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Toda ciudad tiene un librero

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Bajo el elevado de la avenida Urdaneta hay una mina de libros. El hollín les ha dado apariencia de carbón a sus portadas, a las manos de quienes las tocan, a algunas vidas. El ojo, que siempre busca, se detiene en los diamantes. Hay para todos.

Gilberto Matheus es el minero. Su puesto de libros y películas, bajo el puente diseñado originalmente para ser provisional, también lo parece, aunque ya tenga 18 años ahí. Los objetos expuestos para la venta sobre los tablones parecieran estar suspendidos, de una manera inexplicable, sobre estalagmitas de ciudad: tubos, guacales de plástico, cajas. Sin embargo, en este tipo de cueva, no interesa tanto lo que ha tapado el polvo.

A simple vista, la portada de un texto pudiera tener la apariencia de un carbón. “Hay títulos que no dicen nada”, titula Gilberto durante la conversación. Ahí comienza su intervención para hacerlo diamante. Al ver un ejemplar, “la gente se pregunta: ‘¿Qué es esto?’ Por eso hago la sinopsis en la portada, si no fuera así no vendería mucho”.

Una hoja de papel, escrita en letras mayúsculas con marcador negro y grueso, precede a la tapa de algunos ejemplares del puesto, a modo de radiografía: “STENDHAL ESCRIBE: LA CARTUJA DE PARMA. OBRA QUE TIENE COMO FONDO LAS GUERRAS NAPOLEÓNICAS. Bs. 40”. Los ojos penetran las hojas sin necesidad de abrir o tocar.

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“Tenía un libro sobre los tres norteamericanos que secuestraron las Farc, no recuerdo su nombre (Operación Jaque, de Juan Carlos Torres), la gente no le hacía caso por la aversión a lo gringo. Cuando le puse su sinopsis, se lo llevaron”, dice este trujillano de 70 años, mientras el humo de su cigarrillo se confunde con el de los carros, que giran en un eterno carrusel ruidoso alrededor del puesto donde, dice, hace unas sesenta ventas por día.

Cuando se le pregunta sobre qué escribiría en la tapa de El Quijote, lanza una mirada de reproche. “No necesita promoción. Todos saben quién es. La gente lo quiere tener aunque no lo lea. Es para decir que son lectores”, dice convencido, tal vez por sus más de 30 años como librero, desde que se inició en Sabana Grande. Al repreguntarle sobre varios títulos y su sinopsis, enarca sus cejas grises y gruesas, que casi son una línea, solo interrumpida por la nariz: “no sé, eso me sale en el momento”. Un maestro joyero no revela todos sus secretos.

Nietzsche y Sade

En esta mina de hojas, las manos se llevan rápidamente lo que satisface al ojo. Cualquier ejemplar del Marqués de Sade vuela apenas llega. Gilberto cree que si tuviera uno diario, uno diario se vendería. En otro cartelito, escrito con grueso trazo negro, se lee: “VIDEOS DE ADULTOS XXX”.

-¿Y se los llevan?

-Claro, tienen su público. Hasta curas me han venido a comprar.

Al hablar de la mugre acumulada, dice que se siente como minero, y que “hay que tomarse las cosas como vienen: si un médico se encuentra con un cadáver putrefacto, tiene que meterle pecho a toda vaina”.

La conversación va sumergiéndose en una cueva, donde las sirenas y las cornetas son el preludio al tormento para quien no está acostumbrado al ruido sostenido. Gilberto sigue hablando, hace años dejó de percibir la bulla. Detrás del puesto, en una esquina, está su “oficina”. En un pedacito aún más pequeño están sus implementos, que ya dejaron de huir del esmog: un vasito de café, el marcador negro, cigarrillos, un cenicero lleno de colillas, un yesquero y un limpiador de discos compactos.

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En medio de un no lugar debajo de un elevado transitorio, que debió desaparecer muchos años atrás, Gilberto explica, sin mucho preludio: “todo ser humano es perverso y destructivo”, citando a Nietzsche. Sus frases caen en el hollín acumulado: “la vida es muy dura”, sacudiendo sus manos tiznadas de minero. “Apenas 20% es placentera, 80% es dura. Problemas económicos, sentimentales y decepciones por aquí, por allá”.

A esta altura ya se entiende por qué le gusta Nietzsche.

A pesar de tanta cueva oscura, dice que la adicción de la lectura le ha dado la sobredosis necesaria. En este momento, o después, llega un lector ansioso y pregunta: “¿Qué tienes de nuevo”? Su cara no está desencajada pero se ve la necesidad. “No todo está perdido”, cree Gilberto, que considera que como librero le va bien, aunque en otro tiempo vivía más holgadamente.

Sus precios, si se busca bajo puentes o sobre aceras, son, sin temor a equivocaciones, los más baratos. Tiene libros hasta por 30 bolívares, “siempre me gustó vender económico”. Además, es la garantía de los títulos que ya no tienen otros “porque quieren comprar solo lo que está de moda”.

En su tablón no entra la autoayuda y con el best seller hay recelo. “Los clásicos siempre van a tener vigencia”, defiende y habla de Gallegos, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar, Kafka, Hemingway, Poe. Escritores que conoce este hombre autodidacta que no terminó el bachillerato, pero que no debate si alguien desconoce al autor a quien se refiere.

“Me gusta la lectura. Casi no veo televisión. Cuando usted lee conoce el mundo entero, conoce particularidades, caracteres”.

En varios momentos dice que, por respeto a tu privacidad, “mejor no hablar de ciertas cosas”, como canta Sumo. Sin embargo, recuerda que en la casa de su infancia se leía periódico y que fue así como caminó hacia otro tipo de lecturas. Con esos pasos también llegó a Liscano, Vegas, Liendo y Massiani.

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En su “oficina”, que está abierta de lunes a lunes, se siente bien, a pesar del humo y de esa parte oscura que le atrae de Poe. Sentado allí, cruza las piernas y habla del cuadro de 5 y 6 de ochenta mil bolívares que pegó su papá, y que recuerda al ver un pura sangre llamado “Pilot Jack” en la página ocre de “La Esfera”, de 1955, tirada en el suelo negruzco.

Enciende otro cigarrillo, dice que es creyente y sus cejas grises vuelven a ser una línea, se ríe. “Como la vida es difícil, cada cosa la asumo como pago. Yo creo que allá arriba dicen: ‘a este carajo le hemos cobrado más de lo que él debe”.

El minero ve los carbones, resaltan los diamantes polvorientos y aislados, producto de su intervención. Alguien llega y le habla, comienza otra conversación, a pesar de una corneta que no descansa y del ligero temblor que causan los carros sobre el elevado. Unos dedos sacuden, como barriendo, un libro. “Me lo llevo”, dice alguien. ¿A cuál porcentaje de la vida pertenecerá este momento?

Nathali GÓMEZ / contrapunto.com

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