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Locura y abandono conviven en el Psiquiátrico de Macaira

Son 123 pacientes a las afueras de Altagracia de Orituco, en el estado Guárico. Conviven entre el hambre y el abandono de sus familiares. Algunos de ellos tienen más de 30 años recluidos, y en ese tiempo, no han recibido ni una sola visita. Sus miradas, un poco perdidas, un poco audaces, denotan trastornos que van desde la esquizofrenia hasta la bipolaridad.

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Una vez que te mojas los zapatos, se quedan así. Mantener tus pies secos depende de la percepción. De la determinación de tus pasos sobre las piedras que escapan del río. Saltas una, dos, tres veces, hasta que llegas a tierra seca. A la entrada del psiquiátrico rural de Macaira en las afueras de Altagracia de Orituco. Pueblo enclavado entre los morros del estado Guárico a tres horas de Caracas.

Te reciben los pacientes. Los que tienen permiso para caminar libres por esta pequeña finca. Otros, esperan detrás de un complejo enrejado para que no se pierdan o se hagan daño.

Hay tres edificios donde están las habitaciones, consultorios, oficinas administrativas, enfermería y capilla. Además 13 vacas –que sirven como mascotas y fuente de carne-, con sembradíos de caraotas, zanahorias, papas, cebollín y demás verduras con sus hortalizas. A primera vista, es la postal perfecta para la recuperación y el combate de enfermedades como la esquizofrenia, la bipolaridad y la epilepsia. Un ambiente donde abundan los pájaros cantores, las mariposas sobre las flores y esa brisa con sabor a eterna primavera.

Luego, rasgas la superficie y observas que detrás de unas instalaciones bien mantenidas y servicios básicos ininterrumpidos tienes el olvido de familiares y del Estado venezolano para mejorar la calidad de vida de 123 pacientes. 123 personas que padecen hambre, recaídas en sus trastornos y un abandono de los que alguna vez los amaron.

 

 

 

 

 

 

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

No es fácil transcribir las miradas. La sensación de darle la mano a un hombre de 50 años que tiene 30 sin recibir una visita. Lo sencillo es replicar sus peticiones: “dame algo para comprarme un cigarrillo”, “chamo, 100 bolos ahí para comprarme un café”, “negro, no te vayas sin darme un regalito”. Y así siguen, sin descanso. Lo primero es dinero, luego comida y más tarde, que los ayuden a salir. A que se acuerden de ellos. Por debajito se quejan que han padecido de sarna, males en el estómago y problemas respiratorios. Quizás, sus mentes están en otro lugar. En un espacio donde su posición física no existe. Y sólo vuelven cuando se encuentran con extraños. Con visitantes. Con esa esperanza de que los “nuevos” vengan a verlos.

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Mileidys De Vaes, coordinadora del centro, nos recibe con cautela. Su paso, y apretón de manos, es firme y decidido. Una vez que pasamos a la pequeña residencia que mantiene dentro del psiquiátrico el punto focal es un altar con la Virgen de la Caridad. Sobre una mesa hay varios cuadernos que sirven de registro para todas las incidencias que ocurren en las instalaciones. “Yo acepté este cargo en marzo. Desde entonces, la lucha ha sido por conseguir comida”.

Primero, con la Alcaldía del municipio Monagas, Mileidys trató de encauzar la compra de comida regulada. “Me iba todos los días a esperar que me dieran respuesta. Siempre alegaba que no era para mí, sino para los pacientes. Tanto fue mi insistencia, que terminaron vendiéndome semanalmente algunos paquetes de arroz, pasta, harina y azúcar. Pero como sabrás, eso no alcanza”. Explica que el psiquiátrico depende del Ministerio de Salud y de la Coordinación de Salud Mental Regional de Guárico. La directiva del recinto está en Caracas, y mensualmente la administración deposita en una cuenta bancaria lo destinado para comprar alimentos. “No sé cuánto es. Sólo me avisan que el deposito está hecho y con eso tengo que comprar algo de pollo, carne y completar el mercado”.

El 14 de septiembre llegó un camión con comida de parte del Ministerio.

Varias pacas de arroz, pasta y harina. “Las estoy rindiendo para que me duren más de un mes. Le dije a uno de los trabajadores que sacrificara a una vaca y sacamos 80 kilos de carne. Gastamos 10 al día. Uso todo, no se pierde nada”, indica Mileidys. En su voz se nota la determinación de salir adelante con su trabajo. Es recia con los pacientes, pero también comprensiva. Su esposo le reclama que se la pasa más en el psiquiátrico que en su casa. Que queda a pocas cuadras. “Hay que salir adelante. Luchar. Para muchos de ellos, nosotros somos los únicos familiares que tienen”.

