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Buscan preso desaparecido en la PGV

Como “palito e romero”
Buscan preso desaparecido en la PGV

***Francisco Guerrero desapareció el 7 de septiembre de 2009. El caso está en instancias internacionales por diligencias del Observatorio Venezolano de Prisiones***

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La dinámica de Francisco Guerrero Sánchez cambió radicalmente hace 10 años, tras la detención del segundo de sus tres hijos, por incurrir en un supuesto robo agravado. Los primeros cuatro años los dedicó a visitarlo semanalmente en las cárceles donde estuvo recluido, tres en total. Los otros seis a demandar justicia por la desaparición de su familiar.

Francisco Guerrero Larez contaba con 36 años y pagaba pena en la Penitenciaría General de Venezuela. Había sido condenado a 12 años por robar una cartera. Su padre lo visitaba todas las semanas en el penal de Guárico y, un lunes en la noche, recibió una fatídica noticia. Su hijo había tenido un problema en la cárcel y pagó las consecuencias por ello. 

El 7 de septiembre del 2009, Arturo Guerrero (hermano del recluso) recibió una llamada. El hombre solo dijo: “Tu hermano se metió en grandes problemas. Se lo llevaron”. A partir de ese momento la familia Guerrero Larez tomó conciencia del vía crusis que comenzaría a vivir para encontrar la verdad. 

Aún con la cédula de identidad y una foto de Francisco en su billetera, Guerrero pocas veces pronuncia la palabra desaparecido. Jamás aceptó la versión de las autoridades del retén: “El se fugó”, le dijeron cuando llegó al penal de San Juan de los Morros la mañana del 8 de septiembre. “De la PGV solo se sale por la puerta principal y con una maleta llena de dinero”, afirma el hombre.

Con gran claridad habla de muerte, de descuartizamiento, de venganza. Sin resquemores solo exige al gobierno que le entreguen el cuerpo de su hijo para ofrecerle cristiana sepultura. “Aunque sea una uña, pero que sea una uña de él, no cualquier cosa”, advierte. 

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Francisco Guerrero Larez

Con el temperamento curtido por el paso del tiempo, afirma: “Yo no aspiro, ni espero verlo. Yo estoy claro que lo mataron. Yo sé que no lo están buscando”. Por ello, sus fuerzas están dedicadas al hallazgo de los restos. No tiene intenciones de desfallecer en su meta, a pesar del tiempo transcurrido.

Hasta el momento desconoce la identidad de los reclusos que han colaborado con ellos para mitigar su incertidumbre. Uno realizó la llamada para advertir que algo había pasado y otro pasó una fotografía del lugar donde supuestamente está enterrado. Es un sector conocido como El Campanario. 

No obstante, una verdad tan grande como un témpano juega contra Guerrero y ha hecho más cuesta arriba su camino. “Lo que ocurre en la cárcel, se queda en la cárcel”. Este principio de supervivencia no le ha permitido al padre del recluso tener más respuestas por parte de los demás internos pasados ya seis años. Nadie habla.  

“Yo esperaba que su causa (persona detenida con su hijo por el mismo delito) me llamase luego que saliera de la cárcel. Nosotros nos hicimos amigos, Francisco y él compartían el búnker, yo le hacía diligencias a mi hijo y a él por igual. Él tiene que saber qué pasó con mi muchacho esa noche. Ese hombre salió hace dos años, pero jamás llamó”, se lamenta Guerrero, de 72 años. 

En un intento por recordar las conversaciones de los sábados de visitas, el hombre asegura que su hijo jamás le dijo nada en particular. Nunca  asomó la idea de que tuviese problemas con otros reclusos. Lo único que le viene a su mente son las quejas por el continuo aumento de la causa, —dinero que recibe semanalmente el pran a cambio de “seguridad”—.

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Humberto Prado del Observatorio Venezolano de Prisiones

“Pagábamos 30, 40 bolívares semanales. Eso era dinero. Ahora es que mil bolívares no valen nada. Además le dejaba para que cubriera algún antojo, su comida, su ropa”, refiere el hombre, quien iba todas las semanas al centro penitenciario, incluso hasta dos veces, ya que comenzaba a gestionarle el primer beneficio al que tenía opción por el tiempo de pena cumplido. 

