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Simón García / La vida de nosotros

Nuestra vida cotidiana choca constantemente con la combinación de crisis que está devastando al país. La fidelidad ideológica al modelo comunista por parte de un grupo de dirigentes que puso de lado el interés general, nos está sumergiendo en el peor país posible. La responsabilidad del insoportable desastre nacional recae en el Presidente Maduro.

          La buena noticia es que la polarización oficialista, que logró enfrentar a una parte de la sociedad contra la otra, se atascó. Su principal instrumento para dividir, convertir en enemigos a la llamada oligarquía y criminalizar a la oposición, mientras mejoraba el reparto de la renta hacia los sectores populares y distribuía privilegios entre los suyos, ya no está en su caja de herramientas. Maduro desapareció los inmensos ingresos petroleros. Dólares, no hay.

           La versión de polarización autoritaria fracasó. El gobierno, aún en posesión de la no despreciable fuerza del Estado, se aferra a una base de apoyo a punto de precipitación. Su lecho de arenilla no genera polarización política, pese a los recurrentes manotazos gubernamentales para restablecerla. La polarización electoral se está evaporando, lo que eleva la presión para evitar el fin de su predominio político.

           El polo oficialista comenzó a experimentar desvíos y fugas desde la candidatura de Capriles, aunque posteriormente buena parte de quienes lo abandonan no fluyen hacia la MUD sino que se detienen en una sala de espera junto a los que no sienten suficientes motivos para apoyar otra opción y los que piensan que todos, oficialismo y MUD, son iguales. Es la última estación para las dudas.

           El motor para dejar en el pasado los términos tradicionales de la polarización es la conformación de una nueva mayoría social, cuya referencia no es la inclinación partidista sino la universalización del descontento. Es imposible concebir esa mayoría sin el desplazamiento de sectores que respaldaron a Chávez y es difícil aspirar a gobernar sin redoblar los esfuerzos por comunicarse con esos sectores y abrirles participación en la construcción de las alternativas.

           Esta aproximación entre las dos mitades de país que ahora hacen una mayoría distinta a la que está en disolución, es el primer paso que da el país para reunificarse, reconocer las convicciones del otro y admitir que proyectos opuestos de sociedad puedan promoverse sin las imposiciones hegemónicas que están destruyendo al país.

           La nueva mayoría social favorece, pero no asegura automáticamente una mayoría política que pueda proyectarse en la MUD. Una lectura es considerarla como parte de una demanda de diálogo entre oficialismo y oposición. Esto implica modificar los hemisferios polarizados instalados en los modos colectivos de pensar, sentir y actuar. Descargarnos de los prejuicios que adquirimos, en uno y otro de los extremos, durante la era de Chávez.

           La MUD está obligada a generar un repertorio de alicientes para traducir el descontento en base de una nueva cultura cívica y en palanca para un cambio de actitud electoral. Tiene tiempo para hacerlo: seis meses.

           Afortunadamente existen indicios, atenuados por la fiebre incómoda de la planchitis, de que se propone abordar una reformulación de su discurso, redefinir las reglas para expandir la unidad, solucionar las tensiones entre formas de lucha, ampliar las coincidencias estratégicas y practicar vías más eficaces para alcanzar los objetivos de cambio que desesperadamente exige el país.

           Una de sus claves es pisar, con disposición de diálogo y convivencia, en territorio bajo influencia del proyecto y del imaginario chavista. Otra es acercarse a los sectores críticos que están emergiendo en la base y entre una fracción de dirigentes del PSUV.

           El gobierno no puede recibir lealtades para profundizar las crisis. Hay que explorar salidas pacíficas y democráticas. Se trata del destino del país. Es decir, de la vida de nosotros. No hay que ignorarlo.

@garciasim

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