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Agonizaba mientras los malandros le vaciaban la casa

Crónica Negra:
Agonizaba mientras los malandros le vaciaban la casa

Sentía que la vida se le escapaba, pero no hallaba cómo pedir ayuda. No encontraba cómo avisarle a los desalmados que lo habían amarrado. Se preguntaba ¿por qué lo amarrarían? ¿Acaso le tenían miedo a su pelo ya blanco, a sus arrugas? No le encontraba explicación, aunque sabía que aquellos muchachos estaban más asustados que él. Lo podía notar en sus manos temblorosas, en sus gritos, en sus rostros, sus miradas. Intentó moverse, pero el dolor en el pecho se agudizó.

Decidió conservar las fuerzas y prefirió dedicarle sus últimos momentos a recordar los hermosos pasajes de su vida, aunque de pronto la opresión lo mortificaba, sobre todo porque no sabía qué había pasado con sus otros parientes. En cualquiera de las otras habitaciones de la casa a lo mejor tendrían amarrados también a sus dos hijas del alma y a su nietecito.

Agonía. Se miró en el parque municipal 19 de Abril, ubicado justo al lado de su vivienda, donde solía caminar todas las mañanas y se sentaba a bañarse un rato con los primeros rayos del sol, luego de que ya había puesto en orden todas las tareas de la casa, por lo menos las que a él competían. Vio a una parejita de enamorados caminar despacio con las manos agarradas y se imaginó clarito hace 60 años cuando regaba sus 20 años por toda la ciudad. Estaban uniformados. Se imaginó que no habían tenido clases.

Recordó cuando le llegó la hora de jubilarse del trabajo. En ese momento tembló porque el piso se abría a sus pies. Se sintió inútil, acabado. Pero ese sentimiento le duró poco porque después comprendió que eran muchas las cosas que había dejado de hacer por culpa del trabajo y se entregó de lleno a su casa, sus nietos, su familia. Tanto, que llegó un momento en que parecía que al día le hubiesen robado horas.

Una patada en el costado lo sacó de sus pensamientos. Era uno de aquellos jóvenes que insistía en que le dijera dónde tenía los dólares. Le pegaba por pegarle porque no esperaba respuesta alguna sino que de inmediato bajaba a la planta.

Se vio caminando con dificultad por aquellas calles solitarias de El Marqués, pero sin problemas porque apuros no tenía. Se vio llegar a la panadería y quedarse viendo la cola del pan hasta que alguno de los dueños lo llamaba y lo pasaba de primerito, en honor a sus 80 años. Se vio participando en las reuniones de la calle Morichal, donde debatió problemas comunes a todos los vecinos, con la lucha contra la inseguridad.

De nuevo entraron a la habitación donde lo tenían amarrado. Se preguntó por qué le taparían la boca con aquel trapo, como si él fuese capaz de gritar muy duro, si apenas le salía la voz. No encontró respuesta. Algunos de esos muchachos estaban como delirantes. Revisaban toda la casa palmo a palmo y alborotaban todo a su paso. Esta vez no le pegaron, pero lo miraron con rencor. Preguntaban de nuevo por dólares, armas, dinero, prendas. No esperaban respuesta, seguían buscando por todos lados.

Recordó que cuando estaba chiquito le decían Toño, pero a él no le gustaba, por lo que siempre les corregía, “Antonio José”, y la gente lo que hacía era reírse.

Los hombres, cinco en total, corrían de un lado a otro por toda la casa. Subían y bajaban a toda velocidad, cargando cosas, las cosas que había comprado Antonio José a lo largo de los años. Incluso cosas que no tenían un valor económico, pero sí sentimental. Vio que se llevaban su laptop y sintió que le arrebataban parte de la historia: allí iban decenas de fotos familiares, cartas, documentos.

Uno de los malandros propuso llevarse los dos carros de la familia para poder cargar todo lo que robaron, pero a Antonio ya no le importaban esas menudencias. Anhelaba poder hablar, pero no para gritar sino para preguntar cómo estaban los suyos, para clamar por sus vidas.

Recordó cuando minutos antes se levantó tal y como solía hacerlo todos los días, a las cuatro de la mañana, para revisar el tanque y la bomba de agua, así como para rastrillar toda la parte trasera de la casa. Tenía años en esa costumbre y luego encendía la radio y se ponía a escuchar música y las noticias hasta que llegaba la mañana. Sintió las sombras que lo asediaban en medio de la oscuridad. Hace algunas semanas había dicho a una de sus hijas que iba a colocar un cercado eléctrico porque asumía que era muy fácil brincar para su vivienda desde el parque.

Ya no tenía dudas de que había alguien en su jardín. Se dispuso a regresarse a su vivienda para tratar de pedir ayuda a la policía o a algún vecino y en ese momento le salieron al paso. Lo primero que le hicieron fue darle un fuerte golpe en el estómago. Lo apuntaron con sus armas y lo obligaron a entrar a la casa.

Escuchó que encendían los autos de la casa, pero el ruido le sonó lejos, como si fuera en la otra cuadra. Alguien pasó frente a él llevando consigo un bolso deportivo repleto de enseres. Vio la imagen borrosa. Todo comenzó a ponerse blanco y percibía humo, mucho humo, o quizás era neblina. Las gotas de sudor le rozaban hasta los ojos y lo enceguecían más de la cuenta.

Ahora sí escuchó una voz familiar. Le llegó dulce, melodiosa. ¿Cómo equivocarse? Era la voz de su hija. Hablaba como si estuviera llorando y pedía auxilio. Sintió cuando le quitaron el trapo que le cubría la boca, pero igual no tenía fuerzas para pronunciar palabra alguna. No sabe con exactitud cuánto tiempo transcurrió. Ahora sí los veía clarito. Allí estaba toda su familia, llorando en medio de la sala. Una de sus hijas le hacía cariño a alguien que estaba en el piso y la otra lo tenía tomado de la mano. Por lo menos no les hicieron nada a ellas, aunque a una se le notaba como un golpe en la frente.

Vio a dos vecinas de la calle, sentadas en la mesa del comedor. No sabía por qué, pero era obvio que todos lloraban. De pronto sintió como un escalofrío y se estremeció. La persona que estaba tirada en el piso era él mismo. Con su pelo blanco todo alborotado. Quiso hablarles, gritarles que estaba bien, que no le había pasado nada, pero la voz no le salió y eso que le habían quitado el trapo.

La policía informó que por el crimen de Antonio José Vallenilla, de 80 años, habían detenido a cinco hombres identificados como Jeison Vargas Méndez, Jorge Ramírez, Rómulo Sierralta, Ronal Gutiérrez y Richard Ávila.

Últimas Noticias – Wilmer Poleo Zerpa

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