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Víctor Maldonado / Hacerlo mal como sea

Si hacemos caso a lo que gritan las encuestas políticas existe una inmensa necesidad de cambio. Muy pocos pueden estar satisfechos con un país desolado por la inseguridad ciudadana y una economía que nos lleva a todos a la más infamante ruina. La vida se hace añicos entre el miedo y el empobrecimiento cotidiano sin que el régimen se de por aludido. Como si esto que nos está ocurriendo a todos no tenga nada que ver con malas decisiones y peores enfoques de políticas públicas. Como si fuera posible que toda esta inercia esté patrocinada por alguna entidad externa que nos quiere hacer la vida imposible y que no hay forma de exorcizar. 

El gobierno se hace el sordo y juega al cinismo. Las colas son chéveres. La escasez nos hace más virtuosos y contenidos. La inflación nos permite descubrir la cantera de fraternidad que existe en nuestra sociedad. El desempleo nos da más tiempo libre para dedicarnos a construir esa nueva sociedad en donde todos tendremos acceso a la prosperidad sin tener que pagar el peaje del trabajo productivo. Los apagones nos hacen descubrir la belleza de las tinieblas y desarrollar esos otros sentidos que no tienen que ver con la luz. Las fronteras cerradas nos ha devuelto la sensación de patria que se nos estaba escurriendo a través del contrabando. La basura es solamente un recordatorio de la falta que nos hace el ecosocialismo, y la ruina de las empresas públicas es una advertencia de todo lo que tenemos que luchar todavía para aplacar al enemigo interno que hace todo lo posible para extinguir la maravillosa experiencia del socialismo del siglo XXI. 

Pero el cinismo político no mejora la realidad social. El país continúa su deterioro sin encontrarle explicación posible a las razones que obligan al gobierno a hacerlo tan mal, sin contrición alguna, sin que le apene el daño provocado, sin condolerse por las familias truncadas, las vidas cegadas, la vergüenza acumulada, y esa sensación de que poca cosa hay que hacer porque todo está perdido. Las razones son viles, pero están impuestas desde la fuerza ejercida sin prudencia y sin límites. El gobierno no encuentra incentivos para la sensatez porque tiene a su disposición toda la fuerza represiva que requiera para imponer sus propios puntos de vista. No hay quien le ponga límites. No hay separación de poderes. Todos están fundidos en el hecho de ser revolucionarios y de haber puesto por encima de cualquier consideración el afán de retener el poder a cualquier costo. 

Hay mucho de impudicia en este momento nacional. Las tramas de las que se sirve el gobierno son cada vez menos creíbles, menos elaboradas, más primitivas. Pareciera que para ellos fuera suficiente el enunciado de la razón de estado cuyas justificaciones, empero, son totalmente espurias. Ellos no son el estado, aunque lo disfruten como si solamente ellos existieran. No hay derechos garantizados para nadie en un contexto en el que todo parece ser posible y cualquier cosa pueda justificarse. Cualquiera de ellos se sirve de los mecanismos de inteligencia para violar la privacidad de cualquier ciudadano. Luego la exhiben sin que medie el peso de conciencia de estar cometiendo un delito. Pero eso es solamente el principio. Alguien grita que la conversación obtenida ilegalmente demuestra que hay traición a la patria, suplantación de funciones, conspiración evidente, mala fe notoria y constatación de que efectivamente estamos en guerra económica. No hay juicio. No hay debido proceso. No hay presunción de inocencia. Solo hay capacidad impune para hacer cualquier cosa, por más descabellada que parezca. 

Todo está concertado. O por lo menos, se va acordando oportunistamente. Aprovechando la circunstancia de una sesión de la Asamblea Nacional, el presidente del cuerpo comisiona a la bancada oficial para hacer la denuncia ante la fiscalía, cuyo titular dice que tiene a mano todos los elementos que necesita para iniciar el proceso. Así de brutal y unilateral funciona la maquinaria totalitaria que está al frente del país, con total impunidad y a una velocidad que deja al resto en completa indefensión. Es el caso del empresario Lorenzo Mendoza, y de otros que antes han sufrido la misma molienda en el mismo trapiche autoritario. 

