Portillazos en la historia / Imposible olvidar y perdonar

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Portillazos en la historia

«Si molesto con mi canto

Alguno que venga a oír

le aseguro que es un gringo

O un dueño de este país’

16/09/1973. El fascismo asesinó a Víctor Jara, cantautor chileno. Le queman, le rompen los dedos, le cortan la lengua y le disparan 44 veces.

47 años después, los fascistas están en el olvido y Víctor Jara aún canta.

“Me llamo Víctor Jara. Soy un cantor popular y estoy muriendo. Mi cuerpo ha sido destrozado por unos chacales de uniforme: agonizo. Me quedan unos instantes de vida.

Era feliz como todos los chilenos, en una república democrática, con un gobierno de unidad popular bajo la presidencia de Salvador Allende.

Hace cinco días hubo un golpe de estado a cargo de una junta militar y fue muerto el presidente legítimo. Mis amigos en el extranjero ofrecieron exiliarme, pero yo no quise huir de mi país.  Me refugié, junto a otros profesores, en la facultad donde daba clases de música.

Hace tres días nos tomaron prisioneros. Nos acarrearon en un camión militar, hacinados como animales al matadero. Nos trajeron a este estadio de fútbol, convertido en campo de concentración. En cuanto llegamos nos pusieron en fila con las manos en la nuca para ingresar de uno a uno.

El teniente a cargo del operativo me reconoció, hizo una señal a los soldados y gritó:

—A ver, tú comunista desgraciao, ven para cá weon. ¿Así que vó soy el que usa sus canciones como un arma? Ahora vai aprender lo que es bueno, zurdo marica.

El teniente me propinó tres golpes en la cabeza con el mango de su revólver. La sangre inundó mi cara. Vinieron otros milicos, me tiraron al suelo y me dieron patadas en las costillas y el estómago. Yo casi no podía respirar. Lesionado, machucado y pateado, me dejarían tirado en un rincón.  Pero antes de irse, apagaron sus colillas de cigarro en mi cuello y orejas. Un par de horas más tarde, dos oficiales me pasearon por la cancha, exhibiéndome como un trofeo de cacería. Eso fue sólo el principio de mi calvario.

Al segundo día, pedí a mis compañeros que anoten unos versos intuyendo que serían los últimos:

— Canto que mal que sales cuando tengo que cantar espanto. Espanto como el que vivo, espanto como el que muero.

Al tercer día, yo estaba en las galerías del estadio acostado bien quieto para calmar el dolor de mis lesiones, vino un grupo de soldados junto a un teniente. Con las culatas de los rifles machacaron mis manos hasta romperme los dedos y muñecas. Trajeron una guitarra, la pusieron a mi lado y el comandante vociferó:

—Toca la guitarrita ahora póh weon.  A ver si podis cantar una canción pó: ¡comunista desgraciao!

Me abofetearon, me partieron la lengua y quebraron la nariz. Yo no podía creer tanta malignidad, por eso me dio risa. Ellos se pusieron aún más violentos, colocaron una pistola en mi cabeza y jugaron a la ruleta rusa.

A pesar del sufrimiento que padece mi cuerpo, en mi alma no siento dolor. Más sufre el pueblo de Chile.

Miro por última vez el cielo de mi patria.

Recuerdo la cordillera nevada.  

Siento que ya me voy apagando.

Me quedan pocos segundos de vida.

Que dios se apiade de esta tierra.  

Mis ojos se cierran…”

¡¡Imposible olvidar y perdonar mientras no haya verdad y justicia!!

Politólogo Alex Vásquez Portilla

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