El cine de terror muestra a sus Tarantinos y Kubrics

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TERRORDice David Lynch: “Mis películas son acerca de mundos extraños, lugares a los que jamás podrás ir a no ser de que los construyas y le des vida en una película. Eso es lo que de verdad me importa de las películas: ir a mundos que son cada vez más extraños”. The Witch (La Bruja), primer largometraje de Robert Eggers, gira entorno a esa idea de Lynch.

Comparada con El Resplandor y luego de deslumbrar en Sundance, La Bruja cuenta la historia de una familia expulsada de la villa por el extremismo religioso del padre, un Calvinista fundamentalista. Estamos en 1630 y Estados Unidos apenas inicia su período de colonización. Por lo tanto, afuera de la comunidad organizada no hay más que un bosque que encierra la mayoría de leyendas que nos persiguen hasta hoy.

El primer acierto de Eggers es hacernos partícipes de un viaje hacia esa Norteamérica que daba sus primeros pasos como nación y de la que –al menos cinematográficamente hablando- se cuenta muy poco en nuestros días . No se trata pues de un paseo agradable. Olvídense de los paisajes bucólicos y de los suelos ricos de los que brota el maíz. Aquí la maleza es cruda e implacable, las cabras se secan y en lugar de leche dan sangre.

Pero existe otro viaje, el que vive William, interpretado por un inmenso Ralph Ineson (su vozarrón asusta a cualquiera), su esposa y los cinco hijos. Tras la desaparición de un miembro de la familia, se desata una crisis de identidad que obliga a la revisión de los postulados que han definido ese árbol genealógico. Hasta aquí podemos hablar del guión del filme; adentrarnos mucho más en la historia sería arruinar una extraordinaria experiencia cinéfila.

En cambio, sí podemos hablar del resto de ingredientes que muestra la ópera prima de Eggers y por los que fue premiado en el London Film Festival. Conocido su trabajo como escenógrafo y diseñador de producción, tardó tres semanas en filmar esta película. En cada escena se notan rasgos de Michael Haneke (Funny Games, La Pianista, Amour) e Ingmar Bergman (Fanny y Alexander, Gritos y Susurros, Como en un espejo). Con el primero coincide en mostrar el horror como una natural consecuencia del comportamiento humano y con el segundo el estilo para narrar de manera contemplativa y reflexiva, de manera que el clímax llegue como la conclusión de unos hechos que el espectador está en la obligación de digerir.

De hecho, el propio Eggers explicó que su obra bebe de tres largomentrajes. El primero y más obvio es El Resplandor, de Stanley Kubrick, el segundo es un mockumentary (documental ficticio) llamado Haxan, de Benajmin Christensen, un director danés y el tercero es Gritos y Susurros, de Bergman.

Para nosotros, La Bruja también se emparenta con películas de terror indies, como las fabulosas Lovely Molly (Eduardo Sánchez, 2011) y Marty Marcy May (Sean Durkin, 2011). En las tres cintas, el público se ve obligado a preguntarse qué es realidad y qué no o si lo sobrenatural es una simple alucinación. Todo ello contado con una asombrosa naturalidad.

Lo anterior no se podría haber logrado sin las maravillosas actuaciones de los más pequeños, en especial de Thomasin. La desconocida, al menos para quien escribe, Anya Taylor-Joy, se lleva los aplausos al interpretar a una joven que enfrenta ese complejo momento en el que los pechos crecen y las hormonas se enfrentan con los asuntos de la fe. Los dos gemelos perversos (¡qué oscuros pueden llegar a ser los niños con sus juegos infantiles!) y el pequeño Caleb (fantástica la escena en que mira con deseo y curiosidad a su hermana mayor), completan un círculo que genera uno de los momentos más importantes de la cinta. Se trata de un exorcismo que deja en ridículo a una gran cantidad de películas en las que los efectos especiales subvierten lo interpretativo.

