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Teófilo Santaella / Escupir el rostro de alguien es escupirse a sí mismo

El odio y el desespero de algunas personas conllevan a cometer actos que pocas veces se ven en una manifestación política en otros países.

Al hacerle una radiografía o una resonancia magnética al rostro de una persona que ha perdido sus cabales, y se enfrenta con un lenguaje soez a un Guardia Nacional o un policía, el resultado es el odio visceral que lo enferma, que lo carcome por dentro. El odio es una de las emociones más dañinas que existe. Es destructiva. “La mordacidad, la ironía hiriente, el desprecio y el menosprecio, el afán de humillar y ridiculizar a los demás y el sentido cruel del humor son también formas diversas de ese veneno emocional, siempre improductivo y perjudicial que es el odio, que puede ser tan visceral que incluso hace enfermar a quien lo padece”. (Ramiro Calle).

Esta descripción ¿tiene algún parecido con un Ismael García? ¿O con un Tomás Guanipa, o Enrique Capriles, Freddy Guevara? O con el mismísimo Henry Ramos Allup? ¿O Cualquiera de estos jóvenes tarifados que son contratados para provocar a los Guardias Nacionales y a los oficiales de la Policía Nacional? Podría ser un retrato perfecto de estos personajes, cuando están en una marcha o concentración y pierden la cabeza. Buscan una reacción violenta de los efectivos militares y policiales. ¿Para qué? Para que los fotógrafos contratados nacionales y extranjeros tomen la foto que rápido le dará la vuelta al mundo. Es fotos o esas fotos le servirán al déspota Luis Almagro para incluirlas en el expediente que se le levanta a Venezuela. Y, de paso, ellos, pasan a ser héroes.

Hace algún tiempo leí una breve historia de Buda, que me sirve para fortalecer mi tema y lo que deseo trasmitir al lector. Hela aquí:

Un día ocurrió lo siguiente: Buda estaba sentado bajo un árbol hablando con sus discípulos. Apareció un hombre y le escupió la cara. Buda se limpió y preguntó al hombre:

—¿Qué más? ¿Qué más quieres decirme?

Esa reacción de Buda desconcertó al hombre. No esperaba eso. Esperaba una respuesta violenta, insultante e equivalente al escupitajo. ¿Qué significaba eso?: ¿cobardía, debilidad o simplemente aceptación? Pero Buda era Buda. No era como el hombre que le había escupido en su rostro. Simplemente, Buda no reaccionó como el otro quería.

Los discípulos de Buda sí reaccionaron.

—Esto es intolerable. No vamos a permitirlo. Nosotros le enseñaremos a este hombre que no puede hacer lo que ha hecho, e irse tranquilo, como si nada. Hay que darle su merecido. Si no, todo el mundo empezará a hacer lo mismo.

Buda dijo:

—Guarda silencio. Él no me ha ofendido, pero ustedes sí me están ofendiendo. Es alguien nuevo, un desconocido. Y tal vez haya oído algo sobre mí, y se haya formado una idea, un concepto de mí. No me ha escupido a mí, sino a su idea, a su concepto de mí, porque no me conoce… Seguramente ha oído algo sobre mí y se ha formado una idea, un concepto de mí. Ha escupido su propia idea.

El hombre estaba perplejo. Jamás había visto un hombre como Buda que reaccionara de esa manera ante un escupitajo. No le quedó otra el día siguiente volver al lugar donde impartía Buda enseñanzas a sus discípulos, y le dijo:

—Perdóname por lo que te hice ayer.

Buda replicó:

—¿Perdonarte? Pero si no soy el mismo hombre a quien insultaste. El Ganges sigue fluyendo; nunca es el mismo Ganges. Toda persona es un río. El hombre al que escupiste ya no está aquí: me parezco a él, pero no soy el mismo. ¡Han pasado tantas cosas en veinticuatro horas! El río ha corrido tanto… No puedo perdonarte porque o te guardo rencor. (Historia extraída de uno de los libros de Osho, uno de los autores de mi preferencia).

Todas estas acciones provocadoras, están impregnadas de impotencia, desespero, pero sobre todo de odio. Un odio visceral que daña a quien lo posee. Pero, además, esas conductas son un irrespeto al ser humano, a la familia, a los hijos, a los nietos, y a los amigos. Es una conducta irracional, totalmente desquiciada. No se dan cuenta que al escupir a alguien, sea quien sea, se están escupiendo así mimos. Esa acción, como un bumerang, se devuelve y choca contra el espíritu de estas personas. Y pensar que se dicen creyentes de Dios y de su hijo Jesucristo. Y se dan golpes en el pecho e invocan al Papa Francisco para sus conveniencias, pero no siguen sus prédicas, tal como sucede con los jerarcas de la iglesia, en cuya cabeza está el flamante Cardenal Urosa Sabino. En fin, estamos hablando de los verdaderos fariseos…

Fuente: Aporrea

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