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Sobre las series de televisión y el nuevo cine

Nos gusta hablar del cine como arte, como cultura y expresión del sentir humano, y estamos en lo correcto, es todo eso, pero también más. Hay que reconocer que lo bueno cuesta caro, y que tanto las superproducciones de hoy en día como la saga de los Los Vengadores, o clásicos atemporales como Ciudadano Kane son, en forma práctica, un negocio, una industria, y lo cierto es que esta cara del cine se ha ido intensificando con los años.

 Por una parte, los cambios en el dólar, moneda de comercio internacional, han encarecido los costos en comparación a la época dorada del cine, y por otra parte, el público está hambriento de tecnología, de derroches de efectos y recursos, es más exigente con la presentación, y todo esto tiene un costo.

Llegados a este punto, hay que hablar de “rentabilidad” y lo que significa para cada negocio: inviertes una cantidad de dinero, y esperas que tu producto consiga superar con creces la cantidad inicial, si no, no vale la pena ya que no justifica el tiempo ni el esfuerzo.

Por eso los grandes estudios, aquellos tradicionalmente encargados de las películas de todo tipo que solemos disfrutar, solo apuestan por lo que consideren seguro.

Da igual que el material base sea una obra de gran calidad literaria, o que el director tenga ideas revolucionarias, si no es de fácil comercialización o el proyecto no está ligado a alguien popular y de renombre, la prioridad pasará por alto a obras de menor escala y rentabilidad, aún si pudiesen llegar a ser igualmente disfrutables.

Es aquí donde entra la televisión, medio quizás de menor escala pero igual penetración demográfica, uno que sin verse tan presionado monetariamente, se ha podido permitir mayor libertad creativa, y, haciendo uso del formato episódico de su presentación, es capaz de asumir más riesgos en cuanto a producción de ideas.

Es más rentable ordenar una producción de unos pocos capítulos más baratos y ver que tal resulta para, de ser bien recibida la serie, seguir exprimiendo la licencia continuamente, dando poca oportunidad al fanático espectador de recuperar el aliento. El famoso director David Lynch, conocido por films tales como Eraserhead y Mullholland Drive, dijo en una entrevista del 23 de septiembre del 2016, que “las cadenas por cable son las nuevas salas de arte y ensayo”.

 A esto hay que agregarle un producto del acelerado avance de las iniciativas innovadoras en el mundo actual: los servicios de Streaming, tales como Netflix, los cuales facilitan aún más la distribución de contenido y otorgan aún más libertad creativa.

Desde hace mas de una década que la tendencia en el cine han sido las franquicias de entretenimiento fácil y accesible, respondiendo a las masas de personas que acuden a las salas de proyección en busca de poder pasar un buen rato sin tener que pensar demasiado.

 Quienes ven televisión o servicios como Netflix se ven más involucrados con la obra al recibir más de esta en menos tiempo.

Es este cóctel de factores quien que nos ha traído series tan galardonadas internacionalmente como Los Soprano de 1999, A Dos Metros Bajo Tierra de 2001 o Breaking Bad de 2008, llegando incluso al campo de la animación para adultos a través de la irreverencia nihilista de Rick y Morty del 2014, o del devastador retrato de la autoflagelación emocional en Bojack Horseman de 2015.

Las tendencias y esquemas cambian, y con ellos la industria y nuestra percepción. ¿Significa esto que el cine tradicional está perdido?, para nada, al menos por el momento.

 La tecnología y la diversificación de recursos nos han traído una era del cine no solo en la Gran Pantalla, sino en otras mas pequeñas, y mucho más numerosas. Hay más espacios, hay para todos los gustos.

Diego Ranuárez ECS/ Unerg

*Pasante

Otra nota de interés 

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