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¿Puede la sociedad ayudar a la innovación educativa?

Hay sectores que promueven la innovación y la adoptan rápidamente, como por ejemplo el sector sanitario. Nadie comprendería que se produjese un avance contra la lucha del cáncer y no se incorporase rápidamente en todos los hospitales.

Las organizaciones que componen este tipo de sectores tienen mecanismos y protocolos institucionales establecidos para comprobar que un nuevo producto (por ejemplo un medicamento) funciona y, posteriormente, para su rápida introducción en todo el sector. Esto parece evidente, ya que estamos jugando con la salud de las personas. La sociedad no permitiría que el sector de la salud no actuase de esa forma.

Otros sectores no tienen ningún tipo de protocolo ni mecanismos para comprobar la eficacia de las innovaciones que se producen en su sector; tampoco tienen mecanismos para transferirlas ni para adoptarlas. Desgraciadamente, uno de estos sectores es la educación.

En la educación es grave que la innovación para mejorar la calidad del servicio se deje al voluntarismo, generosidad, vocación y altruismo de parte de sus trabajadores (el profesorado). Pero lo que es realmente más grave y peligroso es que si se produce innovaciones eficaces no hay ningún protocolo para garantizar su eficacia, identificar los contextos donde sería necesaria, transferirla y aplicarla.

Un profesor o profesora podría conseguir una mejora muy significativa en el proceso formativo y no tendría ninguna repercusión en el sector. Ante esta situación, la sociedad no se escandaliza y permanece impasible ante la aplicación de las mismas metodologías educativas décadas, tras décadas.

Pero ¿Por qué la sociedad se escandaliza si el sector sanitario no evoluciona y no hace lo mismo con el sector educativo?

La respuesta es muy sencilla. En el sector sanitario la sociedad tiene muy claro que el médico tiene que estar muy formado y actualizado, tener competencias acreditadas, incorporar los avances técnicos y que existan protocolos de actuación. Pero también lo tienen claro las instituciones (por ejemplo hospitales) y los gobernantes. Por ello tienen políticas, modelos y canales para desarrollar e incorporar las innovaciones con resultados contrastados.

En el sector educativo la sociedad mide el éxito o fracaso por el “aprobado” o “suspenso”. Si tu hija aprueba todo ha ido bien, si tu hijo suspende todo va mal. Además, se tiene la creencia que suspender y aprobar depende principalmente del alumnado (a menudo se oye decir “es que este niño no vale para estudiar”).

Por todo ello la sociedad no se escandaliza si el profesorado no está formado, ni incorpora innovaciones, ni mejora sus métodos etc. Lo malo es que tampoco se escandalizan las instituciones, más preocupadas de estar en los ranking (cuyos principales indicadores no tienen que ver con la docencia). Pero lo más grave es que los políticos tampoco se escandalizan, están más preocupados de buscar el gran pacto educativo o normativas que tienen que ver poco con la docencia.

La sociedad debe saber que, al igual que en cualquier otro sector, el profesorado debe estar actualizado, capacitado e incorporar los avances que permitan hacer mejor su trabajo. Las instituciones deben tener protocolos para evolucionar y mejorar sus servicios y los gobiernos legislarlo y promoverlo.

La sociedad debe saber que no basta con aprobar o suspender. Debe saber que son más importantes otros indicadores como las competencias reales que tenga el alumnado, su responsabilidad, su profesionalidad, capacidad para aplicar conocimientos existentes, capacidad para innovar, destrezas, y habilidades.

La sociedad debe saber que la formación es uno de los pilares para mejorar una región, para que las organizaciones ofrezcan mejores servicios y para conseguir que la sociedad evolucione para mejorar la vida de los ciudadanos.

La sociedad puede hacer mucho para mejorar el sector educativo, basta con que se escandalice por la ausencia de políticas y protocolos para medir la innovación, incorporarla en las instituciones educativas y mejorar el servicio formativo.

Fuente

Ángel Fidalgo

Innovación Educativa

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