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Un ejemplo: Omar tenía 80 años, y casi 40 en el psiquiátrico. Su foto ilustra uno de los rincones de la cartelera donde están retratados pacientes emblemáticos. Cuando murió, hace dos meses, Mileidys llamó a su familia. Lo que recibió fue silencio. Aunque recibieron la noticia con una cordialidad mezclada con estoicismo, no volvieron a reportarse. Omar fue enterrado en el cementerio municipal de Macaira sin familia y con una pequeña cruz que sólo apunta su nombre y fecha de defunción. “Los abandonan. Los dejan bajo direcciones y números falsos”.

Entre el personal del psiquiátrico hay carpinteros. Son ellos los que se encargan de fabricar las urnas cuando un paciente muere. Cuando nadie responde por él.

Muchos mueren en la noche y  los vigilantes descubren el cuerpo por la mañana. ¿Las causas? La mayoría por su avanzada edad. Simplemente se apagan. Otros, por desnutrición. Esto lo confirma Mileidys, y dice que entre finales de 2015 y  principios de este año murieron 30. “Fue una época dura. Nuestra crisis con los alimentos alcanzó niveles de desesperación”.

Las voces

Natividad Álvarez tiene 62 años y 45 recluido aquí. Cuando le preguntas por qué, su respuesta es simple: “porque no me querían en casa”. Luego se explaya explicando que sufrió un ACV muy joven, y desde entonces se le olvidan ciertas cosas y “me apago. Tanto que pasó días perdido hasta que me encuentro”. Fue su hija quien lo trajo y desde entonces no lo visita. Habla con soltura y una propiedad característica de cualquier abuelo.

Hoy no está el médico encargado del psiquiátrico. Tiene permiso de lunes a viernes, y sólo viene los fines de semana.

A pesar de que todos tienen una historia particular, es muy difícil de distinguir si son ciertas o falsas. Hay algo que llama la atención. En lo que concuerdan: sus tratamientos no se aplican con regularidad. Y no es porque el personal no trate, sino porque la distribución de medicamentos –los que ellos requieren- es precaria. A veces pasan 15 días o un mes sin tomar la dosis.

Imaginen, hagan el ejercicio, de dejar atrás algo con lo que no pueden vivir. Con lo que no pueden funcionar. Visualicen su comportamiento, su humor, su interacción con los otros sin ese elemento. Quizás así podrán aproximarse un poco a lo que sienten estas personas sin un control farmacéutico requerido.

José Ramírez tiene muchas manchas marrones en las manos y los pies. Me grita desde un campo enrejado. Pide que lo escuche. Cuando me acerco le doy la mano y él me jala un poco. Me toma del brazo y cuenta su historia con desespero: “yo no pido plata para vicios. No me importa el café o los cigarros, lo que quiero es que me den mis pastillas”. Remata dando su currículo: dice ser profesor de inglés y haber servido en la marina. “Viaje por el Caribe en una fragata”, luego se pone a recitar versos al estilo Walt Whitman y se sorprende que una persona con “un nombre tan gringo” como el mío, esté por esos páramos. “No te olvides de mí. No lo hagas”.

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Luego está Jhonny Romero. Tiene 33 años y sus ojos varían al mismo ritmo que un caleidoscopio. Primero te ve con una intensidad que produce temor. Como si fuera atacarte. Pero, cuando se hacen las presentaciones, se relaja al nivel que invita a sus demás compañeros para que conversemos en “una rueda de pescao”.

“Anota mi nombre bien. Si quieres te cuento todo lo que pasa aquí por 100 bolívares”, indica mientras hace ademanes con sus manos para que tome notas de sus historias. Los que se han acercado también comienzan a hablar y pronto tenemos un bullicio parecido a los que se forman en cualquier parrilla familiar. Unos cuentan que no los visitan, otros que les cuesta dormir, muchos que necesitan medicinas y algunos mandan a vestir a “dos rebeldes” que caminan desnudos por el lugar.

“No somos animales. Todos debemos tener la oportunidad de vivir bien”, dice Natividad. Quien se alejó un poco del grupo, y cuando nos ve partir, lanza una de sus mayores preocupaciones: “quieren cerrar el psiquiátrico. Nos quieren mudar para Maracaibo”.

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

La rutina

Es la única manera de mantener el control, de que ellos tengan algo de paz. Se levantan a las cinco de la mañana y desayunan a cerca de las seis. Luego, los que tienen permiso -por lo general pacientes que han mostrado evidentes signos de recuperación- pueden caminar por las inmediaciones o ir hasta Macaira. Otro grupo debe mantenerse adentro.

Cuando viene el psiquiatra los evalúa y toma control de su condición física y avance en el tratamiento. De resto, los mediodías son para almorzar y hasta las cinco de la tarde pueden ayudar en los cultivos que tienen en terrenos aledaños, jugar dominó o bolas criollas.

Psiquiatrico rural de Macaira. 21.09.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Antes de que se oculte el Sol, ya están en sus habitaciones. Ahí pueden leer o dormir. Entre ellos se cuidan y son pocos los casos de violencia. Y es que entre los olvidados, la única familiaridad que queda es el apoyo mutuo.

Fuente: El Estímulo

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