Por último debemos referirnos, aunque sea de manera tangente, a un final muy explícito que puede gustar o no dependiendo de la implicación del espectador con la obra. Se trata, creo, de un congruente cierre con una cinta que declara sus intenciones desde el título completo: “La Bruja: Una Leyenda de Nueva Inglaterra”.

VUELVE EL MEJOR JAMES WAN

Después de ver La Bruja, casualmente fui invitado a la premier de la secuela de El Conjuro. Wan, un australiano de orígenes malasios es recordado – y muchas veces odiado- por la franquicia Saw. Acepto que, como seguidor del terror, la primera de esta serie me pareció fabulosa pero luego le perdí la pista, al punto que no sé cuál es la III o la VI. Aún así, se le debe reconocer su aporte al resurgimiento del Torture Porn (violencia gráfica), conjuntamente con Eli Roth (Hostel).

Pero con Insidious (2010) y Expediente Warren (El Conjuro), Wan evidenció un gran talento para manejar elementos conocidos de las películas serie B (brujas, maldiciones, muñecos diabólicos y un largo etcétera)  y transformarlos en pretextos con el fin de explorar nuestros temores primarios. Aunque con tramas, estilos y targets diferentes, La Bruja y El Conjuro 2 vuelven sobre un miedo básico que persiste en la literatura universal: el quiebre de la relación entre padres e hijos.

En El Conjuro 2 la familia Warren, interpretada con gran solvencia de nuevo por Vera Farmiga y Patrick Wilson, se enfrenta a otro caso de Poltergeist, en Inglaterra. Sin embargo, esta vez el demonio no sólo busca apoderarse del alma de un inocente sino que se fija como meta eliminar de un tajo al propio exorcista. Como hemos advertido en otras críticas, el terror como género no depende de la originalidad (aunque se aplaude), es decir, no es una meta per se y su valoración no se mide por ella. Sí, en cambio, del uso de sus tradicionales recursos. En ese aspecto se parece mucho al cine de acción, cuyos códigos conocemos y aceptamos de antemano. Por ejemplo, que el héroe no debe morir.

En El Conjuro 2 sabemos que los sustos se generan por la unión de sonidos e imágenes deliberadamente efectistas. Así, la experiencia se asume como la visita a una montaña rusa: el desenlace es conocido pagamos para que el corazón se nos salga en las bajadas. Entonces, lo que hace entrañable a este filme no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. La nostalgia que exhuda el filme es una muestra. Nos ubica en los finales de los años 70s, con The Clash y su London Calling de fondo mientras las imágenes de Margaret Thatcher en su plan encantador contextualiza lo que está por venir.

Wang sabe perfectamente cómo conectar con el fanático, que se atiborra de cotufas y un refresco gigante: el mismo que se aguanta las ganas de hacer pipí para no perderse la escena que excitará más su vejiga. Ese masoquismo tiene premio, por ejemplo, en una perfecta escena en la que enfocamos nuestra mirada en un juguete infantil del que, intuimos, saldrá alguna sorpresa. ¡Y sucede e igual nos asustamos! Para ello hay que tener talento.

También es un gran mérito del director repetir elementos que ya hemos visto hasta el cansancio, como los exorcismos y movimientos espectrales -de hecho se autofusila pues hay referencias evidentes a Insidious- sin que nos parezcan aburridos. Para ello fue un acierto darle un gran peso del metraje a Madison Wolfe (Janeth Hodgson), la niña que pasa de una manera muy convincente de la timidez a la violenta posesión demoníaca.

Así como los interminables y aparentemente insustanciales diálogos de Tarantino forman parte de su particular mundo, es fácil advertir las escenas prefabricadas de Wan. Esa previsibilidad, cuando se trabaja bien, no es un defecto. Bastardos Sin Gloria o El Conjuro son ejemplos de ello. Cuando sucede lo contrario, quedan bosquejos arquetípicos, apenas ejercicios estilísticos. Afortunadamente también existen tipos como Robert Egges, que siguen el camino de Kubric al tratar al terror con el cuidado y el detalle del cine de autor.

Fuente

El Estímulo

 
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