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Marianela Salazar / Maduro y la guerra

El régimen desquiciado de Maduro se empeña en hacer creer que los gringos invadirán el país para derrocarlo a sangre y fuego, quiere jugar a la guerra con el imperio para convertirse en héroe, estaba necesitando que el presidente Trump revolviera el patio trasero y mencionara la posibilidad de una intervención militar para aureolarse de muertos y tiranía sangrienta. La guerra vuelve carismático hasta a un sargento raso.

Hasta ahora no ha habido contra Maduro ningún atentado criminal, para que cayera el carisma sobre él y lo consagrara para siempre, tan solo ha sido el hazmerreír al ser blanco de huevos y botellazos disparados sobre su obesa humanidad por una multitud en San Félix, o de los cacerolazos, todavía estruendosos, propinados -hace exactamente un año- en Villa Rosa, estado Nueva Esparta, que lo obligaron a salir corriendo.

Maduro solo ha tenido tristes y fraudulentas victorias, como la del 30 de julio que le permitió; instalar una ilegítima constituyente, que no es reconocida en la comunidad internacional. Ahora aprovecha la oportunidad que sin querer Trump le sirve como escudo y ha cogido su fusil para cobrar, con unos ejercicios militares, el carisma que el destino se empeña en negarle.

La disparatada comparsa de peñeros, y la de miles de personas humildes transmutadas en milicianos -ancianos, minusválidos, mujeres embarazadas-, que carecen de comida, luz, agua potable, de hospitales, pero a pesar de eso, o más bien, justamente por eso, por la embrutecedora carga de la miseria están dispuestos a creer que la realización de sus esperanzas pasa por enfundarse un uniforme verde oliva, agarrar un AK-47 y desfilar junto a la amenazadora silueta de un misil antiaéreo para la guerra que se les viene encima. Una guerra hipotética en la que serán carne de canón, puro material desechable, las primeras víctimas de una supuesta carnicería. Hace falta ser muy pobre o estar muy desesperado para ser vilmente engañados de ese modo.

Las guerras siempre pasaban lejos del Caribe y la amenaza cierta de Estados Unidos contra el sangriento Kim Jong-un de Corea del Norte es una guerra contra todos los dictadores, que no tienen cabida en el mundo de hoy. Eso lo debería entender Maduro, que ostenta un certificado de dictador expedido por todos los gobiernos democráticos del mundo.

La globalización de la democracia es producto de un conjunto de cambios en la visión de la política, sobre todo desde el punto de vista ético. Cada vez hay más conciencia de que el ser humano es un valor en sí mismo, lo que significa un mayor respeto por los derechos humanos, que en Venezuela se violan. Desde el derecho sagrado a la vida hasta el derecho a la más elemental libertad de expresión.

La incómoda prensa

El mayor enemigo de las dictaduras es la libertad, por eso el régimen se empeña en adormecer el sentido crítico de la opinión pública, crear una burda ficción del país y construir una realidad mediática alterna que sirva de fuerza de choque a las campañas de adoctrinamiento, que sea caja de resonancia para la desinformación, que oculte las denuncias y escándalos de corrupción. Los medios de comunicación son el registro permanente de la historia, por eso sacan de la televisión por cable a canales internacionales que difunden noticias y cierran emisoras, como la 92.9 FM y la 99.1 FM, donde estuve frente al micrófono por quince años. Contra una dictadura hay que ser intransigente en los principios, la prensa debe ejercer una oposición no solo natural, sino deseable, y más aún, imprescindible, para impedir que en el futuro pueda repetirse esta infame historia, en la que cercenan un derecho tan humano y de primera necesidad como la información y la libre expresión del pensamiento.

Fuente: El Nacional

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