Miguel Méndez Rodulfo / ¿Dolarizar o no dolarizar?

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La dolarización ahora, vista la abismal crisis económica en que nos encontramos, tiene mayor cantidad de adeptos que cuando en 2015, y un poco antes también, se comenzó a hablar de ella. Sin embargo, sigue teniendo importantes detractores, pero muchos adversarios acérrimos hasta hace poco tiempo, hoy hablan por lo menos de la inviabilidad del bolívar y de la necesidad de sustituirlo por un nuevo… “bolívar fuerte”, lo cual es más de lo mismo ya que proponen quitar ceros a la moneda, algo que ya hizo el actual régimen, sin ningún resultado, salvo el efectismo político y la propaganda que rodeó tal medida.

Claro que en un nuevo gobierno una acción como esa estaría acompañada de un diferente modelo económico y, por supuesto, de la supresión de la maquinita de hacer dinero. El tema es que hay un elemento de desconfianza que difícilmente se va a superar dejando al bolívar vivo; además, será más integral y más rápida la recuperación económica y el crédito exterior, si nos atamos al dólar, tal como lo hizo Ecuador, por sólo nombrar un caso. A Venezuela, como a la patria adoptiva de Sucre, le pasa que ya hay un deterioro tan pronunciado de la moneda que su salvación ya es irreversible; además la idea del cambio de moneda abre esperanzas y perspectivas de futuro, lo que genera confianza y estabilidad.

Aunque el signo monetario propio es de por sí un emblema nacional, el nuestro tiene el agregado que lleva la imagen del Padre de la Patria, algo que tiene un simbolismo que lo hace sacrosanto y en consecuencia muy difícil de modificar; eso es entendible, pero es que las condiciones de deterioro fiscal del país son tales que se llevaron cuesta abajo tanto nuestra capacidad adquisitiva, como nuestro estilo de vida y también nuestras instituciones, incluidas en ellas al bolívar. Muchas de nuestras instituciones, se ve a las claras, no nos servirán para remontar la cuesta de una nueva gobernabilidad, sino que se convertirán en pesados fardos para avanzar hacia el desarrollo; por ello es necesario montarse y asumir el cambio como una manera de acelerar el progreso. Ello requiere una nueva mentalidad y mirar hacia adelante, lo que significa diseñar una nueva visión de país.

Uno entiende las resistencias que hay con respecto al bolívar, entre otras el “señoreaje” o la capacidad propia de emitir moneda, cosa que perderemos; pero eso, la facultad de devaluar para darle más fondos a gobiernos mientras se corre la arruga que perjudicará a toda la sociedad y nos hará más pobres, así como la disminución de la autoridad del BCV (lo que quitaría poder al instituto emisor y haría del cargo de presidente un puesto que dejaría de ser el atractivo pináculo de la carrera de los talentosos economistas con que cuenta el país), es poca cosa si se considera la estabilidad financiera (y en todos los órdenes) inmediata que ganaría la nación.

Cuando Ecuador afrontó la dolarización, realizó la conversión de un Banco Central que manejaba sucres a uno que debía manejar dólares; ello no fue un proceso fácil. Hubo que dividir creativamente su balance en cuatro segmentos o apartados para canjear los pasivos existentes en sucres por dólares: 1. Pago de todos los billetes y monedas de sucres en circulación; 2. Pago del encaje legal bancario que los bancos comerciales tenían en el BCE; 3. Pago de obligaciones con el sector público; 4. Apartado para contingencias del propio BCE. El dinero (activo) para afrontar esas acreencias (pasivos) provino de los billetes en dólares existentes en la caja del BCE, de los depósitos en dólares que se mantenían, de las inversiones en bancos en el exterior y del oro en reservas poseído. La división entre los activos y los pasivos dio el tipo de cambio de equilibrio de 25.0000 sucres por dólar. Ahora hace 17 años que Ecuador dolarizó y desde entonces se acabó la inflación. La medida ha resistido los embates de un régimen nacionalista-populista y se mantiene incólume aún a pesar de la crisis petrolera, de las crisis políticas y de los cambios de gobierno. El dólar igual se mantiene en Panamá y El Salvador. Pero si hay que agregar algo a lo dicho, Venezuela está virtualmente dolarizada si miramos los precios. ¿Queda alguna duda?

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