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Crónica Negra / La muerte usó cadenas de oro y franelillas

Los hombres salieron de la casa y comenzaron a regar un líquido que cargaban en unas garrafas. Era gasolina

Wilmer Poleo.- Aquella mañana cuando don Celedonio se levantó, se puso el pantalón del flux gris, colocó el paltó sobre la cama y le metió dentro varias camisas para ver cual le combinaba mejor. Luego le probó unas corbatas. Ese traje don Celedonio solía usarlo solo en ocasiones especiales, como una fiesta, un matrimonio, un bautizo o un funeral.

En la calle los perros no dejaban de ladrar y don Celedonio ya se había asomado varias veces para ver si notaba algo extraño, pero todo continuaba su curso aparente. “Debo estar preparado no vaya a ser que la cosa sea conmigo”, dijo don Celedonio, pensando en voz alta. Quizás en otro momento no le hubiera prestado tanta atención al ladrido de los perros, pero en aquel momento sí, porque sentía que la diabetes, que lo azotaba desde hace varios años, avanzaba a pasos agigantados y, además, estaba sintiendo como unas punzadas en el pecho. “Esos perros huelen la muerte de lejos, así venga disfrazada de lo que sea. ¡Qué bárbaros!”, se dijo.

No era con él. Pero en aquella ocasión, la cosa tampoco era con don Celedonio. La tarde del domingo la muerte ciertamente se presentó en el barrio El Guamacho de San Casimiro, pero pasó de largo y ni volteó a mirar para su casa. Don Celedonio la vio pasar y se hizo la señal de la cruz. En esa oportunidad la muerte llevaba franelillas, zapatos deportivos y ostentaba gruesas cadenas de oro, pero iba tan armada como la última vez que estuvo en el sector y de eso no hacía mucho. La cara era la misma, la actitud también. Parecía poseída, pero caminaba con seguridad, con esa seguridad que te da el saber que nadie osará interponerse en su camino y que nadie abrirá la boca.

Los demás perros de la calle se habían marchado aterrados. Sólo quedaba uno, un canino amarillento y huesudo que estaba echado en la acera, tratando de esquivar una nube de moscas que se peleaban por posarse en su oreja, la cual se había roto días atrás en una pelea con otro callejero. Vio venir a la muerte enfranelillada y escondió la cabeza entre las patas y se hizo el muerto.

La arremetida. El pueblo, ya de por si solitario y triste, debido a las numerosas familias que han abandonado el lugar por temor a los secuestradores y cobradores de vacuna, ahora se veía más solo que de costumbre. El viento batía las alas de los árboles y era lo único que se escuchaba. Muchos ojos veían a la muerte pasar, pero contenían la respiración para no ser descubiertos.

El grupo, con Johan Funes a la cabeza, se detuvo justo al frente de la casa de los Torrealba y tres de ellos se movieron hacia la parte de atrás. Dispararon a la cerradura en repetidas ocasiones y la puerta cedió temerosa. Rato después dos hombres fueron sacados arrastrados y arrojados al medio de la calle. Adentro de la casa se escuchaba una gritería, como si hubiese una pelea colectiva. A ambos hombres les dispararon y a uno de ellos le colocaron un caucho encima y le metieron candela. El infortunado no sintió nada de aquello. Hace varios segundos que había dejado de existir. El otro se hizo el muerto, aunque sentía que la vida se le escapaba poco a poco, sin prisa. Primero se le durmieron los dedos de los pies y luego los pies enteros, luego las pantorrillas, los muslos…

Los hombres salieron de la casa y comenzaron a regar un líquido que cargaban en unas garrafas. Era gasolina. Le prendieron candela. El hombre ya tenía las piernas completamente dormidas y sentía que ahora se le estaba durmiendo el sexo y la parte baja del abdomen. Mantenía los ojos cerrados, pues hacerse el muerto era lo único que aún lo mantenía con vida. Los gritos dentro de la casa arrecieron. Clamaban piedad y pedían auxilio a todo pulmón. Las llamas se extendían con rapidez regando un olor fétido por todo El Guamacho. Ahora comenzaba a dormírsele el pecho. Sintió cuando los hombres se marchaban, pero le daba miedo abrir los ojos y pedir ayuda. Sabía que nadie lo ayudaría. Aquel pueblo estaba casi tan muerto como él.

Se conoció que dentro de la casa fallecieron calcinadas cinco de los Torrealba, entre ellas una mujer y dos niños. La policía llegó al poco rato y se desplegó por todo el barrio e incluso se metieron para una zona montañosa. De cuando en cuando sonaban disparos en la parte alta, pero nunca se supo quiénes disparaban y si habían acertado o no.

Don Celedonio sacó una libreta amarillenta que siempre escondía debajo del colchón y debajo del nombre de Johan Parra Funes colocó el número siete. En la lista ya había un uno, un tres, un cinco y un cuatro. La impunidad.

Fuente: Últimas Noticias

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