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Réquiem/ Antonio Ceballos: Andarín de alegrías

 

 

Ya no recuerdo bien cuando nos conocimos. Debe ser porque fue desde siempre.

 Lo que no se borra de la memoria es ese muchacho andarín de caminos con inagotable fe en las ideas del arte y la lucha social para transformar las realidades del hostil mundo en que le tocó vivir.

La verdad que no recuerdo el día exacto en que lo conocí, en que nos conocimos, pero el sol era más radiante de lo normal mientras me extendía su mano y me daba un abrazo como bienvenida a su mundo de bambalinas. Fue Gustavo Oval, este otro gran soñador del arte y Adony Matute, poetisa de brillo en los ojos, los que me premiaron con la amistad de Antonio Ceballos.

Vernos y conversar con la confianza de sabernos en el mismo camino era un acto tácito. Tratar los temas que conmueven a la humanidad ( o inhumanidad?) era siempre su predilección, buscando quizás con desespero, pero siempre con ánimo, las respuestas para que los seres humanos seamos un poco mejores -es decir, humanos de verdad -.

Ese muchacho andarín de figura mágica que todos conocimos en San Juan de los Morros, y más allá, dedicó con esfuerzo su corta vida a las obras sociales, con la promoción de la cultura, la lucha por la igualdad de oportunidades, la protección a las personas con retos extraordinarios (mal llamados «discapacitados»), el teatro para niños y niñas hospitalizadas, entre otras múltiples actividades.

Antonio Ceballos se nos fue físicamente, así tan rápido y de prisa, cuando los minutos aún existen como parte de las horas que más lo necesitan.

Aquí quedan por siempre sus pisadas más que sus huellas y le vemos calle arriba, calle abajo buscando la sonrisa en los rostros para celebrar la paz entre los seres humanos.

 Aquí está en el más acá en que amó con esa forma de amar que pocos como él convierten en magia.

 Por acá anda Antonio repartiendo caramelos con sabor a poesía haciendo fiesta para alentar el alma. Por allá lo sigo saludando en medio del apuro de la tarde que se agota sin transcurrir las horas.

A Antonio Ceballos no es fácil recordar cuándo le conocimos, porque hizo que le viviésemos plenamente, para saberle a nuestro lado desde siempre y, justamente por eso es que resulta un contrasentido pensar que no está presente, porque como dijo el poeta: no muere quien ha cumplido bien la obra de la vida, y digo yo que Antonio la cumplió con inagotable alegría.

Yuri Emilio Buaiz Valera

Junio 22 de 2017

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