Víctor Ortega “El Men”: Rememorando el primer año de su partida

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Para comenzar debo decir que ante todo que El profesor Ortega ha dejado una huella perdurable en la historia del Estado Guárico y más allá de las fronteras de la región llanera.

Decir esto, no implica recurrir a elementos de exageración,  ni tampoco a altas dosis de subjetividades, que son sentimientos propios de todo ser humano.

Al conocer importantes rasgos del personaje en cuestión, debo dejar claro que él jamás hubiese pronunciado semejantes expresiones en su propio beneficio, porque lo asistía un elevado grado de humildad.

 Al apoyarme en la formulación de estos planteamientos, he tenido que recurrir a dos rasgos esenciales que le caracterizaron: Su destacada actuación como hombre humanista, y su entrega al servicio a los demás, durante el desarrollo de sus funciones profesionales, aunque ambos rasgos son inherentes en sí mismo.

Para el caso del primer rasgo de su caracterización fue clave la formación de sus progenitores: Wenceslao Ortega y doña Petra de Ortega.

Una pareja de reconocida trayectoria según testimonios importantes de nuestra geografía guariqueña.

A ello hay que añadir que el contexto histórico en el que se desarrolló, le permitió ir construyendo un esquema mental que lo fue llevando al convencimiento – a pesar de las asechanzas de la pobreza en que vivió – de que era necesario tomar un rumbo que le permitiera entender su entorno social, muchas veces deprimido y privado de las necesidades más elementales, en donde en cierta medida ha predominado la injusticia, y la falta de empatía hacia los semejantes.

Debió entender para poder comprender el desenvolvimiento de una sociedad  llena de complejidades. Lo cual solamente sería posible dejando fluir su humanidad, sus reacciones de “amor”, su comprensión.

Comprender, no juzgar. Es más bien, emprender la vía de la convivencia en todas las dimensiones de la existencia humana.

Sí dejas fluir ese comportamiento libre de prejuicios y de banalidades, puedes comprender que es necesario dignificar a los demás. Reconocer que el otro tiene valor, aunque algunas veces vacile, y piense que su existencia no tiene sentido, que no vale nada, que su vida es inútil, que nadie le ama.

En este caso, es necesario apoyarse en el principio de la “Dignidad Humana”, tan bien definido en el discurso pronunciado por San Juan Pablo II, el 2 de octubre de 1979 en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (O.N.U.), en el que dejaba traslucir la importancia de este principio:

El conjunto de los derechos del hombre –apuntaba – corresponde a la sustancia de la dignidad del ser humano, entendido integralmente, y no reducido a una sola dimensión; se refieren a la satisfacción de las necesidades esenciales del hombre, al ejercicio de sus libertades, a sus relaciones con otras personas; pero se refieren también, siempre y dondequiera que sea, al hombre, a su plena dimensión humana.

Partiendo de lo antes expuesto, y de la concepción de la dignidad del mencionado Santo, es necesario hacerse la siguiente pregunta: ¿Es que acaso es imposible alcanzar esos rasgos tan valiosos que contribuyen hacer la vida más digerible?

Responder a esa pregunta en estos tiempos, cuando de las reacciones de la cotidianidad mundial emanan  manifestaciones apocalípticas, y cuando en la actualidad del país se viven momentos jamás imaginables, no parece fácil. Sin embargo, para poder discernir sobre esto, es  obligatorio hacernos otra pregunta que quizás nos ayudará a comprender al citado personaje: ¿Por qué al señor Ortega se le hizo posible reconocer la dignidad humana en sus semejantes? Si nos dejamos llevar por las elevadas cargas de intolerancia existente, por el predominio de las inquinas y maquinaciones que atentan contra la dignidad humana, podríamos ser tentados por el desasosiego, la desesperanza, el desaliento, el desamor, la desilusión y el horror de estériles enfrentamientos que solo añadirían más decadencia a la tan golpeada sociedad existente.

En cuanto a su entrega al servicio por sus semejantes, este estuvo dividido en dos áreas de la vida pública.

La primera comenzó con las actividades que realizó en el Reten de Menores “Damián Ramírez Labrador”, perteneciente al antiguo Instituto Nacional del Menor fundado por Estado venezolano.

Allí  en su cargo de GUÍA CENTRO I- en el que a pesar de no haber ejercido funciones de relevancia gerencial -, debió lidiar con niños, y adolescentes en situación de abandono, en el que recibían la “protección del Estado”.  

Por cuatro (4) años permaneció en esas labores. Sus funciones en ese lugar, en el que -“exponía” su “vida en muchas ocasiones”-, las ejerció con claridad, y se centraron en: el cumplimiento de las normas, la ejercitación del trabajo intelectual, la disciplina, la orientación de los infantes o a sus familiares, y en sancionar cuando las circunstancias lo exigían.

Además, sirvió de enlace con otras instituciones en búsqueda de cooperación, y mantuvo siempre la vista puesta en el comportamiento de los menores.

De allí pasó a ejercer funciones de “Director del Centro de Atención Comunitaria en el barrio las Mercedes (Famoso Parque). Esto  me vinculÓ – decía – directamente con la comunidad y [fui[ responsable de otros programas: infancia abandonada, desavenencias conyugales (materia legal) sumado a la prevención a través de la cultura y el deporte.”

Su loable labor en esos menesteres la realizó movido por la esperanza de poder contribuir a la reorientación de aquellas almas necesitadas, no solo de la atención de su núcleo familiar, sino también de una parte de la sociedad que miró hacia otro lado, mientras que los bisoños permanecían imbuidos en el dolor y tristeza que produce el ser rechazado, o de aquellos que no estuvieron preparados para la cooperación humanitaria.

¡Y como docente! – Como maestro de escuela desarrolló una actividad esplendida a lo largo de muchos años en una comunidad deprimida de la capital sanjuanera: El Barrio Brisas del Valle, en la que esta erigida La Escuela Olga de Bruguera.

Allí paso de ser Maestro de Aula, a dirigir la institución que ha llevado el epónimo de una mujer ejemplar (católica por antonomasia y buena ciudadana).

El magisterio desarrollado por Ortega, – tarea tan fundamental e imprescindible en la faz de la tierra-   como director-maestro, solo puede ser descrita por el testimonio directo de quienes le acompañaron.

Sin embargo, me permito traducir el sentimiento de algunos de sus más cercanos compañeros, que le definieron como un hombre de grandes valores y de gran vocación docente.

Lo que lo llevó a ganarse el aprecio tanto de parte del alumnado, como de sus compañeros de trabajo “quienes lo consideramos como un profesor único que dejó un legado de amor,  armonía y enseñanzas en los corazones de cada uno de quienes tuvimos la suerte de compartir tiempo con él”. Señaló Ana Barrios, antigua comapañera de trabajo.

En cuanto al desarrollo de sus actividades en la Olga de Bruguera, allí se dedicó con mucho esmero al constante mantenimiento de la infraestructura y todo lo inherente a las áreas de la institucion.

También “logró la asignación del código del CENAE para que los niños disfrutaran del servicio del comedor escolar, esto con la ayuda de las autoridades de la Zona Educativa y Municipio Escolar.”

Y como resultado de su dinámica gestión,  actuaba con diligencia para la adquisicion “de  todas las dotaciones dadas por el MPPE (morrales, camainas, colección bicentenario, uniformes) ya que eran diligenciados a tiempo.”

Wilmen Ortega / 24 de agosto de 2020, a un año de su deceso.

 

 

 

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