Argenis Ranuárez Angarita / Nuevas formas de represión

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Antes, en aquellos años sesenta, cuando peleábamos en las calles contra los gobiernos de Rómulo Betancourt y de Raúl Leoni, se suspendían las garantías de los derechos consagrados en la constitución.

Ahora, no se suspenden esas garantías formalmente mediante decreto, pero se aumentan y crean nuevas garantías para el gobierno mediante nuevas leyes como la del odio, torcidas jurisprudencias, y leyes habilitantes sin ningún beneficio tangible para el pueblo.

Antes, la guardia nacional nos perseguía peinilla en mano, y a lo más un planazo, eran guardias honestos y honorables que no se hacían enemigos nuestros ni se excedían al disolver una manifestación.

Ahora, bombas de gas rojo, gas pimienta, o “gas del bueno” como lo llamó Chávez, son lanzadas desde helicópteros y tanquetas contra pacíficos manifestantes, y malandros-cooperantes disparan con fusiles desde azoteas.

Antes, nos llevaban a la policía de la avenida Bolívar, donde ahora está la Biblioteca Pública, en decisión nuestra de donar ese terreno para una obra cultural en el lugar donde fuimos muchísimas veces.

Los jefes civiles adeco-copeyanos-pacto de punto fijo-ancha base, nos daban reprimendas, mandaban a buscar a nuestros padres -éramos menores de edad- y luego “llévenselo”, y a los mayores de edad “váyanse”.

Ahora te detienen, cumplen con los formalismos legales, te llevan a los circuitos penales, y te imputan por delitos que no has cometido, y eres advertida o advertido por jueces que no obedecen mandato legal sino órdenes, de que si vuelves a caer en una manifestación, quedarás preso durante el juicio, y luego pagarás condena.

Otros han sido mantenidos en infiernos de cárceles, sin sentencia que los condene o absuelva, y muchos han sido condenados a años de cárcel por protestar en la calle, con una bandera, una gorra tricolor y una pancarta.

El sábado pasado en San Juan de los Morros, la guardia nacional causó daños físicos a manifestantes con el famoso gas, lanzado sin piedad y sin motivo en acto criminal que no nos contaron, sino que vimos con dolor, enojo e impotencia.
Una nueva forma de terrorismo de estado.

Argenis Ranuárez Angarita 

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