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Ser un pran es una condena a muerte

pran

No viven para contarla. La mayoría muere antes de cumplir los 30 años. Son los pranes, estos líderes negativos que llegan a los grandes titulares en los periódicos cuando delinquen, matan o mueren.

La palabra es una elaboración de los reos, una especie de sigla que es la conjunción de las palabras “preso”, “rematado” (o sentenciado), “asesino”, “nato”.

“Pran” es un término que se hizo público desde 2011, cuando se produjo la toma de El Rodeo II por Yorvis Valentín López Cortés, alias “El Oriente”, y Yoifre Francisco Ruiz Estanga, alias “El Yoifre”.

Sin embargo, la figura de un líder negativo dentro de la cárcel no es nueva; existió por décadas con el nombre de “volantero”.

Estos también controlaban los penales, poseían armas de fabricación casera como chopos y chuzos, pagaban sus comodidades a los custodios y contrataban a otros internos para obtener seguridad.

Ahora esa custodia la ofrecen los “luceros”, un grupo de internos que se encargan no solo de cuidar a los pranes sino también de cobrar sus deudas y vacunas y ejecutar acciones violentas en contra de los demás reclusos. También están los “gariteros”, que son los vigilantes permanentes de la prisión que informan al pran de todo lo que sucede en el penal y escoltan a los familiares los días de visita.

Cartel de papel. La socióloga Carmen Rada explica que el perfil general de un pran es el de una persona criada en la pobreza, sin valores, que a temprana edad comienza a delinquir.

“Tienen una vida muy corta que no supera los 30 años, y todos terminan asesinados, o por las autoridades o por el cambio de gobierno” (transición de un delincuente a otro).

Rada explica el camino que tienen que recorrer estas personas para ser pranes, una especie de “jerarquía” que solo se gana con la degradación humana. “Son delincuentes con una vida miserable que tienen que asesinar, robar, estafar e incluso poner en riesgo la vida de sus familiares y ejercer por poco tiempo, ya que 95% terminan muertos dentro del penal y el otro 5% son asesinados cuando quedan en libertad y son localizados por los enemigos que han dejado por sus fechorías en la calle”.

La especialista asegura que aunque en Venezuela siempre ha existido la figura, el auge que ha tomado en los últimos años es por un modelo infiltrado desde Colombia.
“El paramilitarismo tiene mucho que ver porque se coló en el país un modelo de líder delincuencial que no solo intenta tener el control de los demás reclusos y de sus acciones, sino que además asesina, amenaza, extorsiona, mutila y descuartiza. Pero al final es asesinado o controlado por las autoridades, lo que demuestra que el ‘cartel’ de ese delincuente es vulnerable”.

Además este “cartel” o fama, que se ganan en la calle según los delitos cometidos, una vez que llegan al penal sirve para obtener reconocimiento de algunos, pero también el rechazo de los que buscan desplazarlos.
El crimen sí paga. La imagen del hombre invencible que no puede ser derrotado es un espejismo que se acaba con la muerte.

En los años 90 Edwin Rafael Grimán Hernández (“El Matapolicías”) encabezó las páginas de los diarios por asesinar a cinco uniformados de la extinta Policía Metropolitana. Además, fue acusado de robos, hurtos, atracos, tráfico de vehículos robados y estupefacientes, y cuando llegó al Retén de Catia logró tener el poder de un pabellón. Fue sentenciado, pero no cumplió toda su condena, con tan solo 40 años fue asesinado por los mismos reclusos. Poco le duró la ilusión.

En la misma época sonaba Carlos Eduardo Velásquez Vásquez (“Pata Seca”), de quien se comprobó su participación por lo menos en ocho asesinatos. Además, fue identificado en varios robos a mano armada. Se hizo popular entre los delincuentes por salir ileso de un puñado de enfrentamientos directos con la policía.

En 1996 fue capturado y remitido a El Rodeo. Una versión asegura que al llegar ahí murió en una riña, otra dice que fue abatido por cuerpos policiales en un enfrentamiento y solo dos días después pudieron saber que se trataba de Pata Seca, pues había cambiado su rostro luego de hacerse una cirugía plástica.

La misma suerte corrió Juan José Avendaño Aular (“el Capitán Avendaño”). Sin vergüenza aseguraba en cada captura que su profesión era “ser ladrón”. Participó en 1992 en el atraco a una avioneta de Transvalcar en Puerto Ordaz en el que asesinaron al piloto, al copiloto y a dos vigilantes, y cargaron con 86 millones de bolívares en billetes y lingotes de oro.

Parte de su trabajo fue lanzar una granada en el hangar para distraer la atención de los guardias nacionales. La banda huyó a Costa Rica, donde montó un negocio como fachada. Fue deportado y se evadió en varias oportunidades.

Sin embargo, este prontuario de “hazañas” delictivas se extinguió en agosto de 2013 cuando murió en la cárcel de El Dorado a los 40 años; tenía dengue y estaba en un delicado estado de salud. Otra versión dice que no falleció por la enfermedad sino por una venganza que le cobraron.

El rabo entre las piernas. El abogado y criminólogo Javier Gorriño explica que estos sujetos imponen reglas y estructuras delictuales que actualmente también son utilizadas en las barriadas populares.

“Esas normas no escritas de los penales son trasladadas a las barriadas cuando alguno de los privados queda en libertad o por los familiares que acuden a los recintos o por delincuentes que ejercen la función de pran desde la calle”, explica.

Así tal cual vive Carlos Luis Revette, “El Coki”, de 38 años, denominado “el pran de la Cota 905”, a quien en mayo de este año le asesinaron un sobrino durante un operativo que se realizó en el barrio para dar con su paradero.

Meses antes le quemaron la casa a su mamá unos delincuentes de la zona. Toda su familia se tuvo que ir de la localidad por amenazas, incluyéndolo a él pues las autoridades le han seguido la pista de cerca, asesinando a la mayoría de los integrantes de su “carro”; sin embargo, aún comanda las bandas delictivas de la zona desde la clandestinidad.

Gorriño explica que, así como ser pran es lucrativo dentro o fuera del penal, también es un negocio sin futuro.

“Lo que pueden ganarse en un día de cobro de vacunas, secuestros o extorsión termina convirtiéndose en sal y agua. No invierten, no tienen bienes, no pueden viajar ni darse un gusto. El dinero lo gastan en fiestas privadas, comida, armamento, mujeres o le dan a algún familiar, pero no es un dinero que invierten porque no tienen ni cuenta bancaria”.

Y lo que no gastan a veces termina calcinado, como lo que ocurrió el 2 de noviembre durante el desalojo de la Penitenciaría General de Venezuela (PGV), ubicada en San Juan de los Morros (Guá). Los presos, imposibilitados de cargar con el botín de los dos pranes del penal, decidieron hacer una fogata con el dinero.

En 2011 “El Oriente” y “El Yoifre” tomaron El Rodeo II por casi un mes hasta que el Gobierno pudo intervenir, desalojando la cárcel. Contrario a los casos antes descritos, ambos ahora están en la Comunidad Penitenciaria de Coro, neutralizados y vivos.

Fuente: Últimas Noticias – Narkys Blanco

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