En una ocasión, el propio interno le pidió a su padre guardar silencio en relación con las quejas por el pago de la causa, ya que “las paredes pueden tener oídos”. Al parecer, tiempo después, el condenado manifestó sus molestias a otro compañero y se presume que esta persona vendió su confianza ante los líderes del penal, lo que le habría costado la vida. 

En la actualidad las esperanzas de Guerrero están cifradas en la reciente decisión del Comité contra la Tortura de la Organización de Naciones Unidas, que establece la búsqueda del desaparecido, la identificación de los responsables de su desaparición e indemnización a los familiares del recluso: padres, esposa e hijos.

El único ente que se ha pronunciado

El único ente que se ha pronunciado

 Es la primera vez que esta instancia internacional dicta una medida en torno a la desaparición de un recluso. El comité está en la obligación de supervisar la aplicación de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, según reza en su página online. 

De los tres pronunciamientos a Francisco solo le interesa el primero. A estas alturas ya conoce la suerte del principal responsable de la muerte de Guerrero Larez, identificado como Humberto Rodríguez, quien murió al enfrentarse al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, en Maracay, el 18 de enero de 2011. 

El sujeto, conocido como “Trompeta”, fungía como el principal pran de la PGV para el momento de la “desaparición” del recluso. La orden del homicidio de Guerrero fue girada por él y secundada por sus hombres de confianza, de acuerdo con las reglas no escritas de la cárcel. 

La decisión de la ONU es la tercera disposición que tiene a su favor el padre del reo. Sin embargo, sigue sin poder dar cristiana sepultura a su hijo. El desenlace de su historia sigue sin concretarse. En el 2009 ya la Corte Interamericana de Derechos Humanos se pronunció sobre este caso, en una línea muy similar a la del comité, al dictar una medida cautelar a Francisco Guerrero. 

Posteriormente le tocó el turno de accionar al tribunal segundo de control de Guárico, que dictó un habeas corpus para inspeccionar el citado penal. Ese día, en particular, fue desesperanzador para Guerrero. De él solo recuerda las horas de “hambre” y “calor” que pasó, pues nada se concretó. 

Por órdenes del juzgado entró al internado judicial funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana, del Ministerio Público, de la Defensoría del Pueblo, del ministerio de Interior y Justicia y dos obreros. La orden era excavar en el sector El Campanario; no obstante, dos obreros no se dieron abasto para cubrir el terreno.

“El lugar era muy amplio y la tierra estaba muy dura, apenas eran dos hombres, y todos los presos a nuestro alrededor, viendo lo que estaba ocurriendo, todos con sus armas, porque ni siquiera los desarmaron. Llegué a pensar que si encontrábamos algo, nos iban a matar ahí mismo”, recuerda Guerrero. La inspección solo se realizó ese día.

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Ya han pasado tres meses desde la decisión del comité, pero —hasta los momentos— solo se ha pronunciado el Ministerio Público. A través de una misiva enviada a las oficinas del Observatorio Venezolano de Prisiones, el 22 de junio, se comunicó que en el caso hay tres fiscales abocados a esta investigación, dos adscritos al estado Guárico y uno con competencia nacional, quienes están realizando “nuevas diligencias de investigación para su posterior estudio y emitir el acto conclusivo atinente, garantizándose, de esta manera, el cumplimiento por lo pactado ante la comisión del Comité contra la Tortura”, dice el comunicado firmado por el director de Protección de los Derechos Fundamentales, Juan Carlos Tavares.

Asimismo, representantes del OVP llevaron hasta el ministerio de Finanzas la decisión del comité para procesar la indemnización. No hay un patrón sobre este particular, por ser la primera decisión de este tipo. Se propuso al ente ministerial que asuma el mismo esquema empleado con las víctimas de la masacre del retén de Catia. Aún se esperan respuestas. 

Por lo pronto, Francisco Guerrero sigue prendiendo una vela cada cumpleaños  y asiste a una misa. Solo espera tener vida para acudir a un funeral.
 

Fuente Panorama 

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