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Carlos Raúl Hernández / ¡Poder para los de abajo!

Las elecciones parlamentarias anuncian un cambio en la distribución de poder desde la cúpula hacia abajo. Por su tentación totalitaria y concentradora, el Estado revolucionario absorbió facultades que no tiene capacidad para desempeñar y creó el caos. Esa manía concentracionaria fue la misma que derrumbó al comunismo en medio de ineficiencia, corrupción, pobreza y represión. En 1989 ocurre en Venezuela un gran acontecimiento. Por primera vez en el siglo XX se emprende, con la Ley de Descentralización, una estrategia para transferir la capacidad de tomar decisiones políticas y administrativas hacia los estados, de éstos a los municipios, y en conjunto del aparato administrativo hacia la sociedad civil. Nació la elección directa de gobernadores y alcaldes.

La Ley de Régimen Municipal reformó el municipio y fortaleció las juntas parroquiales. Después de la Segunda Guerra Mundial, Latinoamérica había vivido un auge gracias a sus exportaciones de productos primarios, pero en los 60 la Cepal inventó que el subdesarrollo era producto de la exportación primaria y de los capitales nacionales e internacionales, que había que restringir. Institucionalizó un esquema centralizador, “desarrollista” y estatocéntrico. Se necesitaba “control de la economía por el Estado”, de la “ciudad sobre el campo” y un macro Poder Ejecutivo, según las tesis de Prebisch, Jaguaribe, Furtado, De Castro, Sunkel, Aguilar y la intelligentzia. Eso llevó la región al holocausto con la crisis de la deuda a partir de los 80. La Cepal no hizo más que dar barniz académico a la vieja práctica del populismo. 

Economía política populista

“Los capitales privados son escasos y débiles para impulsar el desarrollo y el Estado debe asumir sus funciones”. Una idea entonces correcta dio origen a la aberración de “sustituir” y hostilizar las inversiones privadas, identificadas con toda suerte de perversidad. El surrealismo hizo que países petroleros odiaran las empresas petroleras y los bananeros las frutícolas. Décadas después se retorna al modelo primario exportador, con el más elegante nombre de commodities. Durante los veinte años de esa ilusión seudonacionalista, los países se cariaron de barrios, “villas miseria”, “favelas” hiperinflaciones, hiperdevaluaciones, desempleo, pobreza, crisis económicas y políticas. La región bajó al infierno y los 80 y 90 fueron de profundos debates y rectificaciones para el gran cambio. La experiencia mundial indica que el centralismo y el estatismo son fuente fundamental de pobreza, corrupción y desgracia de los grupos más débiles que dependen de los servicios que presta el Estado.

Pero su ola ideológica colapsó universalmente. El mundo comunista se hundió, y renació China del escombro. Reagan emprende la reforma y Clinton continúa. González, Thatcher y Mitterrand y inician un proceso que quedó inconcluso con graves efectos para Europa actual. 

En 1989 Venezuela reacciona e inicia la descentralización territorial, modernización del Estado y apertura a las inversiones internacionales para desmantelar la ideología anacrónica, pero el pobre liderazgo social, cultural y político de los 80 y 90 se aferró al pasado, se opuso al cambio y el país paga con sangre. La ola retrógada desbarató la descentralización y la apertura en Venezuela y otros países y arrebató lo ganado por la sociedad. Se afianzó la vieja mentalidad: la recentralización hace que hoy pacientes mueran de mengua en los hospitales y que los puentes se caigan porque su mantenimiento y supervisión dependen de un burócrata en Caracas y no de la comunidad afectada.

¿Dónde queda Cúpira?

Para un burócrata centralista Cúpira y Urica no son más que pequeños nombres en un mapa amarillento. Igual se caen las carreteras y las escuelas. La descentralización estimula la calidad de los funcionarios al poner en la gente la capacidad de premiar o castigar su gestión. Los puertos y aeropuertos mejoraron espectacularmente su desempeño en manos de los gobernadores electos, y Cantv, lejos del gobierno, tuvo un desempeño incomparablemente superior sin ser un mecanismo de espionaje. La televisión oficial demuestra lo que puede hacer el gobierno autoritario con un medio público de comunicación. En vez de financiar causas torcidas en el exterior o repartir enseres, se requiere coordinar con estados y municipios un megaplan de inversiones en infraestructura y educación. Tener servicios públicos decentes requerirá una agresiva legislación para transferir competencias a las administraciones locales.

Contraloría y licitaciones

La transferencia no tiene que ver con el partido político al que pertenezcan los respectivos gobernadores y alcaldes, y será necesario fortalecer los mecanismos de contraloría y licitaciones para hacer transparente el uso de los recursos. 

Los consejos regionales tendrían en eso un papel importante que jugar. Construir masivamente carreteras, electrificación, acueductos, cloacas, seguridad policial, ornato público, caminos vecinales, puertos, aeropuertos, terminales, trenes, autopistas, creará empleo, mejorará la vida de todos y pondrá fin a la discrecionalidad del gobierno para malbaratar y empobrecer. 

Autor: Carlos Raúl Hernández
@CarlosRaulHer

Fuente: El Universal

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