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De cómo, en el siglo XVII la nobleza criolla fundó una ciudad próxima a los cerros de Cabruta

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En los orígenes de la Ciudad del Triunfo de la Cruz de la Nueva Cantabria, amén de la incidencia de las grandes cimarroneras y su aprovechamiento para el suministro de carne a las ciudades del centro-norte-costero de Venezuela, se suma el afianzamiento, en la Provincia de Venezuela, de una nobleza territorial fuertemente cohesionada por nexos familiares, socioeconómicos y culturales, reforzados por el régimen esclavista, la evangelización y el aparato político-militar de dominación.

Trama que se pone de manifiesto en los enclaves instituidos en los llanos de esa provincia, a mediados del siglo XVII y en los que se advierte, siempre, la injerencia de miembros de la estirpe de los Rojas.

El caso de la Ciudad del Triunfo de la Cruz de la Nueva Cantabria es significativo, por tratarse de una de los avanzadas más interioranas en dicha provincia – la costa central orinoquense-, con participación directa de miembros de esa naciente oligarquía así como de capitanes que han estado cumpliendo heroica lucha por preservar el territorio hispano-regional de las amenazas del expansionismo holandés e inglés, que acababa de apoderarse de Curazao y Jamaica, respectivamente.

Dicha ciudad de la Nueva Cantabria se constituye como villa y bajo el modelo de la encomienda, exitoso en otros poblados del país. Avanzada que subsiste durante buen tiempo, a pesar, entre otros reveses, del emplazamiento de la misma.

La Nueva Cantabria, administrada por capitanes que se destacan en la guerra frente al expansionismo holandés en el Caribe, se ubica, geoestratégica y geoeconómicamente, a orillas del Orinoco, cuyas márgenes e islas captan buena porción de los ganados de la zona.

Su fundación, según Carvajal (1892), debió producirse dentro de los parámetros convencionales sugeridos por las Leyes de Indias: excepto su ubicación en zona inundable, determinada más bien por la necesidad de agua por parte de las reses.

 Se observa el tronco, quizá de roble o acapro, representando el “rollo de la justicia” y definiendo el centro de la ciudad o plaza alrededor de la cual se establecen las edificaciones públicas: iglesia, cárcel, casa del fundador, de amigos y parientes, mutuamente amparados de peligros.

Ceremonia iniciática en que Ochoa debió cortar un puñado de hierba y lanzar estocadas representando posesión del sitio. Amén de un desafío a quien se atreviese a objetar. Se dictaminaron límites y sitios para los moradores. Suceso fundacional del que debe existir acta.

Los riesgos representados por el contrabando y la piratería, aceleraron la búsqueda de vías alternas para el traslado, dentro y fuera del país, de los productos ganaderos y agrícolas de la respectiva región. Las tres villas establecidas en el ámbito del actual estado Guárico, bajo el auspicio o la anuencia de la nobleza territorial caraqueña, se inscriben en esa exploración.

 De manera tal que en el verano de 1647, se produce el encuentro entre barineses en solicitud de vías para la exportación de tabaco y caraqueños que colaboran en el control de la Guayana, Trinidad y Tobago, así como los que transitan el gran partido de Paya, por donde quizá llegan, desde el denominado Valle de Aragua, parte de los cincuenta soldados que intentaban establecerse en Nueva Cantabria, donde se realiza la entrevista.

De Armas Ch. (1964) cree que el gobernador Mendoza Lahoz no quiso consignar los indios guayqueríes, arguaquimas, chacaracos y aurivires, a los hombres del capitán Juan Ochoa Ochoa Gressala y Aguirre y los destinó a Santo Tomé de Guayana.

Discutible si advertimos que dicho mandatario es quien designa a Ochoa para esa fundación, iniciada a mediados de 1643. Meses antes que el gobernador de la provincia de Caracas, Gedler y Calatayud, autorice a otro Ochoa –Tomás-, hermano de aquél, para coger cien piezas de amaibas, otomacos y paimas. Oportunidad en la que mata algunos, unce con collares de cuero otros y otros ata con sogas (Castillo Lara, 1984, II: 89). Ambos, hijos de Tomás Aguirre y Gresala y María Pacheco y descendientes de Juan Fernández de León, uno de los primeros en recibir mercedes en Santiago León de Caracas. De Armas Ch (1984) cree que Juan de Ochoa es el mismo quien en Caracas, quiso estorbar los planes de Juan de Urpin para la conquista de los comanagoto.

