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Crónica Negra | Plomamentazón en medio del basural

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Cuando les llego aquella información los funcionarios pensaron que se trataba de algún lugar cercano a Las Mayas, donde existe un vertedero de basura, y los camiones descargan sus desechos. La persona estuvo cinco días secuestrada y les manifestó que no la tuvieron en casa alguna sino en una carpa y que en el lugar había mucha basura y un fétido olor estaba regado por doquier.

Los funcionarios realizaron pesquisas, pero casi de inmediato decidieron descartar el lugar, sobre todo porque la víctima insistía en que la habían secuestrado en Caracas y la llevaban con los ojos tapados en el asiento de atrás y que luego de dar varias vueltas por la ciudad, tomaron una autopista a gran velocidad y estuvieron largo rato de recorrido. Fue allí cuando decidieron investigar el relleno sanitario de La Bonanza, en Charallave (Mir).

Me cuenta la tía Felipa que el relleno sanitario se ha convertido de unos años a esta parte en una gigantesca guarida donde van a dar los “mano negras” de varias regiones del país, es decir, indigentes con fuertes problemas de alcoholismo y drogas, pero me aclara que los indigentes vendrían a conformar la “mano de obra” de bandas criminales organizadas que hacen vida en el sitio, pues son en su mayoría delincuentes buscados ampliamente por los cuerpos de seguridad, evadidos de varias cárceles del país. Es decir, pues, es una especie de hotel de mala muerte, donde estas mafias cobran por brindar protección a los hampones que requieren de refugio.

“Todo el sector es controlado por “el buitre”, un antisocial sanguinario dedicado a secuestros y extorsiones en buena parte de los Valles del Tuy e incluso de Caracas.

Se dice que la banda de “el buitre” está conformada por unos treinta hombres y que en su mayoría llevan apodos que tienen que ver con el basurero más grande del país: carroñero, cara ‘e perro, zamuro, chupasangre, basurita, leche podrida, carne seca, memin, virolo, el podrido, chino cojo, temiga, zamuro chiquito, rata pelua, el llagoso, costrica.

Emboscada. Los cuatro policía penetraron en el sector y comenzaron a desandar el camino entre los restos de la basura. El olor era una mezcla, pero fermentada de muerto con muerto y muerto. Uno de los agentes se amarró un pañuelo del cuello y se tapo la nariz, al mejor estilo de los cuatreros del lejano oeste norteamericano y le echó unas gotas de perfume, pero el olor se burlaba de la fragancia y se le colaba por los poros y los huesos y le llevaba hasta los recónditos lugares del cerebro.

Una rata que debía medir al menos medio metro saltó de una montaña de basura haciendo rodar unos potes y dos de los policías sacaron sus armas de fuego.

Los policías varias veces estuvieron tentados a regresarse, pero finalmente optaron por continuar, pues la información que tenían era bien precisa. Se imaginaban clarito llegando al comando con “el buitre” esposado y con cara de asustado, o en todo caso, agujereado por varias partes, si es que oponía resistencia.

Los primeros disparos provinieron desde la parte alta, como a unos cien metros de donde estaban los cuatro policías. Sin pensarlos dos veces se lanzaron de cabeza al basural. “Solo a mi se me ocurre, venirme a meter en esta mierda”, pensó en voz alta uno de los uniformados. Otros disparos, esta vez más cercas, los hicieron enterrar el rostro entre los restos descompuestos de comida, pues era obvio, de acuerdo con el sonido, que se trataba de un fusil. “Nos van a asar como conejos”, gritó uno de los uniformados al tiempo que ordenaba enfrentarlos y solicitar esfuerzos. El intercambio de disparos fue incesante durante minutos que parecían horas, hasta que sonó aquel estruendo que estremeció la montaña de basura y la hizo volar por los aires.

Cuando llegaron los refuerzos e hicieron correr a los antisociales dos de los policías yacían en el piso, pero uno de ellos aún respiraba. Sus rostros reflejaban una amalgama de asco y miedo, pero más miedo que asco.

El oficial antisecuestros de la Polinacional Gilber José Chávez Monzón fue trasladado de emergencia al hospital, pero llego muerto. Su compañero José Narciso Mujica Martínez falleció en el lugar.

Me aclara la tía Felipa que la muerte de los dos funcionarios abrió los ojos a los uniformados, en el sentido de que se estaban enfrentando a una banda cruel y sanguinaria, cuyos integrantes, desde que decidieron vivir a expensas de la basura y a camuflarse entre las montañas de excrementos, ya no tenían nada que perder y estaban dispuestos a todo.

Los aniquilados. Se contabiliza que en menos de dos meses han caído abatidos catorce integrantes del grupo.

Todas las semanas los agentes de la policía toman todo el sector y realizan rastreos, en un intento por dar con el paradero de “el buitre”.

Aquel día amaneció con ganas de llorar y el delincuente conocido como “el chupasangre”, que se jactaba de que era amplio conocedor de los animales, pues había crecido en su pueblo -en Zulia- rodeado de animales de todo tipo, recogió sus cuatro peroles y dijo que se marchaba, pues notaba muy nerviosos a aquellos zamuros y que esos animales, que no le tienen miedo a nada, se ponen así cuando presienten que hay un peligro inminente.

Parampampan. No había transcurrido ni media hora cuando todo el sector comenzó a llenarse de policías, quienes llegaron casi al mismo tiempo que las primeras gotas del brutal aguacero que se desataría después. Se calcula que eran casi cien policías. Llegaron en persecución de una camioneta desde la cual les realizaron varios disparos. Lo que no sabían los criminales es que todo Charallave está lleno de funcionarios que los buscaban como palito ‘e romero. Llegaron en motos, patrullas y camionetas y comenzaron a tomar posiciones. Solo sabían que la camioneta había entrado al relleno sanitario, pero no la visualizaban por ningún lado. Poco antes, tres de los antisociales de la banda habían caído muertos en un tiroteo. Finalmente la camioneta fue ubicada y allí mismo se inició la plomamentazón. Los hampones saltaban como ratas despavoridas por encima del basural y chocaban con los zamuros que no habían tenido tiempo de levantar vuelo así como con los perros huesudos que saltaban tambaleantes de un lado a otro. Cuando cesaron los disparos, cinco de los maleantes habían quedado sepultados en la basura. En la camioneta hallaron a un comerciante, atado de pies y manos, a quien habían secuestrado en un sector de Caracas. También encontraron varios cargadores y un fusil.

Fuente: Últimas Noticias – Wilmer Poleo Zerpa

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