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Armando Martini Pietri / Entre sueños y pesadillas: ¡Qué bien cae una fría al final de una tarde intensa!

a oficina de Lorenzo Mendoza no es cosa del otro mundo. Nada de elementos lujosos ni de derroches innecesarios. Tampoco hay pichirreces ni cosas de mal gusto. Es un despacho amplio y cómodo, la instalación para que un activo hombre de trabajo, un gerente que debe leer muchos y variados informes y escuchar las más diversas opiniones, que debe tomar decisiones, pero que sólo está en ella cuando tiene que estar, no es persona de apoltronarse. Claro, no cualquiera puede entrar a ésa y otras oficinas cuando quiera, Mendoza no es paranoico pero sabe que debe cuidarse y toma precauciones.

Una de estas tardes, ya entrando la noche, Mendoza terminó de leer algunos informes breves, concisos y directos –si le van a escribir no gasten tiempo ni papel en adjetivos- y se disponía a irse a su casa. Sabía que estaba solo, en la oficina anterior su asistente personal también se preparaba para retirarse, el equipo de guardaespaldas estaba preparado y el vehículo esperaba donde tenía que esperar. Sólo el equipo correspondiente de seguridad –son tan buenos y profesionales que se le paran al lado y usted no se da cuenta de que está junto a un escolta- y Mendoza sabían cuál de los tres vehículos blindados o si en la moto se iría a la amplia casa. No es la única que tiene para él y su familia, pero sí es la favorita.

Dejó los papeles a un lado, ordenados, se levantó y sintió que no estaba solo. No se asustó, se sorprendió; sólo él y su asistente personal tenían la clave para acceder a la oficina, y la asistente nunca lo hubiera hecho sin aviso previo o sin haber sido solicitada. Se dio cuenta que la espaciosa oficina estaba más oscura de lo habitual, ¿una falla eléctrica? Pero esas fallas no ocurren en la sede de Polar, menos en su oficina.

Y entonces lo vio, de pie un poco más allá en el difuso límite entre lo claro y lo oscuro. Grueso, con esa vestimenta entre china a lo Mao y militar a la cubano venezolano y su querida boina roja.

“¿Cómo estás, Mendoza?”, sonrió Hugo Chávez.

 El joven empresario hace mucho tiempo que perdió la capacidad de asombro, está acostumbrado a no sorprenderse por las sorpresas y a mirar de frente cualquier eventualidad, desde la decepción y desencanto por los escasos trabajadores que disfrutan todos los beneficios laborales que sólo empresas Polar da, pero dedican sus esfuerzos a causar trabas, problemas por órdenes de un Gobierno que no entiende nada y lo estropea todo, hasta las complejas cuentas que frecuentemente debe sacar y las difíciles estrategias que debe analizar y diseñar con sus expertos asesores para sostener el enorme complejo empresarial que es Industrias Polar, a pesar de la negativa de divisas, las amenazas de expropiación, las injustas inspecciones diarias que nada malo encuentran pero obstaculizan las operaciones, de exigencias, de controles las mas de las veces poco realistas de almacenamiento, distribución y ventas.

Mirándolo de frente, y con atención expresa, Mendoza se yergue y responde al saludo: “Bien, Presidente, algo cansado; pero, la verdad, este encuentro me anima, usted es la última persona que hubiera imaginado encontrar en mi oficina”. Hace una breve pausa, sonríe ligeramente: “Yo soy católico, Presidente, y creo en el más allá, pero esto es como demasiado”.

Chávez no se inmuta, no tiene interés en una discusión religiosa, avanza unos pasos hacia Mendoza, retoma la palabra. “He estado haciendo varias visitas, y te voy a confesar: los chavistas no entienden sus propios errores y los de la oposición no aceptan los suyos”.

“Eso no es nuevo, Presidente, yo lo he sufrido desde hace tiempo, empezando por nuestros primeros encuentros, ¿los recuerda?” 

“Sí, mucho, pero en esa época había mucho dinero y podíamos comprarte toda la Polar y pagarla”

“Cierto, Presidente, imaginemos que yo hubiera aceptado vender en vez de defender mis principios, mi gente, y que usted hubiera pagado hasta el último dólar como hizo con los argentinos de la Siderúrgica, vamos a imaginarlo; pero ése no era el problema”.

“Y cuál era ese problema, Lorenzo?” 

“Ustedes mismos, Presidente, todo lo que han manejado, expropiado pagado o no, lo han arruinado, quebrado, no sirve ¡hasta la industria petrolera, que ya es mucho decir!”

