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Crónica Negra / La muerte desaforada buscando qué robar

Entorna los ojos, como buscando mayor claridad en sus pensamientos, y luego puntualiza que quienes querían sacarlos de allí activaron varios subterfugios legales para hacerlo e incluso, ya en lo último, utilizaron el vil argumento de que ellos -los hermanos Yánez- eran unos invasores.

Cuenta don Filomeno, quien se emociona cuando le preguntan cosas del pasado, que Pablo Emilio Yánez era un muchacho que recién había cumplido la mayoría de edad, cuando intentaron quitarle las tierras que había heredado junto con sus hermanos, correspondiente a la hacienda Gavilán, en la vía hacia Turgua, municipio El Hatillo.

Entorna los ojos, como buscando mayor claridad en sus pensamientos, y luego puntualiza que quienes querían sacarlos de allí activaron varios subterfugios legales para hacerlo e incluso, ya en lo último, utilizaron el vil argumento de que ellos -los hermanos Yánez- eran unos invasores.

Pero era tanto el amor que los hermanos Yánez sentían por aquellas tierras que nunca se dieron por vencidos y pelearon cada palmo en los tribunales hasta que finalmente convencieron al Poder Judicial de que no eran ningunos vivarachos recién llegados, sino los legítimos propietarios de aquellos terrenos, codiciados por muchos no solo por el clima y su extensión, sino por su ubicación privilegiada, ya que la hacienda estaba ubicada a la orilla de la carretera principal.

Dos jóvenes que no debían llegar a los veinte años regresaban cansados a sus casas luego de su jornada agrícola en una hacienda de la zona. Con ellos venía un niño de aproximadamente diez años que hablaba sin cesar y que se iba todas las tardes para acompañarlos, pero que aprovechaba de hacer uno que otro trabajito sencillo, como botar una basura, por ejemplo, o barrer las hojas del patio, para ganar también algo de dinero.

Los tres tenían los cachetes colorados, las manos mugrientas y las franelas mojadas por el sudor. Uno de los jóvenes se sentó en una piedra y estiró ambas piernas dejando ver sus botas color ocre con las que trabajaba, las cuales le llegaban un poco por debajo de la rodilla. Les faltaba poco para llegar a sus casas.

Estaban allí descansando cuando vieron pasar a aquellos tres hombres y a aquellos tres muchachos que llevaban dos racimos de plátanos cada uno y además cargaban una cesta plástica en la que había una licuadora, una radio, una plancha y una cafetera eléctrica. El más joven de los tres hombres debía tener unos veinticinco años, mientras que los dos restantes pasaban los cuarenta años.

Uno de ellos caminaba raro, como si tuviese una pierna más larga que la otra y el otro era de contractura fuerte y piel. Oreja, que brillaba con la mezcla de sol y sudor. Todos llevaban machetes terciados a la espalda y a dos de ellos se les apreciaban manchas rojizas, como de sangre en los zapatos. Los tres muchachos se pacían a los que descansaban en la piedra. Dos de ellos tenían botas de agricultores y el otro unos zapatos de goma. Ninguno debía llegar a los dieciocho años.

A los muchachos les extraño verlos por allí, porque no eran de la zona, pero tampoco es que era algo del otro mundo porque cada día llegaban personas de los sectores cercanos en busca de algún chance para trabajar. En general, en todo el sector había muchos extranjeros, sobre todo colombianos que, dicen las malas lenguas son criminales y paramilitares que se vinieron al país y se ponen a trabajar en labores del campo a fin de no ser mal vistos por las calles.

Pablo Emilio estaba saboreando el café que recién había colado cuando escuchó el ladrido de los perros. No se movió de la banqueta donde estaba, pero agudizó el oído y la vista por si acaso. Como cesaron los ladridos saco un cuaderno y un lápiz y comenzó a hacer algunas anotaciones. En particular anotaba las cosas que necesitaba y de ellas cuales podría comprar en lo inmediato en alguna de las bodegas cercanas, cuáles las conseguirá en el pueblo y las que solo podría adquirir cuando viniera a Caracas.

Los ladridos volvieron y Pablo Emilio hizo las cuentas a un lado y se levantó de la banqueta. Caminó algunos pasos y se quedó inmóvil un rato del tratando de ver más allá de los sembradíos de plátanos. En los últimos días había tenido algunos inconvenientes menores con unos muchachos de la zona que se metían en sus tierras para robar frutas hortalizas y plátanos.

Se calzó su machete y decidió adentrarse en la plantación para ver qué es lo que le ocurría a los perros. En realidad no eran perros agresivos pero servían para alertar cuando había un animal cerca o cuando algún extraño traspasaba los linderos de la hacienda. Ya había caminado poco más de 50 metros cuando vio a aquellos tres hombres adultos y a los tres menores que cortaban los racimos de plátanos, mientras intentaban espantar a los dos perros que corrían de un lado a otro esquivando los machetazos y las piedras que les lanzaban sobre sus cabezas.

Cuando Pablo Emilio llegó hasta donde estaba el grupo, estos se voltearon sobresaltados y se abrieron paso como formando una herradura sobre él. “Tranquilo hermano no queremos problemas, solo pensábamos llevarnos unos platanitos para llevarle algo a los críos, usted sabe paisita que la cosa está de lo más jodida”, dijo el más viejo de los tres, el que caminaba como dando brinquitos. “Jodida les voy a dejar yo la cabeza si no se salen ahorita mismo de mis tierras. Son unos abusadores. Si tenían hambre podían haberme pedido el favor de que les regalara un racimo o haberme pedido un plato de comida, pero no meterse a robar, como si todo esto fuera de quién camine por la carretera”, dijo enfurecido.

Con una agilidad asombrosa, uno de los hombres que tenía a su lado le asestó un fuerte golpe en el brazo y le tumbó el machete al suelo, mientras que otro lo golpeó en el rostro con el filo del arma y lo derribó de un solo trancazo. El cadáver del infortunado quedó allí, en medio del platanal, con varias heridas abiertas al sol y al cuido de los dos perros de la hacienda que no hallaban qué hacer y les dio por correr de un lado a otro, como enloquecidos.

Los hombres no se conformaron con agarrar varios racimos de plátanos, sino que luego se dirigieron a la vivienda y se robaron las escasas pertenencias que la víctima tenía en el lugar.

Pero Pablo Emilio había decidido luchar por su vida y por ello fue que se hizo el muerto. Cuando sus atacantes se marcharon, como pudo se arrastró por el campo y recorrió más de 200 metros antes de pedir ayuda en la entrada de un caserío. Los vecinos se percataron de su presencia y avisaron a la GN, que lo trasladó hasta el CDI de Hoyo de la Puerta. El problema es que estaba demasiado débil por la gran cantidad de sangre que había perdido, le sobrevino un paro respiratorio y falleció. Pero antes de morir delató a quienes lo atacaron, entre ellos, varios menores parientes lejanos suyos, porque en ese sector de Turgua, Gavilán, son muchos los vecinos que son familia. Fueron capturados al día siguiente.

Fuente: Últimas Noticias – Wilmer Poleo

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