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Crónica Negra / Lágrimas de dolor y de alegría

Aquella mañana recibieron una llamada, pero fue de una sede de la Lopna y les comunicaron que debían dirigirse hasta allá.

 

Cuando Zamudio Contreras me contó aquello todavía estaba en shock, y miren que son muchas y extrañas las cosas que el viejo Zamudio ha visto a lo largo de sus ochenta abriles recién cumplidos.

Se levantó la franela y comenzó a rascarse la barriga con las dos manos mientras entornaba los ojos, como ordenando las ideas que iba a narrar. Luego sacó un pedazo de papel higiénico que cargaba en el bolsillo y se sacudió los mocos, hizo una bolita y la arrojó a una montaña de basura donde tres perros callejeros se disputaban las bolsas de comida en procura de algún desperdicio desechado por los vecinos del barrio.

Me contó Zamudio que aquella tarde estaba sentado en el porche de su casa, como solía hacer todas las tardes, cuando escuchó a una mujer gritar como si loca estuviera.

El hombre buscó a ver de dónde provenían los gritos y divisó a una mujer que daba carreras en círculo llorando mientras se jalaba el pelo. Muchos vecinos socorrieron a la infortunada y lograron calmarla, y fue cuando ella les contó que le habían secuestrado a su sobrinito de apenas ocho años de edad. La conmoción no se hizo esperar, todos preguntaban al mismo tiempo cómo había sido la cosa, cuándo, dónde.

Entre jadeos y lloriqueos la mujer contó que estaba con su sobrinito haciendo la cola para comprar el pan y que el niño, en un descuido de ella, había desaparecido y que ahora nadie lo había visto ni sabían nada de él.

Intentaron explicarle que no podía hablar de secuestro, sino de desaparición, pero la mujer no entraba en razón, solo se preguntaba con qué cara le iba a decir a su hermana que la criatura había desaparecido en sus narices.

Varios vecinos se activaron y comenzaron a buscar al chiquillo por todos los rincones, mientras otros lo llamaban por su nombre a ver quién quita que el pequeño estuviese metido en alguna de las casas y escuchara que lo estaban llamando.

El pequeño Lewis Arriechi Ramírez era conocido en El Cementerio porque siempre solían verlo junto con su madre Diana Carolina o con su papá, Edgar Antonio, quien trabajaba con una ministra muy querida en la zona y residían en el barrio Las Quintas de la Cota 905, ubicado a escasos metros de El Cementerio, por la parte de arriba, por la colina.

Pero llegó la noche y nada que encontraron al pequeño, por lo que la familia Arriechi Hernández se fue para su casa con el corazón pegado del pecho y sin hallar qué hacer. Pidieron una cola en una moto y bajaron a El Paraíso para poner la denuncia de la desaparición de la criatura, pero allí les dijeron que debían esperar setenta y dos horas y que a lo mejor se puso a caminar y se perdió y lo había agarrado algún vecino.

La noticia. Tres días después aún no habían conseguido al pequeño Lewis, y mira que no habían dejado rincón donde no buscaron o preguntado, por lo que la familia decidió ir a la morgue de Bello Monte.

Llegaron y preguntaron y, sin mucho preámbulo, uno de los funcionarios les dijo que abajo tenían el cadáver de un niño como de ocho años que habían conseguido degollado por los lados de Caucagüita. Diana Carolina sintió que el piso se abría a sus pies y tuvo que sostenerse para no caer. Edgar Antonio dijo que él bajaría a reconocer el cuerpo. No habían pasado ni cinco minutos cuando subió. Su paso era lento como si contara las losas del piso. Su esposa lo vio y presintió lo peor. Se abrazaron y lloraron largo rato. El hombre dijo que estaba descompuesto y que lo había reconocido por una marca que tenía en la mejilla, una quemadura que se había hecho años atrás.

La policía los hizo llenar una declaración y dijeron que debían llenar unos formalismos, hacer unas pruebas y que debían regresar al día siguiente, junto con la tía del niño, para ratificar la declaración. Cuenta Zamudio Contreras que los funcionarios fueron particularmente violentos y que incluso los amenazaron con golpearlos si no les decían la verdad. A eso de las nueve de la noche se convencieron de que no tenían nada que ver y los dejaron marcharse a sus casas.

La noticia salió en los periódicos. Nadie se explicaba qué podía haber ocurrido, estaba descartada la venganza porque Edgar Antonio no tenía enemigos. Al contrario, mucha gente lo quería porque era un líder social de El Valle, Coche y Santa Rosalía, donde enseña a los niños el trabajo de la siembra y siempre está dispuesto a ayudar al que lo necesite.

Hallazgo. La familia del pequeño esperaba que los llamaran de la morgue para poder ir a reclamar el cadáver. Aquella mañana recibieron una llamada, pero fue de una sede de la Lopna y les comunicaron que debían dirigirse hasta allá.

Los esposos estuvieron a punto de desmayarse cuando vieron a su pequeño hijo, sano y salvo. Lo abrazaron, lo cargaron y lloraron de nuevo. Los funcionarios les explicaron que la Guardia Nacional lo encontró y como no ubicaron a sus representantes, ni su domicilio, lo trajeron a la sede y que el niño hallado degollado vive allá en Caucagüita y que el asesino, que resultó ser su hermano, ya fue detenido.

Últimas Noticias – Wilmer Poleo Zerpa

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