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Diego Ranuárez / Sobre la educación superior en tiempos de necesidad

 

San Juan de los Morros.- La educación, en todos sus niveles, es algo imposible de negar como importante, el adquirir conocimientos nos hace mejor personas, y con la sistematización del aprendizaje se asegura una apropiada enseñanza de los tópicos base para el desarrollo humano.

De esta forma, se ha implantado en la mente del colectivo, que mientras más avanzado sea el escalafón educativo, más compleja será la información adquirida, la actitud de los docentes será más inspiradora, y los recursos materiales para el estudio se harán mas necesarios en vista de la progresiva especialización de los estudios, y así, los estudios universitarios o de “educación superior” se perfilan como el más rico campo de cultivo de mentes afines a la intelectualidad.

Sin embargo, la realidad suele ser otra. Diferentes políticas administrativas, clima socioeconómico inestable, y dudosa calidad de los profesores, entre otros factores similares, pueden comprometer lo que en otras circunstancias sería un templo del saber.

¿Qué estudiante puede mantenerse motivado cuando, cuando por una parte, su estómago sufre constantemente los embates del hambre?, ¿Cuándo el transporte escasea y se nota en constante deterioro?, o, quizás el factor que más influye al final: ¿Cómo mantenerse motivados  en un centro educativo donde la mayoría de los profesores son justamente apodados “piratas” y donde la escases de equipos y oportunidades ha de ser resuelta por el mismo estudiante?. No hay fórmula mágica, el tenaz persevera y el verdaderamente interesado lo seguirá intentando.

La vida resulta dura, y muchas veces nos pone en la diatriba de si trabajamos para comer, o si estudiamos. Recordamos el mensaje del Libertador donde  “moral y luces son nuestras primeras necesidades”, además de las palabras de padres y abuelos donde debíamos estudiar “para ser alguien en la vida”.

Por palabras así nos imaginamos que al llegar a una universidad nos maravillaremos por las posibilidades presentadas, pero en su lugar nos bajamos de esas nubes al notar como los profesores más sabios se han ido retirando, donde la actitud es de terminar la carrera por terminarla, donde apenas y hay edificios, ni hablar de laboratorios u otros aparatos necesarios.

Quienes vamos a la universidad esperando una buena guía nos encontramos con que apenas y es una formalidad para certificar que sabemos algo, y aunque con muy puntuales excepciones, lo que se nos enseña es a buscar la información por nuestra propia cuenta.

Se habla de sentido de pertenencia, pero se descuida el hecho de que para querer a un lugar hay que nutrirlo de significado y cariño en lugar de forzar una sonrisa constante y seguir adelante solo porque si, solo para evitar reconocer carencias. Y así muchos prefieren dejar lo académico de lado en busca de llenar los bolsillos y el estómago.

Con todo esto, hay gente que lo sigue intentando, que no abandona a pesar de las posibles decepciones, ya sea por creer que igual no pierden nada con intentarlo, o porque a pesar de todo creen en la academia, en la universidad y en el aprender.

Entre detenerse o seguir, no hay decisión universalmente correcta, porque aunque la necesidad que más se nota es la física, el espíritu y la mente también claman su alimento, y así, aunque muchos se pierdan en el camino, aunque otros tantos abandonen el barco, hay quien persevera y termina, ya eso es un mérito, y lo que se haga a partir de ahí, dependerá de la fuerza de voluntad de cada quien, y de cómo maneje las circunstancias y oportunidades que se le presenten.

Aunque una cosa si es cierta: sea cual sea el foco de cada quien, formación profesional o supervivencia cotidiana, no hay que dejar de aprender. La educación tiene y tendrá siempre razón de ser.

*Pasante ECS/Unerg

Diego Ranuárez

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