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Crónica Negra / Los cazadores en “la casa del terror”

“Fue cuando se dieron cuenta de que por lo menos media docena de sujetos armados los apuntaban…”

Pancrasio Hernández escuchó el ruido del auto y de inmediato se incorporó y se arrodilló en su cojín al lado de la ventana, tal como hacía cada vez que espiaba hacia el exterior. Quitó con cuidado el teipe que había colocado para disimular un huequito que abrió debajo el marco y al que le instaló un ojo mágico, de esos que les ponen a las puertas de las casas. Su mujer se levantó a tomar agua, lo observó ahí agachado y, por supuesto, lo regañó.

“Un día de estos nos vamos a meter en tremendo peo por esa manía tuya de estar espiando a esos bichos, Pancrasio. Te van a picar en pedacitos y luego te rociarán gasolina y te prenderán. Pero lo peor es que también pagará la pendeja”, le dijo su mujer en tono molesto pero sin armar mucho escándalo.

El hombre le hizo señas con la mano de que se callara y se fuera a dormir. Su pasión era espiar a aquellos criminales del barrio, pero espiarlos por espiarlos, no porque fuera a hacer nada con la información que recababa, porque en el fondo les tenía pánico a aquellos muchachos a quienes había visto crecer en El Valle y que se habían convertido en unos verdaderos demonios.

Desde su lugar de observación, había presenciado cómo metían para aquella casa, “la casa del terror”, como la llamaba él, a decenas de personas secuestradas en la ciudad, algunas de las cuales lograban regresar con vida a sus casas y otras eran asesinadas allí mismo y luego sus cuerpos botados en los recodos de las autopistas cercanas.

La última víctima que había visto que llevaban fue una mujer de unos cuarenta años, encopetada y toda llena de prendas, a quien devolvieron a las calles tres días después toda demacrada, con cara de horror, luego de que su familia pagó el dinero del rescate.

Lástima y pena. Aquella noche vio a Richita, quien cargaba un fusil, y se detuvo al comienzo de la escalera desde donde divisaba toda la zona; vio a Anthony Ramón, a quien le decían Tatuaje y quien llevaba tomado por el cuello a uno de aquellos dos hombres que debía tener unos 60 años, e iba escoltado por Popeye, quien miraba como asustado para todos lados. Luego pasaron Chayota y Risita, quienes llevaban a empujones a otro hombre a quien le daban cachazos y le gritaban para que se apurase. Richita y Popeye se quedaron en la parte externa fumando marihuana.

Pancrasio Hernández sintió que el corazón le latía con fuerza. Sintió lástima y pena por aquellos dos hombres. Sabía que no podría dormir en toda la noche porque eso mismo le había pasado todas las otras noches cuando veía que metían para “la casa del terror” a las otras personas.

La emboscada. Celso Francisco terminó de leer las novedades del día anterior y le comentó a Héctor Castro que se habían robado otra de las camionetas de allí, de la Corporación de Servicios del Distrito Capital.

Castro, quien era el jefe de Investigaciones, le propuso a Celso Francisco, un coronel retirado que ostentaba el cargo de gerente de seguridad en la corporación, dar una vuelta por los barrios cercanos a ver quién quita y la veían.

El coronel Celso Tortolero Correa tenía experiencia en cuestiones militares y se sentía sobre seguro cuando salía de recorrido con Castro, pues este era un zorro viejo formado en las filas del Cicpc y conocía muchos malandros viejos que le servían como dateros y confidentes. De los carros que les habían robado allí, varios habían sido recuperados por ellos mismos.

Cuando iban por la Intercomunal de El valle. Subieron por Cerro Grande y en una esquina se detuvieron a hablar con unos hombres en una esquina. Castro les mostró unas fotos y luego continuaron.

En el trayecto eran el centro de atención, pues la gente de los barrios reconoce de inmediato cuando un auto no es de allí. Aquel Chery Orinoco azul tenía los vidrios ahumados. Tres hombres tomaban cervezas mientras otro, con aspecto de menesteroso chupaba el último trago que le quedaba de una botella oscura. Dos muchachos de unos dieciocho años fumaban marihuana en medio de una larga escalinata y todo el humo se metía para las casa, pero nadie reclamaba.

Finalmente desistieron y cuando daban la vuelta sintieron unos golpes en los vidrios. Fue cuando se dieron cuenta que por lo menos media docena de sujetos armados, uno de ellos con un fusil los apuntaban y los conminaban a bajar del auto. El jefe de investigaciones bajó la ventanilla y les dijo algo así como “tranquilo somos la misma gente”, pero recibió como respuesta un cachazo en la cabeza.

Los dos fueron desarmados y sometidos e introducidos cabeza gacha en el asiento de atrás del auto junto a cuatro de los criminales. Los dos restantes siguieron el auto a bordo de una motocicleta.

Punto de observación. Pancrasio Hernández, quien se había quedado atento toda la noche, escuchó varios disparos y de inmediato corrió hacia su punto de observación. Quitó el teipe que disimulaba el huequito por el que veía hacia la calle y comenzó a escudriñar entre las sombras. No se veía un alma en toda la calle, aunque la luz dentro de “la casa del terror” estaba encendida y se escuchaban voces en su interior. Calculó que habrían transcurrido unos cinco o seis horas desde los vio llegar empujando a aquellos dos hombres uno de los cuales estaba próximo a los sesenta años y el otro tenía pinta de cincuentón.

Se abrió la puerta y Pancrasio vio cuando llevaban a empujones a los dos infortunados, uno tenía la camisa manchada de sangre y el otro cojeaba.

Fatal desenlace. Los cuerpos de los dos hombres fueron localizados a unos 50 metros de distancia el uno del otro en una zona limítrofe entre los barrios Cerro Grande, donde abandonaron los restos de Tortolero, con tres disparos, y el barrio Zamora, donde cayó fulminado Castro.

Uno de los principales asesinos de los dos infortunados, identificado como Anthony Rojas Linares (26), conocido como Tatuaje, quien era buscado por dos crímenes, fue detenido por la Polinacional en la escalera 16 del barrio 19 de Abril, en El Valle. Una mujer, dueña de “la casa del terror” también fue detenida. Se determinó que la vivienda era utilizada por los secuestradores para llevar a infortunados plagiados en distintos puntos de la capital.

Últimas Noticias – Wilmer Poleo Zerpa.

 

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