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Earle Herrera / Barricadas del odio

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Las barricadas más difíciles de desmontar son las levantadas con los escombros del odio, las mentales, esas que ofuscan el alma. Las otras, las callejeras, las físicas, son fáciles de apartar, manual o mecánicamente. Contra las primeras se estrelló el joven que por su apariencia chavista, es decir, de muchacho del pueblo, fue quemado vivo en un 80% de su cuerpo y, aun bajo las llamas, golpeado y apuñalado.

Que nadie se llame a engaño: el fuego es atizado y alimentado desde los Estados Unidos, con un manoseado guión aplicado en Europa del Este y en el Medio Oriente, en sus revoluciones cromáticas o en sus primaveras sangrientas. En el caso de

Venezuela, la OEA conducida por Luis Almagro le sirve al imperio de sopladora y de carbón. La Mesa de la Unidad hace el resto y los medios nacionales e internacionales se encargan de que la llama del odio no se extinga.

Esas barricadas invisibles se amalgaman con racismo, discriminación, prejuicios, clasismo, estereotipos, supremacismo, intolerancia, exclusión, marginación, venganza, inequidad, vileza, cobardía, cayapa, alevosía, ventajismo, entreguismo, egoísmo y otras bajas arcillas del alma humana. Convertidas en pasiones colectivas, se desbordan y buscan saciarse con el aniquilamiento del otro, moral o físicamente. Los medios y la industria cultural (o mejor, ideológica) se encargan de sofocar cualquier asomo de remordimiento, esto es, de “cobardía”, según ellos, los “manipuladores de cerebros”.

Sociópatas, se burlan del célebre poeta de estos versos: “Por mí ni un odio, hijo mío/ ni un solo rencor por mí/ no derramar ni la sangre/ que cabe en un colibrí”. Porque es precisamente la sangre derramada del otro el combustible de su odio autoinmune y es esa llama que arropa el cuerpo pobre, moreno o zambo la que encostra su barrera mental. Esta barricada no está fija en una calle o autopista. Viaja con el portador del letal virus del odio: te puede escupir en un aeropuerto o apostrofar en una iglesia. Y si no te alcanza a ti, apuntará todo su odio hacia tu hijo, donde quiera que esté, en un continente de canguros o en la incubadora de un materno infantil. Y es entonces cuando no sabemos “si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra”.
Profesor UCV

Fuente: Últimas Noticias

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