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Clodovaldo Hernández / ¿Y dónde están los opositores?

Tal vez se diga que es un mero afán de sembrar la discordia, pero no es descabellado pensar que nadie fue más feliz el miércoles pasado con el fracaso estrepitoso de la concentración de Leopoldo López –en su semana aniversario– que sus rivales internos en la oposición, y especialmente Henrique Capriles Radonski.

Objetivamente hablando, para Capriles es una gran noticia el hecho de que, luego de un año preso, el líder de Voluntad Popular no consiga (en estos momentos, hay que acotarlo, porque la política es un ecosistema muy mutable) que le dediquen ni siquiera un modesto cacerolazo.

El escaso apoyo que se puso de manifiesto en el cumpleaños de la detención de López tendrá peso a la hora del reparto de hipotéticos curules que la oposición debe hacer próximamente. Si López fuese un líder extremadamente popular (como lo hace ver la prensa extranjera), si estuviese reuniendo multitudes, su partido tendría una potente arma (figuradamente, digo, no lo tomen como cizaña) para colocarla sobre la mesa de negociación de candidaturas, tanto parlamentarias como de más envergadura. ¡Uf!, deben haber exclamado Capriles y otros factores del ala moderada-taimada de la oposición al constatar que al jefe del ala pirómana tampoco le fue la gente. Y él tampoco es completamente pertinente porque la manifestación del 24 de enero (que se hizo por iniciativa de los autodenominados pacíficos) resultó igualmente como para sentarse en una acera a gimotear.

En fin, pues, que aunque ninguno de estos dos dirigentes ha tenido nunca problemas de dinero, su situación evoca a la de esas personas pobres que se consuelan pensando que sus vecinos son todavía más pobres que ellas.

A esto hay que agregar otro hecho sobrevenido en la semana: la detención del alcalde metropolitano Antonio Ledezma y la casi nula respuesta (al menos al momento de escribir este texto, jueves en la noche, vale aclarar de nuevo) de la colectividad que lo reeligió hace  menos de quince meses.

Vista desde lo lejos, al margen de las rivalidades que hierven dentro, esta coyuntura de la oposición conduce a una pregunta: ¿adónde se fue el poder de convocatoria del antichavismo? Es obvio que ahora mismo no lo tiene la MUD, pese a que “el Chúo” prometía no solo volver a tomar las calles, sino también convertir a la coalición en una poderosa fuerza de barrio adentro. Tampoco la ostenta López y su combo de guarimberos, Ledezma incluido. Entonces, ¿dónde está la militancia contrarrevolucionaria, de la que forman parte millones de venezolanos?, o como dirían las barras bravas del fútbol: “¿Y dónde están, y dónde están…?” (…ustedes se saben el resto).

En este punto hay dos teorías. Una es la de los encuestadores benévolos y sus clientes crédulos, que sostienen que la tortilla se ha volteado y que el chavismo gana galopando de nuevo, como en sus mejores tiempos, a pesar de los dos años de ausencia del comandante y de todos los demás pesares.

La otra es la de los escépticos y aguafiestas, quienes afirman que el electorado opositor solo está esperando estoicamente para ir a las urnas y dar –ahí sí– el gran golpe. Acusados también a menudo de sembrar cizaña (en este caso por el chavismo dogmático), estos analistas advierten que sacar cálculos relacionados con las venideras elecciones parlamentarias basándose en los actuales fracasos de las movilizaciones opositoras es la peor estrategia que la Revolución pueda asumir, pues equivale a respirar “vapores de la fantasía”. Mis politólogas, Prodigio Pérez y Eva Ritz Marcano, pertenecen a las filas de los escépticos-aguafiestas. Lástima que a ellas –igual que le pasa a los opositores, tanto moderados como pirómanos– casi nadie les hace caso.

clodoher@yahoo.com

Fuente: El Universal

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