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Víctor Maldonado / Impudicia política

En la política no paga la deshonestidad. Se puede llegar creer que esta afirmación no siempre es verdadera porque la historia está llena de demagogos y populistas que han arribado al poder y no lo han soltado sino después de mucho tiempo. Es cierto. Un político indecente puede convencer, vencer e imponerse pero tarde o temprano la realidad lo invalida. Es cuestión de tiempo. En los espacios de la perversidad demasiado pronto comienzan la corrupción, las alianzas con el crimen y los malos resultados. La inflación y toda clase de desbarajustes económicos comienzan a surgir como contradicción a un discurso que a lo lejos parece sensato y comprometido pero que es incapaz de producir aquello que promete, porque esas promesas no son viables en la misma medida que de algún lado tienen que salir los reales. La ley más dura de la economía también es la más simple: “No hay almuerzo gratis”. Lo que realmente ocurre es una repartición corrompida de los recursos, que siempre son escasos. El pueblo suele decir que esos pocos se las comen maduras mientas la gran mayoría pasa la dentera. Es por eso que vemos que los modos de vida de los grupos que comparten el poder comienzan a perfilar prácticas suntuosas que de ninguna manera pueden ser avaladas por el sueldo de un funcionario honesto. La indecencia está en que cada día les importa menos exhibir esos signos de riqueza súbita en esos pequeños detalles del vestir, del calzar o de viajar con un conjunto de privilegios que alguien tiene que financiar. Tan sencillo como ese diputado oficialista que me tropecé en una estación de radio quien mientras hablaba de la burguesía parasitaria se hacía acompañar de una asistente y dos guardaespaldas. ¿Cómo los paga? 

La doble vida y la falta de resultados obligan a la mentira sistemática. La censura comienza a ser una necesidad porque hay demasiadas inconsistencias que no pueden ser expuestas a los ciudadanos. Las policías políticas aparecen como artículo de primera necesidad y de repente todos parecemos sospechosos y por lo tanto víctimas propicias que están a la mano para vindicar la represión como estrategia de sometimiento. Ellos intentan apartar a cualquiera que intente preguntar o que se percate de las evidentes contradicciones. Prefieren, por ejemplo, desacatar a la Asamblea Nacional que dar la cara y tener que debatir sobre ese castillo de naipes que ellos llaman revolución bonita. Pasan agachados, asumen el costo, se repliegan y comienzan a descontar el tiempo de su deslegitimación absoluta. Pero la impudicia comienza a cortejarlos y les hace cometer equivocaciones. El afán de gloria y de reconocimiento es una tentación a veces insuperable. No se quedan callados. No dejan de exhibirse tal y como han llegado a ser. No tienen cómo reencontrarse con la prudencia. Los signos del poder son también expresiones de una riqueza inexplicable y de una confianza desfachatada. 

El poder es concupiscencia, espejismo y delirio. El alto funcionario puede terminar creyendo que es el rey de su pueblo. El guión siempre es el mismo. Vuelve al lugar que lo vio nacer con una inmensa necesidad de ratificación. Llega repartiendo dinero reluciente. Selecciona a las mejores mujeres y las coloca dentro de su harén revolucionario. Les paga –con dinero ajeno- cada una de sus solicitudes. Financia la complicidad de familiares, amigos y relacionados. Paga por el silencio y la indiferencia. A ellas las compra, compra su tiempo, sus sonrisas, su cuerpo, las termina transformando en mercancía, las cosifica y las disfruta. El precio solo es la medida de sus complejos. Paga demasiado por los que los demás consiguen gratis. Pero cancela con una chequera que no le pertenece. Prefiere la confidencialidad pero si la trama se llega a descubrir y se hace pública a él poco le interesa,  “le resbala” porque se pretende impune, más allá, mucho más allá de cualquier amago de una justicia babosa y subordinada que saliva por cada dólar que pueda caerles como mendrugo desde la mesa donde se celebra este festín. Lo peor es esa ideologización interna que los hace creer que no están haciendo nada malo. Ellos son sus propios perdona vidas y por lo tanto cada uno se ponen al servicio de la corrupción moral institucionalizada como prebenda. La tragedia es que ellos se creen merecedores de sus excesos. 

