Edgardo Malaspina / El perro perdido

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1 Caminaba por la Villa Olímpica de San Juan de los Morros con mis nietos Nicolás y Sebastián cuando un perrito abandonado, sarnoso y con muchas llagas cruzó la calle. Sorteó las ruedas de los carros y llegó hasta nosotros. Sebastián inmediatamente pidió cargarlo y llevarlo a casa al notar que el animalito lucía muy cansado. Yo no le contestaba. Pensaba: si le digo que sí, es claro que teníamos una nueva responsabilidad. Mi esposa seguramente recurriría a la lógica de un refrán ruso: “Somos bastante y parió la abuela”. Por otro lado, si le digo que no, es como fomentar un antivalor en un niño. El perrito parecía decirnos: ¡por favor, ayúdenme¡

2 No lo seguí pensando. Tómalo, cárgalo, le dije a Sebastián. El can inmediatamente se durmió en sus brazos. Al regresar de la caminata Valentina, mi nieta, lo bañó. Le aplicamos cremas sobre la piel maltratada .Se le hizo una casa con una caja de cartón y una cama con unos trapos viejos. Coco, nuestra perra, lo aceptó siempre y cuando no se acercara a su plato. Compré perrarina para cachorros.

Comió, bebió y se durmió plácidamente. Al siguiente día movió la cola cariñosamente como diciendo “familia, ¿dónde estaban ustedes, por qué no me había traído antes a casa?”. Se sentía como uno más de la tribu.

3 En este tiempo medité en el nombre que le pondríamos. Sebastián sugirió “Oreo”; pero ya tenemos un gato con ese nombre. Barajaba nombres como Don Quijote con su caballo antes de decidirse por Rocinante. Puede ser Chesotka que en ruso significa sarna; pero luego me pareció muy despectivo y hasta ofensivo. Me quedé con Pateren que quiere decir perdido. Pero debía consultarlo con Sebastián; no obstante, para eso no hubo tiempo: el vecino me dijo que Pateren se salió de la casa y empezó a caminar sin rumbo.

4 Sin embargo, no fue tal mal agradecido y me dejó una nota: “Gracias por todo; pero prefiero la libertad peligrosa de las calles y hurgar en los basureros a mis anchas que la comida y cuidados de esta casa. Eso es muy aburrido”. Bueno, esto último creo que lo soñé; tal vez porque estoy leyendo “Sueños de un paseante solitario”, de Rousseau.

5 A los dos días de haberse marchado regresó el perrito y tuve un mal presentimiento. Estaba peor que cuando lo encontramos en la Villa Olímpica. Había enflaquecido hasta la transparencia de sus costillas, su abdomen era prominente y caminaba tambaleándose. En sus partes traseras tenía hilos de sangre, consecuencia de la enfermedad que padecía o tal vez de un puntapié. La mano, o mejor dicho el pie, del hombre nunca es descartable. La maldad siempre acecha entre nosotros. Piensa mal y acertarás. Perogrullo a la vista.

6 Le invité a comer pero se rehusó. Licué su perrarina con leche y la introduje en su boca con una inyectadora. Comió algo sin muchas ganas. Bajé la jaula de los gatos para encerrarlo y evitar que se fuera a la calle nuevamente.
Natalí , mi hija menor,sugirió ponerle oficialmente un nombre para conjurar la muerte. La ciencia avanza pero el pensamiento mágico nunca nos abandona para hacer más pasables las durezas de la existencia. Pregunté a Sebastián un nombre y contestó inmediatamente: Gaspar, Gasparín; y nada más acertado porque nuestra mascota accidental era casi un fantasma.

7 Lo acaricié y emitió unos sonidos que bien podrían ser de placer o de dolor.

8 Gasparín se levantó, bebió un poco de agua y se alejó de su cama para reposar lejos de todos. Adoptó una pose de esfinge egipcia: cabeza erguida con arrogancia y patas delanteras en línea recta. Lo consideré síntoma esperanzador porque la prestancia es buen augurio.
9 Soñé que abría la puerta y Gasparín me saludaba con su cola. Su piel era muy tersa, limpia y brillante. Uno sueña lo que desea.
10 En la mañana Gasparín estaba muerto en su cama. La rigidez cadavérica me decía que murió tan pronto lo dejé como a las diez de la noche.
11 Ahora estoy convencido que cuando se fue de la casa lo hizo para buscarnos (porque todos habíamos salido) a nosotros, sus nuevos y únicos amigos; y cuando regresó lo hizo para morir entre los suyos.
12 Nunca olvidaré su cara triste de niño abandonado.

Edgardo Malaspina

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