PORTILLAZOS / Aplastar es su divisa

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divisaEs una gran ventaja tener en la presidencia de Estados Unidos a un individuo ignorante, tosco e inculto, como Donald Trump, que no parece estar interesado en fingir civilidad ni buenos modales.

Solo un arrogante, cara e’ tabla e inmoral se atreve a ser sincero y decir, sin el menor tapujo, que aplastará al presidente legítimo y constitucional de otro país para colocar en su lugar a quien él dice que debe ocupar el cargo.

La franqueza lunática de Trump puede conducir a pensar -muy erradamente- que este tipo hace algo distinto a sus antecesores. La verdad es que la clase política de EEUU siempre tiene el propósito de aplastar al resto del mundo, solo que unos son frontales y brutales, como Trump, y los otros intentan cuidan las apariencias.

Examinemos las últimas décadas: todos los líderes republicanos, desde Richard Nixon y su suplente Gerald Ford, pasando por Ronald Reagan y los dos George Bush, han tenido actitudes muy parecidas a las del enloquecido Trump, aunque con un poquito menos de insolencia. Pero todos ellos aplastaron a varios países. Los supuestos chicos buenos y civilizados como los presidentes demócratas que se han alternado con los antes nombrados, desde John Kennedy y su sucesor accidental Lyndon Johnson, hasta Bill Clinton y Barack Obama, consagraron su política exterior a aplastar países, en algunos casos con una más notoria brutalidad que sus pares republicanos.

No es mera casualidad que el único que podría considerarse una excepción, Jimmy Carter, apenas logró estar cuatro años en el poder, no fue reelecto y ha sido desde entonces objeto del desprecio y el bullying (acoso) de todos sus análogos. Le faltó vocación de pulverizador de pueblos.

Podría alegarse que el afán aplastador es un subproducto de la Guerra Fría, la comprensible defensa de la superpotencia capitalista ante la amenaza comunista, pero en la era postsoviética, EEUU y sus aliados de la OTAN se han dedicado a conjugar el verbo aplastar frente a los más diversos países, ya sin la excusa del peligro rojo.

 La escena de Trump vociferando que aplastará al gobierno de Venezuela y pondrá allí a su muchacho favorito (Guaitonto) tiene que ser interpretada junto a su contexto: las dos bancadas del añejo bipartidismo estadounidense aplaudieron el gesto del cowboy (vaquero) que saca a relucir su Colt 45. La representante Nancy Pelosi, rival acérrima de Trump, discrepa mucho de él, pero avala su amenaza de pisotear a un gobierno extranjero. Podrá decirse que ella y los demás demócratas aplaudieron a Juan Guaidog, pero lo cierto es que también ovacionaron la bravata de Trump porque –como parte de esa clase política- consideran que EEUU tiene entre sus legítimos derechos, el de estrangular a otros países. A eso lo llaman Destino Manifiesto.

 Solo algunas naciones extraordinariamente resistentes, como Vietnam, Cuba, Corea del Norte, Irán y Siria han sido capaces de soportar los planes de aplastamiento del imperio, con altísimos costos humanos y económicos.

Con creciente intensidad, Venezuela se ha sumado a esa lista de la digna defensa de la soberanía y del sagrado derecho a la autodeterminación.

Lo más lamentable de este cuadro es que existan venezolanos que aplauden emocionados estas amenazas propias de un mafioso. Y también que haya latinoamericanos que sigan creyendo que los demócratas son los buenos que nos pueden salvar de toscos, lunáticos y patanes como Trump.

Politólogo Álex Vásquez Portilla 

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