Doña Jerónima Margarita de Guevara y Ponte, cc en primeras con Francisco Martínez de Videla y en segundas cc con dicho cap. Tomás Ochoa Aguirre y Grezala.

El relato de Carvajal revela que, en los primeros meses de 1647, la Nueva Cantabria era referencia esperanzadora en el proceso colonizador del sur venezolano.

Se instaura, además, en el marco de la política de alianzas con los caribes, iniciada por el gobernador Escobar y proseguida por Mendoza, para contrarrestar incursiones extranjeras. De manera que el jefe caribe Maguare, designado general, acompaña a Ochoa en la fundación de dicha Ciudad y luego forma parte de la comitiva que la traslada hacia Pilotillo, cerca del caño Escobar y del sitio de Moitaco, “en pleno bastión de población caribe” (Civrieux, 1976: 25-28).

La crónica de Carvajal muestra ese estado de incertidumbres, tensiones, resabios y dudas, explicables en aquel medio todavía extraño; entrando al Orinoco, se topan con cuatro piraguas tripuladas, presuntamente por caribes que no responden a la bandera blanca “reboleada” por la expedición hispana ni al saludo de las salvas con mosquetes. Raudos, supuestamente, con “ytotos” (esclavos) que suelen negociar a cambio de hachas, machetes, cuchillos, vinos, quentas o chaquiras (p. 269).

Adolfo Rodriguez

Adolfo Rodriguez

No menos riesgosos que “los insufribles vientos” de 8 a. m. a 3 p. m., que dificultan la navegación y los obligan a esperar en la que denomina “la tercer playa de Orinoco, lastrada toda de huevos de tortuga y pequeñuelas tortuguitas, con que los indios boga y gente de servicio se divirtieron celebrándolos por su mejor regalo comestible, como también vi era el más sazonado que tenía gente española e indica que había en las costas de Cantabria, Guayana, Isla de Trinidad y parajes indios vecinos a las márgenes del Orinoco” (Jornada XXII, p, 268ss).

Y fue el domingo 31 de marzo de 1647, cuando “al pasar una punta de muy crecidas piedras dimos vista la boca del río Guárico, vecino a los empinados cerros de Cabruta, a cuyas faldas, pasados ellos, está situada la ciudad de el Triunfo de la Cruz y Nueva Cantabria”. Quizá más bien el río Guaritico, donde obtuvieron “la yndica promesa de un guía” de llevarlos a la pequeña rada que hacía las veces de puerto, al que llegaron entonando el Te Deum Laudamos y otras plegarias, mientras pescadores o soldados, apostados allí, “nos contemplaban phantasmas”. Tarde en que no pudieron declarar su arribo, porque el viento interfirió las salvas con mosquetes y no las oyó la ciudad, a un cuarto de legua de distancia (p. 280).

La conocieron el lunes 1 de abril, en que se les recibió con una “duplicada salva” y los atendió el Teniente de Justicia Ochoa, “con sobrados regalos y estimables cortesías devidas a la nobleza de la profesión suya”, en “su cantabrio si pajizo albergue”, “galante y muy cumplido” (P. 286).

Y en el templo “comenzóse el repique de campanas, si bien diré mejor el quaresmal clamoreo de ellas”. Celebró misa, dijo sermón y los vecinos festejaron “con los regalos de su amor, cada uno en su casa a los de su más agrado” y “se enlazó un toro que discurriendo por las cantabrias calles, si breves, regocijó a la ciudad toda” (p. 287).

Se dotó a Ochovaguia y Carvajal de “las sillas de dos briosos caballos”. Y retornaron a las barracas de campaña erigidas en el puerto a modo de Real, para degustar del “pescado fresco” comprado a unos indios aurivires que llegaron en dos bajeles. Y apunta el cura haber dormido arrullado por los “ronquidos sordos y asiduo zapatear” de “prolongados bagres”. Aunque grato despertar entre un coro de aves en “las vegetativas esmeraldas de los más explayadas ceybas y empinados robles” (Pp. 288, 293-6).