El ataque feroz al empresario y a la empresa privada solo consigue deteriorar aun más el clima inversionista. No es casual que el país esté sufriendo una caída de su producto interno, y que el costo de la vida de muestre implacable con los venezolanos. Tampoco es casual que los productos no se consigan, porque ni se están importando ni se están produciendo. Las fronteras del país siguen cerradas y cada día estamos más confinados en nuestra propia soledad. Pero siempre puede ser peor y en eso el gobierno hace méritos. Todos los diagnósticos sensatos coinciden en advertir que un régimen de controles y extorsión en términos de asignación de divisas, costos y precios solamente pueden provocar esto que estamos viviendo. Nadie sensato apuesta a una consecuencia diferente al descalabro. Por eso mismo las demandas de cambio tienen que ser apropiadamente codificadas. Cambio significa rectificación del rumbo, corrección del sentido de las políticas, enmienda de las aproximaciones ideológicas. El cambio que está exigiendo la gente tiene que ver con más responsabilidad y menos excusas. Está relacionado con que ya es más que notorio que poder implica asumir las consecuencias y los resultados de aquello que se decide. La gente lo está pidiendo a gritos, pero al parecer el régimen está sintonizando otra onda. 

El régimen cree que la culpa no la tiene su enfoque. Mucho menos los supuestos héroes que están al frente del combate a la guerra económica. El régimen ha llegado a la insólita conclusión de que la falla ha estado en su propia tibieza. En esa particular cobardía del que no entierra a fondo la daga, del que da un chance al adversario para que sobreviva. El régimen si algo quiere reconocer es que no ha sido suficientemente radical. Que no ha podido interpretar plenamente el legado del supremo y que está perdiendo terreno porque no se atreve a hacer lo que tiene que hacer: más extremo, más obcecado, más intenso, más comprometido, más brutal. Y por eso mismo decide profundizar aún más los controles. 

Días enteros esperando los anuncios económicos para que al final tengamos que oír asombrados que van a perfeccionar el seguimiento a la empresa privada, calcular mejor los costos, incrementar los castigos, y negar el precio del dólar paralelo.  Tantos días de expectativa para terminar en la misma insensatez que nos ha hundido en esta inexplicable patraña económica y social de la que todos estamos tan cansados. Pero como la crineja se complejiza, no podía falta la convocatoria hecha a colectivos y demás expresiones de la violencia oficialista para que constituyan el comando de control de costos y precios. Con eso se perfecciona la trama de impunidad, violencia y hechos cumplidos que nos ha arrebatado talento, empresarialidad y capacidad productiva para realizarla en cualquier otro país que garantice lo que aquí no tenemos: orden social, estado de derecho y libre mercado. 

El régimen se equivoca de nuevo. Tal vez logre remedar el triste episodio del Dakazo. Más de uno aplaudirá desde sus entrañas el que todos estemos igualados en el rigor de la injusticia. Nadie se salva del terror totalitario. Pero el despertar siempre será amargo. Estas medidas provocaran cierre de empresas y una nueva desbandada. Sufriremos más desempleo y tendremos que aguantar más inflación. No encontraremos los productos y los mercados negros serán más costosos. No hay que ser un adivino para predecir que estas y no otras serán las consecuencias. 

La gente sigue preguntándose cómo es posible que nos esté ocurriendo esto. La respuesta raíz está en un error conspicuo que se llama socialismo del siglo XXI. La hoja de ruta del régimen nos lleva al barranco sin que el gobierno se percate que las buenas políticas dan buenos resultados y que las malas provocan estos desastres. 

El régimen está engreído en su autoritarismo. Declaró que ganará las elecciones “como sea”. Esa proclama encierra más violencia, más represión, y más recalcitrancia en el error. Esa frase en la boca de quien la pronunció no se puede entender sino como la anticipación de una ruptura ya definitiva con la sensatez lo que no significa que aquí acabe la historia. Ludwig Von Misses escribió en 1932 un libro excepcional. Se trataba de su crítica al socialismo. Allí dijo advirtió que “si en presencia del fracaso de su primera intervención, el gobierno no está preparado para anular esa injerencia en el mercado y para retornar a una economía libre, tendrá que añadir a la primera medida que tomó nuevas regulaciones y restricciones de manera indefinida.  Paso a paso se llega, finalmente, en este camino, a un punto donde la libertad económica de los individuos desaparece. Entonces estamos frente a frente del socialismo alemán de los nazis. Lo que mucha gente no percibió fue que los nazis no aplicaron el control de precios en una sociedad de mercado libre, sino que establecieron un sistema de socialismo completo, una comunidad totalitaria”. En esas andamos.

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