PEDRO CALZADILLA ÁLVAREZ / Mulas en Altagracia 1941

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A finales de año, el pueblo se llenaba de mulas

En los años de este pequeño relato, la escuela Ángel Moreno de Altagracia de Orituco tenía su sede en la calle Rondón, entre el parque Sucre y el local de la firma comercial de Alfonzo D´Gregorio, empresa que ocupaba cerca de la mitad de la cuadra.

La parte del inmueble que hacía esquina con la calle Sucre operaba como tienda de mercancías secas, y en la que lindaba con el plantel educativo había un largo patio enladrillado, donde secaban el café que la firma recibía de las haciendas.

Además, en una galería anexa había instalaciones mecánicas para su trillado. Sin dudas, esta fue una de las más importantes comercializadoras de café con actividad en Orituco.

Los hacendados enviaban su producción al pueblo en arreos de mulas, que regresaban a las plantaciones generalmente al día siguiente, cargados con los pedidos de mercancía seca y víveres que sus propietarios hacían a los comerciantes.

El ganado mular es un híbrido estéril que se obtiene del cruce de un burro y una yegua. Si el resultado es hembra se le llama mula, y si es macho mulo, aunque en Altagracia y en muchos otros lugares del país los mulos reciben el nombre de machos.

Estos híbridos poseen propiedades muy especiales para el trabajo rudo por su gran fortaleza, y una conformación de los cascos que les permiten un mejor desempeño que los caballos en terrenos montañosos y húmedos.

Tales cualidades los hacían prácticamente insustituibles en las plantaciones de café, y ello daba lugar a una gran demanda de estas bestias, lo que lógicamente encarecía sus precios.

En tiempos de la colonia y hasta las últimas décadas del siglo XIX, la microrregión de Orituco, especialmente los hatos de Lezama, fue una importante zona productora de mulas y machos que abastecía los requerimientos de los hacendados locales.

Una parte importante de su producción la vendía a clientes del oriente del país, comerciantes que las exportaban desde Cumaná y Carúpano para las islas francesas e inglesas del Caribe, donde las utilizaban en el laboreo de la caña de azúcar.

Las mulas también eran muy apreciadas como animales de monta, entre otras razones, por su docilidad y baja altura. Una estampa frecuente en las calles del pueblo era ver a personajes importantes dentro de la comunidad movilizarse sobre estos animales. Por ejemplo, era famosa la mula rucia del presbítero Alberto Ruiz, en esos años titular de la parroquia. Igualmente no era extraño ver a don Alberto Suárez jineteando su mula zaina.  

Como afirmamos al principio, la escuela Ángel Moreno quedaba muy cerca de la “oficina” de Alfonzo D´Gregorio, y muchos de sus alumnos teníamos que pasar al menos cuatro veces al día frente a sus instalaciones. Uno de esos días, a las 11:00 am, cuando salía de la escuela junto con otros compañeros de mi curso, nos detuvimos en la esquina de la tienda y nos pusimos a contar, como lo hacíamos con cierta frecuencia, los animales –mulas, machos y buros– que estaban  amarrados en sus inmediaciones. Getulio Carballo, uno de los compañeros, de pronto propuso:

—Tengo una idea: mañana cuando salgamos de la escuela hagamos una apuesta, adivinar cuántos animales hay en esta tienda.

El juego consistía en designar un pote donde cada uno ponía un número idéntico de metras, y se ganaba el premio quien adivinara o se acercara más al número de animales que había amarrados frente a la “oficina”. Esa fue otra forma divertida de matar el tiempo durante varios días.

En los últimos meses del año, sobre todo en noviembre y diciembre, las calles del pueblo se veían repletas de bestias de carga. En esos meses, los hacendados intensificaban el envío de su producción a las casas comerciales con las cuales mantenían relaciones.

Desde muy temprano en la mañana comenzaba a oírse el traqueteo que producían los cascos de los animales al golpear sobre las calles empedradas de la población, que finalmente eran amarrados frente a los diversos destinatarios del grano.

Este espectáculo se repetía año tras año, y mostraba a vecinos y visitantes la vitalidad de un pequeño pueblo que todavía continuaba generando bastante riqueza mediante el trabajo de sus hacendados y campesinos, a pesar de todos los trastornos que la llamada Segunda Guerra Mundial había ocasionado en aquellos años a la economía venezolana, y muy especialmente a la cafetalera.

Pero recordemos que la producción del Orituco no sólo era café, había otra importante actividad económica, aunque mucho menos rentable: la fabricación de papelón y aguardiente, que también contribuía a la saturación del pueblo con bestias de carga.

 En las riberas del río Orituco operaban muchos trapiches, la mayoría de ellos pequeños y totalmente artesanales, los menos con importantes grados de mecanización. Aún hoy quedan muchas muestras de esas instalaciones, y tal vez algunas hayan sido reactivadas en vista de la paralización de la mayoría de los centrales azucareros del país.

La producción de estas modestas factorías papeloneras, algunas con una reducida producción de aguardiente, satisfacía la demanda de estos dos rubros en los poblados del Valle y generaba un excedente que se comercializaba en las ciudades y poblados situados más al sur, como Valle de la Pascua, El Sombrero, Las Mercedes y otros.

El aguardiente La Rubileña, producido en la hacienda del mismo nombre fue el preferido, no sólo en Altagracia sino también en los pueblos del sur.

La Rubileña, al igual que los caseríos Guanape y Guanapito, quedaron sumergidos en el fondo del embalse de Guanapito, cuya construcción se prolongó desde 1958 hasta 1963, año de su inauguración.

El indetenible descenso de la producción cafetalera en Venezuela, iniciada en los últimos años de la década de los 90, acentuada a raíz de la crisis económica mundial de 1929-33, y que se prolonga durante la llamada Segunda Guerra Mundial, provocó una drástica disminución de la producción en el Orituco. Crisis que se agudizó en los primeros años de la década de los 40, con la irrupción de la actividad petrolera en las cercanías de Las Mercedes del Llano, lo que provocó una importante migración de los trabajadores agrícolas hacia los campos petroleros, buscando mejorar sus deprimidos salarios.

Y fue así como, a consecuencia directa del acentuado e indetenible descenso de la producción cafetalera y del uso cada vez más intenso de los automotores, se puso fin al reinado de las mulas como medio de transporte en las calles de Altagracia de Orituco.

Pedro Calzadilla Álvarez

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