Se dispuso Ochogavia proseguir a Guayana, mientras, el cura fue invitado “a que me quedase (….) clamitando la ciudad toda”. A cuyo fin se le proporcionó una las cabalgaduras “amarradas y ocultas en un bien cerrado arcabuco”. Se carecía de servicios eclesiásticos desde que los franciscanos, con que se fundó el poblado, retornaron a Carcas, un año antes. Y podía atender “lo restante de la quaresma”.

Ochogavia emprendió su “aquatil jornada” a las 3 p. m., del martes 2 de abril, previo cese del viento, acompañado del capitán Jacinto de Alcalá, encomendero de la Nueva Cantabria e intérprete, apoyado con 13 indios guaiquyres y una escuadrilla integrada por una canoa con sus bogas y una piragua..

Los soldados que quedaron instruidos para que se ocupasen en pescar, practicar tiro al blanco, limpiar armas, tejer cuerdas, labrar alpargatas, “perficionar” armas, hacer municiones y matar paujíes, pavos reales, patos y demás volatería.

La ciudad organizada con su Justicia Mayor Ochoa, alcaldes, cabildo y regimiento y elección también de oficiales reales. Encontrándose allí: D. Antonio Mujica y Buytron, encomendero, Capitán y Alcalde Ordinario; Lucas Bravo de Acuña, Manuel de Silva, Capitán de la milicia de Cantabria y Alférez Real. A los cuales se suma, como integrantes de “la jente mas valida de la Cantabria”, según Carvajal; Juan Ximénez de Alcalá, encomendero y capitán de milicias; Sebastián González de Alfaro, vecino y encomendero; Diego Gómez, vecino y encomendero, Lucas Bravo de Acuña, encomendero y esposo de Isabel de Alcalá, criolla de la ciudad de Guayana, también encomendera, vecina y reconocida por su “ánimo varonil” en la guerra (295). Y, desde luego, Jacinto de Alcalá, antes nombrado y Lucas García, de quien hablaremos luego.

Dice el sacerdote sobre una “pobreza suma”, pero agradece, sin embargo, “a ntro Señor, de que tan a mano se hallare el sustento en montes tan incultas, de lo que resulta que los baquianos de aquellos parajes, montañas y llanos no necesitan de más comidas ni matalotajes que de llevar consigo un hacha o machete y un guaral con su anzuelo y un perro por pequeño que sea para abundar de carne de monte, pescado, leche, miel y frutos de su agrado, sirviéndole de pan el casabe de que hay abundancia”. Sin ignorar las tortugas, que por esos días se aprovechan, tanto su carne como sus huevos. Cacería, recolección y pesca, a cuyo fin, se apreciaba, altamente, puyas de hierro, arpones y cuchillería, quizá elaborados en la fragua que Carvajal menciona (Pp. 290, 327).

La iglesia “recién edificada”, pero sugiere ampliarla “con otro cuarto”, así como que “se erigiese un calvario, y por las calles las cruces indicando los pasos de la pasión. Y para que no viajase todos días, desde el Real, se ubicó en la casa de los franciscanos, pared en medio con el templo.

Los oficios religiosos atenidos al más riguroso canon apostólico romano que se estilaba en España. Aunque restringido a las condiciones ambientales y sus costumbres:

Comenta el “menudear de los gallos con sus tiples y molestos ladridos de los perros con los trajes del alba”, “los redobles de las cenicientas calandrias y matizados turpiales” el día 6 pudo oír, durante la noche, el bramido de tigres, que por allí proliferaban y, en ocasiones, invadían casas (Pp, 322-327, 346).

Y fue afectado, asimismo, por el salpullido, ocasionado por el aristin, “fruta que produce según el dictamen de todos, toda tierra nueva”, piodernitis o escabiosis, que lograron aliviar con “multiplicación de baños, compuestos de yerbas diferentes”. Malestar que no impidieron que oficiara sus compromisos actos religiosos. Entre otros, la atención a los aborígenes, de incontables sitios que habrían arribado “para que les echase agua en sus cabezas y hacerse como nosotros, como ellos dicen en lenguaje suyo”.

El domingo 7 de abril es el de la pasión y come carne de tortugas. El jueves 11 conmemora la conversión de Magdalena.

