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Miguelito Soublette:  El violín de la sabana

 Miguelito con su violin,   en la casa de luis Ortega, al fondo de brazos cruzados. Tocando el cuatro el poeta Enrique Mujica con la voz de Alberto Díaz.

San Juan de los Morros.- El color de su piel llamaba al África, el cuerpo menudo y el rostro enjuto apuntaban hacia las etnias del sur y su perfil agudo, triangular, sugería otro tercio, hispano.

 Un mestizo puro, nueva raza, fusión de tres, era el violín de la sabana que tomó la respetable decisión de irse, de callar para siempre.

Miguel Soublette se llamaba. Miguelito le decía todo el mundo, en un diminutivo nacido en aquella humildad extrema, en esa sencillez única y en esa infantil manera de estar atento, de callar prudente y de obsequiar su sonrisa ingenua, pura, franca.

De las costas del Orinoco vino y se hizo nuestro, emblema de la cultura universitaria, uno que era único, uno que aprendió viendo, escuchando, captando, procesando monte adentro, rio enfrente, cielo, nube ,luna y sol por techo y arena menuda por piso, médano ardiente.

Un día, -década cumplida-, el entonces Alcalde Spartalián- a propuesta nuestra-, rindió homenaje al poeta Ángel Eduardo Acevedo, leyenda viviente de mejores días en el San Juan de los cincuenta del pasado siglo.

 Acevedo, amigo de Miguelito lo abrazó como a un padre, conversaron como dos buenos hermanos, evocaron como manda la paisanía y tocaron el violín en la casa de los Ortega-Castillo, Luis y Neib dicho mejor, los Castillo-Ortega, Neiba y Luis-, anfitriones exquisitos, en una noche con brindis por lo alto-ni un céntimo del presupuesto municipal, por estrictas razones éticas-,noche de felicidad plena, con poetas de la tierra-Gallo Fino Mujica y Alberto Hernández acompañando al poeta del Everest, con la voz de Alberto Díaz, y las presencias festejadas de José Antonio Silva

Ángel Eduardo Acevedo con su barba blanca y Miguelito

Agudelo y de Rubén Páez y de sus esposas. Wilcho Castillo, entrañable de Acevedo, cumplió bien y fielmente su voluntaria anfitrionía.

Miguelito cogió camino cuando más falta nos hace su violín sabanero para estas penas que llegaron para quedarse buen rato.

Sus amigos de orquesta le rindieron homenajes. Y uno, anclado en la ventana del rancho viendo caer la lluvia.

Nos invadió una tristeza de hondura inmedible por la partida de uno que nació bueno, bueno vivió y muere en la paz de quienes nada debían ,nada temieron, mucho dieron y muy poco recibieron y todavía les pareció bien por lo conformes.

Miguelito hablaba poco con la boca, porque prefería que las cuerdas de su violín hablaran por él. Estoy de duelo.

Argenis Ranuárez 

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