El poder perverso llega a ser intrusivo. Jorge Tizón en su libro Psicopatología del poder (2015) la define por “estar orientada hacia la entrada y el dominio en las mentes y/o los cuerpos de los otros, para el beneficio del intruso, sin contar con la aquiescencia, al menos inicial, del invadido, y con objetivos de poder, placer, equilibrio o sedación”. Las cadenas nacionales constantes, las manifestaciones oficialistas que cierran calles e imponen al resto sus condiciones, la contaminación sonora y ambiental de las consignas impuestas a todo volumen,  los ojos de Chávez que presiden las alturas de cada edificio, la violación sistemática de la intimidad, el amedrentamiento de todos los que se pretendan libres, el avasallamiento del sector privado, el estatismo, las inspecciones, controles y la negación de cualquier espacio de libertad. Con ellos no hay espacios para el sosiego, el silencio reflexivo o la serenidad. Todo luce aplastado por una ideología que se permite el desborde de todo límite, racionalizando aquello que se practica, justificando aquello que se hace, deformando la realidad hasta hacerla irreconocible, disociando las consecuencias de sus verdaderas causas, negando cuando conviene, denegando cuando la táctica así se los indica, haciéndose presentes solo como masa que se ratifica en la misma medida que evitan la presencia individual, real, dialógica, personalísima, que les obligaría al debate y por lo tanto a las referencias sobre la realidad y las consecuencias que ellos han provocado en la realidad. Ninguno se atreve a ir más allá de la presencia mediática y ventajista que no les exige aceptar la réplica. 

El poder perverso es narcisista, lleno de fantasías de autosuficiencia, defensivo, desadaptado y desprovisto de empatía, destructivo, corrupto y corruptor. ¿Les importa la inflación? ¿Les importa el empobrecimiento atroz de toda la población? ¿Les importa las carencias de medicinas y alimentos? ¿Les importa la violencia? ¿Les importa la suerte del país? ¿Les importa la propia reputación? ¿Practican el pluralismo? ¿Aceptan las reglas del juego? ¿Saben perder? ¿Acatan la ley? ¿Oyen sugerencias? ¿Son capaces de involucrarse en un diálogo constructivo y eficaz? El narcisismo patológico niega la realidad y desprecia sus consecuencias. 

El poder perverso provoca desconfianza y desesperanza. Niega horizontes de futuro. Se plantea como el apocalipsis. Remarca constantemente que ellos son la única alternativa. No garantizan a nadie seguridad jurídica o personal. Patrocinan el exilio y la fuga de talentos. Dejan a los ciudadanos desprovistos de certezas y los llenan de miedos. Proponen una realidad brutal donde unos son peores que los otros. Insinúan que la alternativa al madurismo es el diosdadismo, y que ambos tienen como contrapartida una asonada militar. Permiten la desolación de las calles y el imperio del crimen impune. Todas esas circunstancias forman parte del mismo guión que deshumaniza y perturba el vivir la cotidianidad. No permiten una solución cívica. No solucionan ningún problema. Las colas les parecen una experiencia envidiable, pero nadie los ve haciendo una cola. La escasez les parece compensable con gallineros verticales y huertos urbanos. Sus soluciones son precarias e indignas. Sus alternativas provocan huidas y recelos. 

El poder perverso practica la defensa maníaca. Ningún presente deja de tener su contraste con el pasado. Ninguna porción de la realidad deja de ser explicada a través de consignas vacías. Para ellos todo sucede como el producto de una teoría paranoica de la conspiración. Repiten una y otra vez que la derecha, el imperio y la burguesía parasitaria se han confabulado en una guerra económica que igual niega medicinas, arrasa con las refinerías, corta la luz y tumba los precios petroleros. Cualquiera de ellos se asoma y dice cualquier cosa con una impudicia que insulta la inteligencia de los ciudadanos venezolanos. 

El desparpajo con el que siguen adelante con una revolución que ya falló solamente es posible porque luego de dieciséis años ellos han logrado alterar nuestras habilidades para comprender lo que está ocurriendo y aprender de lo que estamos experimentando. Han practicado la sumisión y nos han llenado de miedo. Ellos se creen impunes porque tienen los recursos, viven al margen y pretenden contar con la fuerza, convertida en ilegítima, incapaz de asegurarnos el régimen de derecho que se pactó en la constitución. La impudicia de ellos nos ha envilecido a todos. Sin embargo nada es para siempre. Tenemos que reaprender que el asco que provoca toda esta impudicia debe hacernos construir una nueva moral cívica. El poder pervertido y sórdido que nos ha gobernado tiene que hacernos valorar los límites a su ejercicio y la valía de la libertad, que es una, pero que se despliega en lo político como demarcaciones al poder y a quienes lo ejercen para evitar la tiranía, en lo social como espacios propicios a la realización personal y la evitación de la intrusión totalitaria que quiere encargarse de nuestros propios proyectos, y en lo económico como mercados libres y competitivos, respetando la propiedad privada y  valorando el trabajo como fuente de movilidad social, éxito y prosperidad. Ojalá aprendamos que siempre será una amenaza la presencia de un estado socialista, excesivo, ilimitado y derrochador. 

Lo que hemos tenido hasta ahora es perversión, impudicia y fetichismo. Demasiada deshonestidad por demasiado tiempo. Lo que necesitamos es todo lo contrario y dependerá de nosotros tenerlo como bien social. 

Víctor Maldonado C

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