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La larga jubilación y la muerte desalmada

Crónica Negra:
La larga jubilación y la muerte desalmada

“Cuando me salga la jubilación te voy a comprar dos pares de zapatos, algo de ropa y vamos a aprovechar a comprar unas láminas de zinc para reparar esa parte de la cocina y compramos una pinturita para pintar toda la casa”, le dijo una vez Eulalia a su hijo Juan Roberto.

Eulalia le dedicó toda su vida a la salud. Se inició como enfermera en un dispensario de su pueblo y a los cinco años ya se había ganado la titularidad. Como no le alcanzaba el sueldo comenzó a hacer guardias de noches en una clínica privada y también atendía casos a domicilio, cuando alguno de los vecinos requería a una persona que le cuidara a su enfermo.

Pero también era la enfermera del pueblo pues a medianoche, cuando alguno de sus allegados tenía alguna dolencia, corrían a la casa de ella y la mujer se medio arreglaba el pelo, se ponía una bata y salía a ver qué era lo que le pasaba al vecino.

“Cuando cobre la jubilación voy a aprovechar de acomodarle la casita a mi mamá. ¡Pobre!, se le está cayendo encima y le hace falta un cariñito”, se dijo Eulalia una vez que regresaba de la casa de su madre.

Si darse cuenta, Eulalia pasó largos treinta años entre el dispensario, la clínica y las casas de sus vecinos, entre inyectadoras y frascos de remedio, aunque en muchas ocasiones recurría a las pócimas, pues era fiel creyente del poder curativo de las hierbas.

A la fuerza. Cuicas, la tierra de Guillermo Morón, es un pueblo trujillano ubicado al oeste de Venezuela, el segundo más poblado después de Carache. Tradicionalmente era un pueblo tranquilo y bonachón y los habitantes se entregaban en cuerpo y alma a las actividades agropecuarias, en especial la siembra de maíz, caraotas, y ají, así como a la cría de aves, ganado vacuno, bovino y porcino. Más recientemente aparecieron varias fábricas artesanales dedicadas a la elaboración de quesos y cuajada.

De un tiempo a esta parte el hampa está logrando lo que no pudo el desarrollo de las grandes ciudades: sacar al trujillano de su terruño. Y sacarlas casi a la fuerza. No son pocos los negocios o personas de a pie que han sido asaltados, pero ahora la cosa se ha puesto color de hormiga, pues las bandas delictivas, en complicidad con muchos agentes policiales y hasta de la GNB, se han vuelto desalmadas, miserables.

La gente tiene que pagar vacuna hasta por pintar el frente de su casa o por reparar su vehículo en la calle, al frente de su vivienda.

“La cosa es muy ruda y así está casi todo el estado. Las bandas criminales se han multiplicado y las autoridades poco hacen. Hay una fundación en

Carache que se llama Pueblo-pueblo, que cultivan hortalizas y las llevan a Caracas para venderla a muy bajo costo en las comunas y municipios de escasos recursos, pero antes de salir del pueblo deben bajarse de la mula con los criminales y hasta con la Guardia Nacional. El año pasado mataron a tres hermanos porque se negaron a pagar vacuna a los criminales y a muchos los han obligado a abandonar sus tierras, casas, fincas, con la amenaza de que si no lo hacen los mataran o le secuestrarán a un familiar. La gente está aterrada y, lo peor, es que se siente sola, íngrimamente sola”, me dijo Felipa cuando le comenté el asunto.

Larga espera. Hace cuatro años que a Eulalia la jubilaron, pero no le había salido los reales. Una amiga le dijo que debía buscarse un buen contacto en Caracas con alguien del Gobierno para que le agilizara el pago, pero Eulalia no conocía a nadie en las alturas del poder.

Otro vecino le recomendó buscarse un gestor que viajase a Caracas a mover el asunto, pero el hombre casi que le quería cobrar la mitad de lo que le correspondía a Eulalia por sus 30 años de trabajo.

La mujer pilaba un maíz cuando una vecina la llamó y le dijo que en Últimas Noticias había salido otro listado de personas a las que la habían salido las prestaciones o las jubilaciones y la mujer mandó a que le compraran el periódico. No lo podía creer, allí estaba sus numero de cédula de identidad. “Vaya, Juancho, y dígale a Joao que me fíe un kilito de carne, que con toda seguridad le pago el último. También se trae un refresco y un kilo de yuca. ¡Esto hay que celebrarlo!”, dijo la mujer, quien de inmediato llamó a sus hijos por teléfono para darles la noticia.

Luego de hacer todos los trámites pertinentes, a Eulalia le depositaron su dinero.

Los visitantes. Don Celedonio estaba amolando un machete en el porche de su casa cuando vio el carro negro que se detuvo en la acera del frente. Tres hombres descendieron y se dirigieron a la casa de Eulalia. Un perro, que estaba echado a un costado, se levantó y comenzó a ladrarles. Automáticamente uno de los hombres se llevó la mano a la cintura, pero luego se agachó como si fuera a recoger una piedra y el perro salió corriendo.

Don Celedonio nunca los había visto por allí y algo le dio mala espina, por lo que se dispuso a vigilar. Dos de los sujetos tenían como unos 25 años y el tercero no llegaba a los 20.

Eulalia abrió la puerta y conversó algunos segundos con aquellos tres hombres y luego volvió a cerrar. Los sujetos se marcharon como llegaron, en el más absoluto silencio. Don Celedonio se tranquilizó, pero como a la media hora vio salir a Eulalia con cara de preocupación. La interrogó y como se tenían confianza de más de 40 años, la mujer le contó: aquellos hombres ya sabían que le habían depositado la jubilación y le estaban pidiendo la mitad de lo que iba a cobrar.

Fatalidad. Don Celedonio maldijo en voz alta y estrelló contra una pared la taza con el café que se estaba bebiendo. Se ofreció para acompañarla para ir a colocar la denuncia en la sede del Cicpc de la ciudad de Valera. Una hija de Eulalia también fue con ellos.

Una vez que colocaron la denuncia, la hija se despidió de su madre y se fue para su casa. Rato después, cuando ya el sol comenzaba a ocultarse, Don Celedonio vio venir el vehículo negro de nuevo y, por supuesto, se mantuvo alerta.

El carro se detuvo justo al frente de la casa de Eulalia pero, en vez de tres, fueron dos los hombres que se bajaron. El tercero quedó al frente del volante.

Ella salió a ver quién tocaba la puerta y Don Celedonio escuchó cuando le gritaron: “ya sabemos que fuiste a denunciarnos al Cicpc de Valera. Ahora te vienes con nosotros, vamos a dar una vuelta”. Eulalia intentó oponer resistencia y uno de los hombres sacó un arma de fuego, la golpeó en el rostro y luego la llevó a empujones hacia el auto.

Don Celedonio entró a buscar un machete, pero cuando salió ya se la habían llevado. Tres días después, la infortunada apareció asesinada a balazos en un pueblo cercano. No se ha hecho justicia.

Fuente: Wilmer Poleo Zerpa – Últimas Noticias

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