sed.

Una nube aparece y se disipa rápidamente entre los incandescentes rayos del sol. El techo de mi rancho cruje, como si estuviera en un caldero con manteca de cochino.

Mi poca visión me hace ver como si todo fuera de vapor caliente o es el calor que logra vencer mi imaginación.

Tengo ya diez años solo, escarbando en esta tierra mi sobre vivencia. Mi mujer murió, y mis dos hijos se fueron del país. No he sabido nada de ellos.

Gracias a los pájaros, a los perros de la calle, las lagartijas que corren como un rayo, a cuatro gallinas y un gallo que esta ronco que me ve como si fuera un bicho raro, a dos almendrones, tres matas de ciruelas y esta mata de mango que me dan algo de comida y sombra, puedo decir que soy un hombre afortunado.

Mi mente no guarda silencio, es mi amigo, me acompaña permanentemente. Se la pasa fotografiando todo y contándome mis propias historias de vida. Es mi cómplice de mis travesuras juveniles. ¿Saben? Fui joven hace mucho tiempo. Fuerte, ágil, y trabajador.

Ahora veo mis manos arrugadas, gruesas, con unas uñas negras, agarradas por un pellejo que fueron una vez mis brazos. Mis piernas tiemblan y mis pies nadan entre el sucio y la tierra. Nunca fui desaseado, lo que pasa es que para sacar agua del pozo se me hace difícil.

Cuando me asomo en la boca de él, veo mi rostro gelatinoso en esa profundidad, donde la oscuridad atrapa mi alma y mi sed se queda colgando en mi garganta. Y ese rostro agrietado, tostado, que no me atrevo tocar porque se podría desboronar, me da miedo humedecerlo ya que desaparecería, y no quiero arruinar la poca vida que me queda.

Quiero quedarme quieto, sucio y arruinado. Soy un esqueleto, que se derrama por las luces de mi patio. Duermo en mi chinchorro, y veo pasar al fantasma de mi mujer.

Ella le gustaba silbar melodías en esta época de verano, hacia coro con las chicharras y por supuesto con el gallo, cuando estaba joven. Vivo solo, y mis vecinos más cercanos están a dos kilómetros de distancia. La soledad me ha permitido estar más cerca de Dios. Converso mucho con Él.

Todavía tengo muchas dudas, pero lo siento cuando los luceros me pican el ojo y sonríen, cuando aparece la luna con su luz fría y me alumbran el alma, limpiándome las telarañas y el polvo que aún permanecen en sus paredes.

Creo que hoy mi rostro le brotaron otros surcos, parecen canales que tratan de regar con el sudor la tierra para seguir sembrando sueños. Menos mal que tengo un granero depositado en un silo que está construido en mi corazón. Son semillas de sueños que me han permitido caminar sobre este pegajoso, accidentado y difícil terraplén, para poder escalar momentos de triunfos y de alborozo.

Son frutos espirituales que siempre me han alimentado y me han proporcionado energía para subsistir ante las tormentas. Todo se convierte en susurro. Son ecos de imágenes, de sonidos, de sombras y luces que van danzando a mi alrededor. Mi piel me susurra. Otra vez estoy sentado en la vieja silla de cuero, buscando sombra sobre mis canas.

Los perros me desafían pidiéndome comida, el gato me acaricia la pierna izquierda, las gallinas también me rodean, los pájaros vuelan más cerca del techo de la casa, dos lagartijas se meten entre mis dedos y creo que me van a comer. Despierto bruscamente, y el vacío del aislamiento me secuestra otra vez, tiemblo de miedo, siento una brisa fresca sobre mis huesos, y presiento que es el fin de esta terca lucha para sostenerme con vida.

Lo absoluto se disuelve y mi cuerpo se desmaya ante la silla que siempre me abrazó, Un frió se lleva mis sentimientos. Los animales me ven con su indiferencia, no se percatan que me estoy diluyendo. Las chicharras continúan con su música, invocando la lluvia que aparece entre los cerros y se precipitan las primeras gotas de agua. Mi cuerpo se humedece. Ya no estoy aquí. ¿Dónde? No sé.

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