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Luis Britto García / Fracasa el juicio político al presidente

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Batalla Queseras del medio

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El Poder Legislativo está en conflicto con el Ejecutivo. Emperifollados con suntuosos trajes a la moda, los diputados oligarcas acuden para la sesión secreta en la que se proponen acabar con los demás poderes. El diputado José María de Rojas comienza a leer el proyecto de resolución. Propone: Primero: Iniciar el enjuiciamiento del Presidente, para deponerlo “por las infracciones y abusos que haya cometido contra la Constitución y las leyes”. Segundo: Mudar la sede de la Asamblea a Puerto Cabello, bajo protección del Jefe Militar que apoya el pronunciamiento. Tercero: Crear un cuerpo paramilitar propio, encargado de hacer valer y ejecutar por sí mismo las disposiciones de la asamblea. El Legislativo se constituye así en Ejecutivo, en Judicial y en Fuerzas Armadas. Para que no falte nada, se autonombra como Cancillería y envía al diputado Fermín Toro ante el embajador de Estados Unidos para solicitar la intervención.

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En la Caracas de entonces –pues hablamos de la mañana del 24 de enero de 1848- todo se sabe, y gentes del pueblo se reúnen en la plaza de San Francisco, frente al Congreso que sesiona a puertas y ventanas cerradas. Custodia éstas con fusiles la milicia paramilitar de los congresistas, al mando del rubio y condecorado coronel Smith. El ujier anuncia al doctor José Tomás Sanabria, Secretario del Interior, quien llega con la difícil misión de explicarle a los diputados que no pueden destituir presidentes ni crear milicias paramilitares alegando que cuentan con el apoyo de algún caudillo del ejército. El diputado conservador José María de Rojas saca un puñal que tenía escondido en el chaleco, lo coloca en el cuello de Sanabria, le dice que está detenido y le ordena que haga venir a los demás ministros para que se entreguen también presos al poder que intenta usurpar todos los Poderes.

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Los apacibles diputados oligarcas desenvainan dagas, pistolones y bastones de estoque y amenazan al Secretario. Algo del alboroto se escucha tras las puertas y ventanas cerradas: el pueblo se enardece, pide que liberen a Sanabria; el flamante coronel Smith ordena a los paramilitares del Legislativo que disparen: varios hombres del pueblo caen muertos o heridos.

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El pueblo armado apenas con varas y bastones acomete contra los paramilitares y los pone en fuga, abre los clausurados portones e irrumpe en el cónclave de los conspiradores. Éstos trasponen de un salto el paso que separa lo sublime de lo ridículo. El diputado Antonio Sucre saca un pistolón y lo apunta contra Sanabria. -¡Toño, apunta para otro lado!-le grita Rojas, sin quitar el cuchillo del cuello del ministro. Sucre dispara, sin acertar a ninguno de los dos, y echa a correr. El adiposo congresista a veces conservador y a veces liberal Juan Vicente González saca de sus bolsillos un papel manchado de grasa donde el general José Antonio Páez los insta a resistir como romanos. El pueblo indignado irrumpe en la Asamblea, y se traba en riña con los diputados que secuestran a Sanabria. El diputado Palacios huye, y cuando González lo insta a que los defienda, Palacios grita: “-¡No joda! ¡Yo no soy romano, sino Llanero del Mijagual, y no peleo enchiquerado!”. Un diputado oligarca pide la absolución a un cura, y éste le contesta: “¡Ego te absolvo, pero corre, pendejo!”. El pueblo va a apalear a González, un diputado liberal lo salva: “-¡A Tragalibros no! ¡A Tragalibros no le hagan nada, que él me educa los muchachos!” Silverio Galárraga esgrime un trabuco y lo pone en el pecho del doctor Francisco Díaz, mientras le grita: “-¡Tú me sentenciaste a muerte! ¿Recuerdas? Ahora, prepárate a morir.” Entra en la sala el Presidente Constitucional de la República, José Tadeo Monagas. El tumulto se apacigua como por arte de magia.

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En la calle yacen tres ciudadanos muertos por los paramilitares, en el recinto tres congresistas muertos por el pueblo. Monagas desecha los consejos de asumir la dictadura; convoca de nuevo a sesiones, y el Congreso se reúne, presidido por Juan Vicente González, quien no puede resistir una cachapa con queso ni un cargo. ¿Por qué había ocurrido el incidente? Los congresistas conservadores querían preservar lo que ahora se llama República Oligárquica: una sociedad de castas independiente de España, pero idéntica a la de la Colonia en el mantenimiento de la esclavitud y en el monopolio de las funciones públicas por los ricos. José Tadeo Monagas quería imponer leves reformas: los oligarcas le declararon la guerra a muerte, con juicio político y golpe de Estado legislativo. Los congresistas oligarcas implicados en el complot habían sido elegidos según un sistema que permitía elegir y ser elegidos sólo a quienes tuvieran bienes de propiedad o ejercieran una profesión liberal.

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El general José Antonio Páez, que había movido los hilos de la conspiración, se alza de inmediato, sólo para ser derrotado ignominiosamente, y pasar de León de Payara a Rey de los Araguatos. Recibe su rendición un joven oficial que ha comandado insurrecciones agrarias, Ezequiel Zamora. El ansia de poder de los oligarcas los llevará todavía a aupar dos dictaduras que serán consecutivamente derrotadas, la de Julián Castro y la de José Antonio Páez. Ambas son apoyadas por la Embajada de Estados Unidos en defensa de las empresas que explotan el guano. La intransigencia de la oligarquía causa la Guerra Federal y su derrota en ella. “Termino mi autobiografía donde debí concluir mi carrera política”, escribe desencantado el viejo centauro al clausurar sus memorias con la batalla de Carabobo. Al servicio de la oligarquía ha perdido a su amada Barbarita Nieves, a quien siempre despreciaron los godos, y una parte de la gloria que le ganaron sus lanceros. La oligarquía perderá para siempre los poderes absolutos, que intenta recuperar cada vez que se olvida de la Historia.

Fuente: Aporrea

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