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Crónica Negra / La cacería del violador

“Dos motorizados de la Polinacional pasaron a poca velocidad pero no se percataron de la camioneta, sino de la mujer que caminaba de un lado a otro, muy cerca del vehículo. Le silbaron, le dijeron un piropo y continuaron la marcha”

La mujer caminaba de un lado a otro como si estuviera buscando algo en el piso para reparar una avería que, al parecer, tenía su auto. Ella había llegado allí en un vehículo Aveo de color azul. Se estacionó a un costado de la acera, levantó el capó del auto, luego subió los vidrios y se quedó allí, como quien espera a un amigo que la viniera a auxiliar en aquel trance.

En la acera del frente una camioneta Van de color blanco y vidrios ahumados tenía rato estacionada, aunque con el motor encendido, señal inequívoca de que había alguien dentro. Dos motorizados de la Polinacional pasaron a poca velocidad pero no se percataron de la camioneta, sino de la mujer que caminaba de un lado a otro, muy cerca del vehículo. Le silbaron, le dijeron un piropo y continuaron la marcha.

Una señora llevaba una bolsa con algunos comestibles, mientras un perrito alargado de color marrón oscuro y negro, increíblemente aseado y con una franelita del Magallanes, caminaba obedientemente a su lado, sin necesidad de correa. La señora se le quedó mirando a la mujer y de inmediato se percató de que no era una de las tantas caminadoras que frecuentaba el lugar.

-¿Qué pasó, mija, se quedó accidentada? -preguntó la señora con cara de preocupación.

-Ay, sí, este carro se me apagó de repente -respondió la mujer, con tono de agradecimiento.

-¿Necesita algo? ¿Quiere agua? ¿Hacer una llamada?

-No, mi señora. Muchísimas gracias, de verdad. Ya mi esposo viene en camino con una grúa. Muy agradecida.

Don Puncio estaba en el kiosco de la esquina, que era de un amigo suyo y a quien visitaba por lo menos cuatro días a la semana y pasaba casi toda la jornada junto a él, pues decía que desde que lo jubilaron no hallaba qué hacer en su casa. Desde que vio a la muchacha del Aveo no le quitó la vista de encima.

“Es que esa mujer es rara. Obviamente que no es ninguna de las puticas de por aquí, porque se ve que es una mujer de su casa, pero tampoco tiene cara de estar accidentada y no séeeee, la veo como muy confiada, como si no temiera haberse quedado sola aquí en medio de la calle, donde le pudiera ocurrir cualquier cosa”, le dijo a su compadre.

Planificación. El comisario reunió a sus hombres del equipo especial y comenzaron a analizar el caso desde temprano de manera detenida. Ya llevaban cuatro horas en la reunión. Habían revisado, una a una, todas las denuncias que habían llegado al despacho sobre violaciones o ataques a mujeres solas.

En cada uno de los casos leían y releían las declaraciones de la infortunada víctima y revisaban, palmo a palmo, cada centímetro de los retratos hablados. Al final de la jornada ya tenían en claro que en varios de los expedientes se trataba de la misma persona, o por lo menos el violador había actuado casi que a la misma hora y con el mismo modus operandi en la avenida Libertador, La Florida, San Bernardino, Candelaria, Sabana Grande, Plaza Venezuela, Chacao y Las Mercedes.

Celada. Pasaron aproximadamente cuatro horas hasta que la mujer cerró el capó del auto, se montó y se marchó, como si nada.

Pero al día siguiente la mujer volvió, solo que no se estacionó en el mismo sitio, sino unos 50 metros más abajo. Pero igual, apagó el auto, se bajó y levantó el capó. La camioneta Van blanca también regresó y se estacionó muy cerca del Aveo.

Ya habían pasado unas dos horas cuando un vehículo pequeño de color azul pasó a muy poca velocidad y se detuvo unos metros más adelante. Un hombre que iba en el puesto del copiloto se bajó y caminó hacia dónde estaba la mujer. Era un hombre de estatura mediana, un poco regordete y de cara aplastada.

Caminaba como balanceándose hacia los lados. Abordó a la mujer y le dijo algo, al tiempo que se subía la franela a fin de que ella pudiera ver la cacha negra de una pistola. Cuatro hombres descendieron de la camioneta Van. Todos iban armados. En medio de la quietud reinante en la calle se pudo escuchar con claridad un “quieto, es la policía, levanta las manos”.

El vehículo azul comenzó a moverse, como con intenciones de marcharse del lugar, pero uno de los cuatro hombres lo apuntó con su pistola y lo hizo detenerse en seco.

El hombre regordete salió corriendo y en el camino logró sacar su pistola y realizó varios disparos a quienes lo perseguían. Recibió varios balazos y cayó de bruces en el pavimento mojado.

Cuando los cuatro hombres lo alcanzaron, aún estaba con vida, pero temblaba, como despidiéndose de este mundo, o quizás era una forma muy particular de arrepentirse de todas las atrocidades que había cometido. Murió antes de llegar al hospital.

Al día siguiente el Cicpc anunció por la prensa la muerte en el marco de un enfrentamiento de un peligroso violador, acusado por al menos quince víctimas.

Fuente: Últimas Noticias – Wilmer Poleo Zerpa

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