Y el sábado 13 con los feligreses a cortar palmas de moriche para el siguiente día, domingo de ramos. Alcanzan las faldas de los cerros de Cabruta, donde disfruta “asientos sazonados en las peñas”. Lugar elegido como calvario para las procesiones de los días santos. Y en el trayecto se fija cruces hasta dicho lugar.

Y ese amanecer del 14 complacido en la forma en que ostenta “la primavera lo primoroso de sus matizadas flores”, la abundancia de galas, “los mujeriles subgetos”, los músicos que participan en las ceremonias eclesiásticas y, entre aquella feligresía, doña Ysabel Alcalá, la prestigiosa encomendera que ha participado activamente en las luchas contra los holandeses (Pp. 375-6).

Cuenta la ciudad, además, “carnecería”, aguada, puerto, bajeles, “ciénaga abundante para pescas, como muy crecida tropa de ganado vacuno todo el año, con un palenquee muy fornido para el encierro suio” (p 290).

Ganadería que Carvajal considera procedente de los hatos de la Provincia de Caracas, donde escasea, porque “distan los llanos y hatos” de Paya y San Sebastián como “sesenta y más leguas”. Así que mientras Cantabria dispone de tan preciado bien, tanto Caracas como Guayana y Trinidad, lo carecen (p. 23O).

Narra Carvajal “que en tiempos de aguas bajas del Orinoco, los criadores de Nueva Cantabria encerraban el ganado en corrales, tanto el vacuno como el caballar. En tiempos de aguas altas y cuando éstas rodeaban el pueblo, el ganado era dejado en pastoreo libre por la sabana”. Probablemente, para doble propósito (leche y carne), como observa en el hato barinés de los herederos del Capitán Juan Rodríguez de Olivencia, con “abundancia de leche”, de que se sazonauan regaladísimas natas y con licor dulce, pequeñuelos quesitos y grandes frescos”.

Sin que refiera nada sobre la existencia de toda una práctica para el autoconsumo, como el de guamonteyes que, al salir de Barinas, advirtieron con “sus ramadas a disponer un novillo o dos (..) ahumados o tostados a fuego lento para el sustento de aquel día” en el hato del maese de campo Thomas Gómez. Sin aclarar la procedencia de tales semovientes.

No aclarando tampoco sobre procedimientos de captura de ejemplares para el consumo diario del grupo (uno o 2 como en el caso citado), probablemente con un mecanismo menos “industrial” que la desjarratadera: quizá el güeseo o la coleada.

Ni acerca de indios vaqueros que existen ya en Barinas y se transfiguraran en llaneros. Ejercicio quizá cumplido por algunos de los indios encomendados.

Nada al respecto aquellos capitanes entretenidos en informarle sobre diversidad de asuntos de la ciudad. Aunque sí de escenas inusitadas como la nube de murciélagos, procedente de Carichana y Adoles, que se extendíó durane casi todo el trayecto de una legua sobre el río y ocultó el sol.

Las reuniones con tales personajes, en la casita que Carvajal ocupa al lado del templo, luego de los rituales eclesiásticos de la mañana, degustando “sazonado chocolate” (p. 331) Encantado, sobre todo, con la sapiencia del capitán Lucas García, “el más inteligente de las lenguas de los indios todos de aquellas provincias que se explayan a las márgenes del Orinoco sino por los llanos de la una y otra vanda de él” (p. 333).

“más lenguaraz y advertido por aber estado entre ellos” (348).

Es quien le refiere el aprovechamiento de la palma moriche para vestir, cazar, hacer guirnaldas, asientos, comidas, bebidas.

Los méritos para erigirse en cacique (alcanzar la macana ritual) y la estructura organizativa de los grupos, curaciones, oficios del piache como sacerdote y médico, costumbres funerarias, etc.

Relata que el viernes 12, se presentaron los capitanes, a su ordinaria diversión, con “una fuente de frutas diferentes”, silvestres, casi treinta, entre otras: merecures, mereyes, piñas cimarronas pequeñas, quebredos, cotoprices, agraces, cacao, cahoves, carutes, comecures, corovas, guamaches, guaycurucoes, hobos, lechemiel, ojos de payara, paujíes, pendangas, uvas silvestres, yaguaras, chihuechihues, miergas, chaparras, coates, maneres, entre otros.

