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Reinaldo Rojas / El odio político

Annah Arendt, en su libro ¿Qué es la Política?, señala con fundada claridad que la política nace en el entre–los–hombres. Por lo tanto, existe completamente fuera del individuo. De allí que no hay una substancia propiamente política ya que, como surge de entre los hombres, la Política se establece como una relación.  No es, pues, la política un asunto de  individuos aislados, sino de la sociedad humana que partiendo del caos natural se organiza en la polis, que es la base de la nación y del Estado como comunidad política.

Nos recuerda la pensadora alemana, que si se quiere hablar sobre política, debe empezarse por reconocer los prejuicios que todos nosotros, si no somos políticos de profesión, albergamos contra ella. Esto lo escribió Arendt entre 1955 y 1959, en plena “guerra fría”. Y hoy esta reflexión tiene una extraordinaria vigencia en Venezuela y en el mundo, cuando observamos cómo las comunidades políticas que se organizaron alrededor como Estados Nacionales en el siglo XIX avanzan hacia las fronteras de la despolitización o de la a-politización, ya que el ejercicio de la política es hoy objeto de la crítica más radical por la impostura y falta de coherencia que se aprecia entre el pensamiento y la acción de los actores políticos.
 

Gran atracción 
En nuestro país la política ha venido sufriendo los efectos del descrédito entre la población, aunque el venezolano siente una gran atracción por el poder y ninguna sociedad puede sobrevivir sin la dimensión política. En gran medida, esta valoración es resultado del desencuentro entre el ciudadano común y los políticos de profesión.

Es un prejuicio que, para Arendt, se reconoce  por el hecho de que el debate político se reduce a un “se dice”, “se opina”, generando un discurso vacío y sin responsabilidad.

Esta crisis de la política es fatal a la hora de lidiar con los conflictos por el poder y tiene mucho que ver con la misma crisis de la democracia como sistema de gobierno. Al contrario de racionalizar el debate buscando causas y proponiendo soluciones, la política se contamina con los sentimientos. Se hace un asunto de fe, de dogmas y se persigue al que disiente. En nuestro medio cultural ese prejuicio es rasgo distintivo de una forma de hacer política que ya don Cecilio Acosta señalaba por allá, en 1867, como un rasgo peculiar de los pueblos latinos, entre los que se encuentra el pueblo español y los pueblos hispanoamericanos. 
 

Describe la conducta
A raíz de la Guerra Federal, don Cecilio señalaba en polémica famosa con el médico caroreño Ildefonso Riera Aguinagalde, que “lo que ha enfermado a los pueblos americanos de raza latina, y puede ser su cáncer futuro, es el odio político.” Y ¿cómo entiende el gran educador y escritor venezolano esta pasión del alma? No la define sino que describe la conducta de quienes actúan movidos por el odio político: confunden la idea con la persona, la doctrina con la parcialidad, se oyen a sí solos, se niegan a la cooperación de la labor común y viene, como resultado, la esterilidad en los esfuerzos de la administración pública y la impotencia en los trabajos de la paz. Por esta vía, sólo nos queda rodar por la pendiente que va dar a los abismos de la guerra.

Partiendo de este concepto, Acosta le reclamaba a su contrincante su apología a la guerra y a la revolución armada representada en la Guerra Larga o Guerra Federal, por su alto costo en la pérdida de seres humanos y en la destrucción de gran parte de la economía del país.

Una actuación política, con respeto a las instituciones y al oponente, podía haber evitado aquella catástrofe. Acosta era partidario del progreso sin saltos. Para él el problema radicaba en la falta de costumbres democráticas que podían adquirirse a través de una educación que promoviera, de abajo hacia arriba, las verdaderas prácticas republicanas que en su entender se expresan en la discusión pacífica del derecho, los usos respetables de asociación, la prensa como luz y la representación como reclamo. 
 

La hostilidad 
José Mira y López, en sus estudios de psicología social, caracteriza el odio como un sentimiento de ira estancada. La cólera, la rabia que se puede sentir en un momento determinado, no descarga suficientemente sus impulsos destructivos y en consecuencia, la ira se contiene. En la imposibilidad de alcanzar el objeto o sujeto odiado, el odiador conserva la cólera contenida que lo transforma en un ser agresivo. En el odio político, entre los oponentes políticos deja de ser doctrinaria para dar paso al enfrentamiento personalizado entre líderes, caudillos y activistas. No hay adversarios sino enemigos. No hay política de por medio, la cólera contenida va en busca de la revancha. En este escenario ¿cómo queda la Democracia y el Estado de Derecho? 

enfoques14@gmail.com

Fuente: El Universal

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