Incómodo, Chávez se adelanta, se sienta frente a Mendoza, serio.

“Dicen que ni Maduro ni Cabello ni nadie de la revolución es capaz de arreglar el país”, reconoce Chávez, “pero tampoco parece haber mucha confianza en los jefes opositores”.

“Es que el problema no es un individuo, Presidente, la complicación es de todos. ¿Hasta cuando los venezolanos vamos a dejar la solución de nuestras dificultades en las manos y la cabeza de un solo personaje? Todos los presidentes han fracasado…” 

“Pero dicen que tu eres la persona que los venezolanos quieren como presidente, el único en el cual confían, el súper gerente que Venezuela necesita”, interrumpe Chávez.

 Lorenzo Mendoza se levanta con gesto más bien pesado con expresión seria y juiciosa. 

“Estoy cansado de negar esa falsedad. Soy empresario y gerente, siempre presto y dispuesto para ayudar a mi país. Pero no en Miraflores, es aquí donde estoy en Polar”.

 “Ser Presidente de la República tiene sus ventajas, Mendoza”, señala Chávez. “Quizás el problema sea….”

“El problema, Presidente, es que la solución para Venezuela no está en un gerente, ¿o usted cree que los gerentes tienen todas las soluciones en la cabeza? Yo soy gerente, formado en la universidad, especializado y con años de experiencia al frente de todo este conglomerado y aún así cometo errores –y no estoy incluyendo las dificultades, inconvenientes y conflictos que ustedes nos ponen todos los días”.

“Con todo eso parece que Polar marcha muy bien”, reconoce Chávez.

“Pero Polar no es Venezuela, Chávez”, aclara Lorenzo Mendoza, “Polar es parte de Venezuela pero funciona porque no es como Venezuela. En Polar somos un equipo, todos metemos el hombro, todos aportamos ideas y soluciones; nadie en Polar espera que yo resuelva. Con los aportes y sugerencias de todos, escojo caminos junto con expertos, no con improvisados e incapaces que creen saberlo todo ¿me entiende, comprende Comandante?”.

“A lo mejor por eso es por lo que hay tantos que quieren seas el próximo Presidente”.

“Esos están equivocados porque siguen pensando como los venezolanos que nos han traído a este desastre…”

“¿Cómo los chavistas?”

“No”, aclara Mendoza, “como los que llevan medio siglo y mas dejando sus propias responsabilidades en manos de un jefe, de un caudillo, o de esos “dirigentes” que se creen predestinados. Yo ni soy ni quiero ser eso”

“Pero ellos sí, y cada día son más”, señala Chávez con cierto tono pesimista.

 “Siempre son y serán muchos más”, reflexiona Mendoza mientras da unos pasos.

Se gira y mira a los ojos a Chávez; la mirada es clara y directa, sin vacilaciones, sobre los ojos gruesos, abotagados, preocupados. “Por eso hay que educarlos y enseñarlos”. 

Mendoza sigue caminando, y explicando, quiere que Chávez lo comprenda. 

“Que acepte ser Presidente no resolverá nada, Comandante, sólo se correrá la arruga. Seguiré haciendo lo que sé hacer, aquí, trabajando duro para ser los mejores de Venezuela, pero no los únicos”

Chávez se toca ligeramente la cabeza, murmura: “Te van a obligar, Mendoza, te pondrán contra la pared”

“Nadie puede obligarme a hacer lo que creo que no deba hacer, ni siquiera usted pudo cuando estaba en la cúspide del poder. Los que quieren hacerme Presidente para que les arregle los problemas menos me van a poder convencer. Porque el problema de este pueblo no es quién le resuelva las dificultades, sino que se decidan a resolverlos por sí mismos. Creo que cada día más los venezolanos coincidimos, y ahí, con ellos, cuando dispongan empieza el nuevo país, el que no tendrá colas ni fallas ni tristeza, se lo garantizo, Presidente”. 

Nadie responde, hay un silencio absoluto. Debiera ser un silencio pesado, pero es liviano, animoso. Lorenzo Mendoza deja escapar el aire. Voltea. La oficina está iluminada como siempre. Va a la puerta, sale. Y piensa en bajar al restaurant de todos los empleados de Polar, él incluido, a tomarse una fresca fría, helada y recién salida de los tanques.

@ArmandoMartini

Fuente: http://runrun.es/

Autor: Armando Martini Pietri

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