“yndico lenguaje” en que le dan cuenta de un totsl de 105 naciones y acerca de los hechos del famoso cacique Martin Maguare

Asimismo del cómo queda la ciudad aislada en invierno, obligando a los vecinos a encerrar el ganado y pastorearlos en el corral de la pesa. Indicativo de que los dueños de ganados, en la zona, cumplían compromisos con las municipalidades de Guayana o Caracas, para remitir cierta cantidad periódica de reses

En 1656 fue Juez Repartidor en San Antonio y Paya el capitán Tomás Aguirre y Grezala, alcalde ordinario del cabildo caraqueño desde 1652, Regidor Perpetuo desde 1653 y hermano del fundador de Nueva Cantabria (Actas…VIII: lO9-l25, 286; IX: l5, 72).

Asimismo de la menguante y la creciente que experimenta el Orinoco en el discurso del año. De manera tal que los meses de marzo a agosto, se explaya la tierra adentro por sus márgenes y sabanas, dos, tres y aun cuatro leguas. Certificando haber recorrido dos leguas de ese aniego por sabana de herbaje tan crecido que no “se vía el bajel y tan poblado de árboles que a no verlo yo lo dificultaría en agenos labios”. Presenciando, en dicha circunstancia, la pesca de manatíes con harpones, fisgas y guarales (p. 321).

El capitán Sebastián González Salgado, criollo de la Margarita, le contó sobre un puerto denominado la Brea en la Isla de la Trinidad, donde acuden embarcaciones a calafatear.

E hizo el relato de una breve excursión a caballo, sintiéndose transportado a “los campos elíseos de Virgilio, midiendo en lo dilatado de sus sabanas tropas de venado y ganado vacuno tan multiplicados, que les servían de lucimiento sin igual, y tanto como en un terso rostro de una muy lucida dama afecta lindezas un lunar, así representaban muchos a lonje (sic) los bultos de ganado que negreaban”.

ILUSTRACIÓN: mapa atribuido a Carvajal y publicado en la edición de Jornadas Náuticas, en 1892.

VOCABULARIO

ALISO: arbusto de tres pies de altura con las hojas amarillas y sembradas de puntas, y las flores blancas (Apéndice en Carvajal, 1892).

ARCABUCO: Lugar fragoso y cuajado de maleza (Apéndice en Carvajal, 1892)

CHAQUIRES: cuentas de aljófar o vidrio con que se adornaban las indias (Apéndice en Carvajal, 1892)

PILOTILLO: Este sitio, cuyo nombre habría correspondido a un cacique, tenía una significativa importancia en 1639, de acuerdo con información de Diego Ruiz de Maldonado, por la cual, en las “Sabanas del Sur de los actuales Llanos Orientales donde llaman Pilotillo”, próximo al pueblo de Cabruta, miró “caballos con los que los indios trajinan a Cumanagotos” (Arellano Moreno, 1964, 346), Carvajal sugirió dicho sitio para reubicar la Nueva Cantabria y presumía en 1648 que la mudanza se había efectuado ya

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

ACTAS DEL CABILDO DE CARACAS. Caracas: Tipografía Vargas – Talleres Servicio Gráfico Editorial S. A., Imprenta Municipal, tomos VII-XIX, 1966-1989.

ARELLANO MORENO, Antonio. (recopilador). Relaciones Geográficas de Venezuela. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (BANH), 1964.

CARVAJAL, Fray Jacinto. Descubrimiento del río Apure. – Caracas-Madrid: Edime, 1956 (Facsímil de la obra Jornadas Náuticas publicada en 1892 por la Diputación Provincial de León (España), consultada directamente para este ensayo).

CASTILLO LARA, Lucas Guillermo (LGCL). San Sebastián de los Reyes. Caracas, 1984, 2 v.

CIVRIEUX, Marc de. Los caribes y la conquista de la Guayana española. Etnohistoria kariña. UCAB, 1976

DE ARMAS CHITTY. J. A. Guayana: su tierra y su historia: Dirección

De Cartografía del Ministerio de Obras Públicas, 1964.

Adolfo Rodríguez Rodríguez 

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