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Ramón Hernández / La patria fue entregada, no vendida

La revolución que se inspira en Marx y Engels, la que proclama el fin de la historia, el cambio definitivo para que más nunca nada cambie, es hambre y corrupción, pero también tortura y muerte, ausencia de derechos humanos. La revolución bolivariana, que no se inspira en el pensamiento de Bolívar, sino en su praxis autoritaria, es un anacronismo estalinista; una estafa ideológica y la negación absoluta de la libertad y de la solidaridad.

Desde los tiempos de José Carlos Mariátegui y sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana no ha habido un solo marxista que haya intentado aportar algo a los textos fundamentales. Tampoco era posible, son demasiadas las limitaciones autoimpuestas, no solo porque con esos rudimentos teóricos es imposible avanzar, sino porque también lo poco útil de su pensamiento había sido «afeitado», en la acepción de limarle los cachos al toro de lidia, por la burocracia obediente de la Academia de Ciencias de la URSS, esa utopía salvaje y atroz que impuso Vladimir Ilich Lenin y remató el ex seminarista y asaltante de bancos Iósif Stalin.

Como un aporte de la izquierda del continente se presentó la política de sustitución de importaciones y la teoría de la dependencia. Ambas frenaron más el desarrollo, reforzaron lo que pretendían extirpar y apresuraron la ola de nacionalizaciones que le dio más poder a los que sometían al pueblo. Lo último, que tampoco fue un aporte, sino una trampa cazabobos, es el socialismo del siglo XXI, que le sirvió a Heinz Dieterich Steffan para mejorar su calidad de vida y trajo a Venezuela una crisis humanitaria que no se ha visto ni en Haití.

La izquierda latinoamericana, que funciona como un club que reparte prestigio y solidaridades automáticas, empieza a tener contradicciones sobre el régimen venezolano. Los que han escogido el camino electoral enmudecen o se distancian para que sus probables votantes no se espanten y los que aspiran a ganar adeptos entre sus adversarios han potenciado sus críticas al modelo que con hambre, represión y tortura representa Miraflores.

Con todo, la puerca se subió a la batea, precisamente en un país donde la teoría marxista, la dialéctica y demás distracciones intelectuales han sido un significativo factor de figuración social y política: Uruguay. Tabaré Vásquez, un presidente que se dice socialdemócrata y termina sus discursos con la frase cubana “hasta la victoria siempre”, antepuso supuestos intereses y no autorizó la condena de la dictadura de aquí. Los derechos humanos no le son esenciales, cree que pueden eludirse. Remato líderes de pacotilla, nadie los ofrece más baratos.

Fuente: El Nacional 

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